Columna

El libro de Fausto Pérez: ‘Entre palabras’, una conversación con el Caribe

Conservar la voz de los escritores significa conservar una parte del tiempo en que vivieron.

José Luis Hereyra Collante

Compartir

Hay libros que se escriben para contar una historia y hay otros que nacen para conservar una memoria. Entre palabras, de Fausto Pérez Villarreal, pertenece a esta segunda estirpe. Es un libro de voces, de encuentros y de memoria; un libro en el que la literatura deja de ser solamente aquello que está escrito en los libros para convertirse también en conversación, experiencia, confidencia y pensamiento compartido.

Veinte escritores del Caribe colombiano comparecen en estas páginas. Veinte trayectorias diferentes, veinte maneras de entender el oficio, veinte relaciones singulares con la palabra. Pero detrás de esa diversidad existe una profunda unidad: todos han hecho de la escritura una forma de habitar el mundo.

El título del libro expresa con exactitud esa voluntad. Entre palabras significa situarse en ese espacio donde una voz encuentra otra; donde la pregunta provoca el recuerdo y la respuesta descubre, muchas veces, aquello que permanecía oculto incluso para quien responde. La entrevista, cuando alcanza su verdadera dimensión, deja de ser un mecanismo periodístico para convertirse en una forma de conocimiento. Preguntar es indagar; escuchar es comprender.

Y Fausto Pérez Villarreal sabe escuchar. Su experiencia como periodista, cronista, escritor y docente le permite aproximarse a sus interlocutores con una mirada que no se conforma con el dato biográfico ni con la enumeración de títulos. Lo que busca es al escritor detrás de la obra: el niño que leyó por primera vez, el joven que descubrió una vocación, el hombre que enfrentó dudas, derrotas, maestros, lecturas, influencias y silencios hasta encontrar una voz propia. Esa búsqueda convierte cada entrevista en una pequeña historia de formación.

La palabra constituye, así, el verdadero personaje central del volumen.

Está en el acto de salvación de Pedro Blas Julio Romero; en el territorio fundado por José Luis Garcés González; en el cauce de Jorge del Río; en la memoria de Miguel Torres Pereira; en el desierto que recorre Vicenta María Siosi; en el aula de Alma Rosa Terán; en el exilio de Yehudah Abraham Dumetz. El propio índice del libro configura, de esta manera, una especie de poema coral en el que la palabra cambia de rostro sin dejar de ser la misma sustancia creadora.

Hay una profunda inteligencia en esta concepción. La palabra no pertenece exclusivamente al poeta ni al narrador. Pertenece a la memoria colectiva. Antes de llegar al escritor, ha recorrido generaciones enteras; ha pasado por la conversación familiar, por la plaza pública, por la escuela, por la música, por la leyenda, por la historia y por el silencio. El escritor recibe esa herencia y la transforma. Toda literatura es, en alguna medida, una herencia transformada. Y el Caribe colombiano posee una herencia verbal extraordinaria.

Aquí la palabra tiene sabor, ritmo, música, memoria y movimiento. Es una palabra que viene de la tradición oral y entra en la página sin perder completamente su respiración originaria. Una palabra que conoce el humor y la tragedia, la fiesta y la muerte, el amor y el desarraigo. Una palabra capaz de pasar de la conversación cotidiana al poema, del cuento a la crónica, de la memoria personal a la historia colectiva. Pero el Caribe de este libro no es un paisaje decorativo. No es solamente sol, mar, carnaval y música. Es también pensamiento, conflicto, soledad, resistencia, lectura, investigación y búsqueda estética. Es un territorio múltiple que se reconoce precisamente en la diversidad de sus voces. Por eso resulta importante que el libro reúna escritores provenientes de los siete departamentos del litoral Caribe colombiano. La selección incluye autores nacidos en La Guajira, Cesar, Magdalena, Atlántico, Bolívar, Sucre y Córdoba, construyendo una geografía literaria que permite contemplar la región desde sus diferentes orillas.

Cada escritor aporta un fragmento de esa geografía. Cada respuesta ilumina una zona. Cada recuerdo abre una puerta. Y poco a poco aparece un Caribe que no puede reducirse a una definición única. Ese es uno de los grandes méritos de Entre palabras: permitir que la región se nombre a sí misma en plural. La literatura caribe no es una sola voz. Es un coro.

Y conquistarla exige disciplina. Exige lectura. Exige autocrítica. Nombrar es fundar. Cuando un escritor nombra un río, una ciudad, una calle, una casa, un personaje o una costumbre, no se limita a describirlos. Les concede una segunda existencia. La realidad pasa a formar parte de la memoria escrita. En esa perspectiva, Entre palabras es también un libro de preservación cultural.

Conservar la voz de los escritores significa conservar una parte del tiempo en que vivieron. Sus respuestas hablan de libros y de literatura, pero también de instituciones, maestros, ciudades, generaciones, transformaciones culturales y experiencias históricas. El entrevistador rescata así un material que, con el paso de los años, adquiere un valor documental cada vez mayor. Pero el libro no se convierte por ello en un archivo frío. Todo lo contrario. La escritura de Pérez Villarreal introduce movimiento, ritmo y humanidad. Su experiencia en la crónica se hace visible en la manera de presentar a los entrevistados y de conducir al lector hacia cada conversación. La solapa misma subraya que la crónica constituye el eje narrativo de estas entrevistas y que su propósito es escuchar, indagar y dar forma literaria a la voz de los otros.

