Mientras en Colombia discutimos si la inteligencia artificial nos va a quitar el empleo, en Washington y en Pekín se discute algo mucho más grande: si la humanidad debe construir una máquina más inteligente que ella misma.
En octubre de 2025, más de 800 personalidades —entre ellas Steve Wozniak, Richard Branson, cinco premios Nobel y los dos “padrinos” de la IA, Geoffrey Hinton y Yoshua Bengio— firmaron una declaración pidiendo prohibir el desarrollo de la superinteligencia hasta que haya consenso científico de que puede hacerse de forma segura. La compararon con las pandemias y con las armas nucleares. Sam Altman, en cambio, ha dicho que le sorprendería que no llegara antes de 2030.
Yo no comparto el pánico. Tampoco el entusiasmo. Creo que no habrá inteligencia superior al cerebro humano. No lo digo por romanticismo.

Pruebas PISA, una alerta temprana
María Ruth Hernández MartínezLo dice Yann LeCun, premio Turing: los modelos actuales manipulan el lenguaje de manera extraordinaria, pero no razonan, no planean y no entienden el mundo físico. Un niño de cuatro años ha procesado más información sensorial que el modelo más grande jamás entrenado. La máquina calcula; el ser humano juzga. Una IA puede redactar un fallo, pero no puede responder por él.
Ahora bien, vuelvo a Colombia. Somos un país con un Estado pobre, lento y desbordado. Por eso mismo la IA aquí no es un lujo tecnológico: es una herramienta de supervivencia institucional. Cruzar en tiempo real las bases del SECOP para detectar riesgos en la contratación antes de que el contrato se firme, y no tres años después en un informe de un ente de control. Depurar la focalización de subsidios. Descongestionar despachos judiciales. Llevar apoyo diagnóstico a municipios sin especialistas. En un país de 1.104 municipios, la mayoría sin capacidad técnica, eso no es futurismo: es administración pública elemental.
El marco existe. El CONPES 4144 de 2025 fijó la Política Nacional de Inteligencia Artificial, con una inversión estimada de 479.273 millones de pesos hasta 2030. Pero ese mismo documento reconoce lo incómodo: ocupamos el puesto 51 entre 83 en el Global AI Index y el 55 entre 188 en preparación estatal para la IA. Tenemos hoja de ruta. No tenemos músculo.Y aquí está mi mayor preocupación: estamos digitalizando un Estado que no sabe defenderse.
Solo en el primer semestre de 2025, Colombia registró cerca de 7.100 millones de intentos de ciberataque. Hoy somos el segundo país más atacado de América Latina, con un promedio de 4.090 ataques semanales por organización. El fraude concentra casi el 80% de los incidentes, y el propio MinTIC advirtió que los delincuentes ya usan inteligencia artificial para hacer sus campañas más precisas y difíciles de detectar. Cada trámite que subimos a la nube sin blindaje es una historia clínica, una declaración de renta o la dirección de un ciudadano expuesta. Si la IA multiplica la capacidad del atacante, no estamos en desventaja: estamos desarmados.
Lo más grave, sin embargo, no es técnico, es político. Colombia está reaccionando a la inteligencia artificial. No le está poniendo agenda. Estados Unidos empuja bloques tecnológicos y exige a terceros países escoger bando; China responde con modelos abiertos y baratos; América Latina observa cómo se reparte el tablero. Un país que solo consume tecnología ajena no negocia sus reglas: las hereda.
Queda la pregunta que nadie ha querido responder con honestidad: ¿cuál es el límite de la inteligencia artificial y quién lo pone? Porque si ese límite lo define la velocidad de una carrera entre gobiernos que toman atajos para no quedarse atrás, entonces el riesgo nunca fue que la máquina superara al cerebro humano. El riesgo es que el cerebro humano, por competir, deje de usar el juicio que la máquina no tiene.
P. D.: La pregunta no es si la IA va a gobernar. Es si nosotros vamos a seguir gobernando mientras ella trabaja.
