Es tarde de jueves. En el playón, frente al mar, Orlando García, Alfonsito Piñeres, Carlos Balcázar y otros virtuosos se divierten jugando béisbol. Fernández y yo contemplamos a pescadores adormitados en sus canoas, esperando que piquen los peces. Sueñan con pargos, robalos, cojinúas en un mar agitado que es más bondadoso con los que saben esperar durante la faena.
Fernández habla sin quitar los ojos del mar. “Para que podamos ver mejor el gato angora debemos hacer algunos arreglos en el dormitorio. Uno de ellos es cambiarnos de litera”, dijo.
“¿Por qué?”, indagué.
Respondió sin prisa: “Ya hablé del asunto con los compañeros que tienen su cama en el rincón de la izquierda, desde donde podemos ver mejor y con mayor tranquilidad. Eso sí, debemos darles algunos billetes. Vamos mitad y mitad”, dijo.
Asentí sin preguntar más. Un extraño entusiasmo me invadió y comencé a prepararme para estar listo al día siguiente durante la siesta. Fernández me había dicho que al mediodía comenzaba la función.
El internado de La Esperanza cuenta con dos dormitorios. Están construidos en paralelo en el segundo piso, separados por un pequeño corredor que los une en el centro. Las camas son literas tipo cuartel, una encima de la otra. Las ocupamos durante la siesta luego del almuerzo, y en las noches para el descanso general después del diario trajín en este plantel, forjador de conocimiento y formador de hombres sin tapujos.
En el sopor del mediodía el sueño es sagrado. La siesta se disfruta en el internado como en la Antigua Roma la hora sexta, cuando el sol es brasa y la modorra obliga a cerrar los ojos. Pero Fernández comenzó a hacer todo lo contrario desde hace algún tiempo: mantenerlos bien abiertos para contemplar en todo su esplendor el gato angora.
El viernes cambiamos de litera. Quedamos pegados a la pared del dormitorio que recibe ventilación por calados estratégicos desde el gran patio posterior, bautizado como La Olímpica. Por esas mismas celosías se puede observar con vivo interés lo que otros ni siquiera sueñan. Más allá de la alta paredilla que limita los territorios de La Esparanza, se levantan casonas coloniales llenas de encanto. Una de ellas tiene un salón con baldosas relucientes, cortinas recogidas, pinturas, espejos y un escaparate de madera recia. Arriba de esa pieza labrada con esmero reposa el gato angora, amarillo como el oro. Su larga y gruesa cola cuelga y resplandece sobre el espejo de medialuna. En una poltrona antigua, una mujer con gafas oscuras está tirada a la bartola. Continuará.