Esa condición es esencial. Porque una entrevista puede registrar respuestas y, sin embargo, no revelar a la persona. La verdadera entrevista literaria hace algo diferente: consigue que el entrevistado se descubra mientras habla. Hablar de la infancia es volver a ser niño. Hablar de los maestros es reconstruir una genealogía. Hablar de los libros es regresar a las primeras conmociones. Hablar de la escritura es enfrentarse al propio espejo. Por eso estas conversaciones tienen algo de autobiografía indirecta. Los escritores cuentan sus vidas mientras hablan de literatura. Y al hablar de literatura terminan revelando su concepción de la existencia. En el fondo, toda poética es también una ética.

Cada escritor decide qué mirar, qué recordar, qué callar y qué transformar. Incluso cuando rechaza cualquier propósito moral de la literatura, su manera de escribir establece una relación con el mundo. La palabra nunca es completamente inocente: selecciona, ordena, ilumina, oscurece, interpreta. El escritor vive, por tanto, entre la libertad y la responsabilidad.

Entre la imaginación y la memoria. Entre lo que heredó y lo que decide transformar. Esta tensión aparece de diversas maneras a lo largo del libro. Algunos autores defienden la literatura como libertad absoluta; otros reconocen en ella una función social; otros la consideran una forma de conocimiento; otros, una manera de sobrevivir. No existe una respuesta definitiva, y precisamente ahí reside la riqueza de las conversaciones. La literatura no necesita una definición única. Necesita voces. Y este libro las ofrece. Veinte voces que, aun siendo diferentes, comparten la obstinación de escribir.

Porque escribir en nuestro tiempo continúa siendo un acto de rebeldía contra el olvido. En una época dominada por la velocidad, por la fugacidad de las imágenes y por la multiplicación incesante de mensajes, detenerse a construir una frase constituye casi una forma de desacato. El escritor se enfrenta al ruido mediante la atención. La literatura exige mirar dos veces. Escuchar dos veces. Recordar dos veces. Quizá por eso uno de los aspectos más valiosos de estas entrevistas sea la importancia concedida a la lectura. Ningún escritor se forma únicamente escribiendo. Antes de la página propia existe una multitud de páginas ajenas. Los maestros, los clásicos, los contemporáneos y los libros inesperados van construyendo una biblioteca interior. La biblioteca de un escritor es una especie de segunda memoria. Allí viven los autores que lo acompañaron, las frases que lo estremecieron, los personajes que nunca olvidó, los poemas que modificaron su manera de mirar. A veces una sola lectura puede cambiar el rumbo de una vida. En este sentido, Entre palabras es también un libro sobre los maestros. Sobre aquellos que enseñaron a leer. Sobre aquellos que abrieron una biblioteca. Sobre quienes señalaron un libro. Sobre quienes hicieron posible que un joven descubriera que la palabra podía convertirse en destino.

La palabra, entonces, no aparece solamente como resultado. Aparece como transmisión. Una generación entrega a otra la lengua, la literatura y la memoria. La siguiente generación recibe esa herencia y decide qué conservar y qué transformar. Así se construye una tradición. No como repetición, sino como diálogo.

El Caribe colombiano ha sabido construir una tradición literaria precisamente porque ha sido capaz de dialogar con el mundo sin renunciar a su propia respiración. En estas páginas conviven Cervantes y Baranoa, la tradición universal y la experiencia local, las bibliotecas y las calles, la teoría y la vida. La literatura no tiene que escoger entre lo universal y lo propio. Puede ser ambas cosas. Puede hablar desde un patio caribeño y alcanzar una emoción universal. Puede contar una historia de una pequeña ciudad y tocar una experiencia humana que pertenece a todos. Ese es el verdadero poder de la literatura. Y ese poder aparece vivo en las páginas de Entre palabras.

El libro posee además un mérito que merece destacarse: no presenta a los escritores como figuras terminadas. Los muestra en movimiento. Cada entrevista revela procesos, dudas, cambios, búsquedas. El escritor no es un monumento; es un ser en permanente construcción. Incluso los autores de trayectoria reconocida continúan interrogándose sobre su oficio. Eso es lo que mantiene viva la literatura. La certeza absoluta puede matar la creación. La pregunta, en cambio, la mantiene despierta.

Por eso la entrevista resulta un género especialmente apropiado para este proyecto. La pregunta abre posibilidades que una biografía cerrada no siempre permite. El escritor responde desde el presente, pero su respuesta convoca el pasado y proyecta el futuro. Cada conversación se convierte en una especie de puente temporal. El escritor recuerda lo que fue. Explica lo que es. Y, a veces, imagina lo que todavía quiere ser. En esa triple dimensión se encuentra la humanidad de estas páginas.

Fausto Pérez Villarreal no ha querido construir una galería de estatuas literarias. Ha querido poner a conversar a escritores. Y conversar significa aceptar la diferencia, escuchar la contradicción y comprender que la literatura se alimenta también de las distintas maneras de pensarla. Esa diversidad es una virtud. Porque una región culturalmente viva no necesita unanimidad. Necesita diálogo. Necesita lectores. Necesita críticos. Necesita escritores capaces de discutir con sus antecesores y con sus contemporáneos. Necesita nuevas voces.

Entre palabras participa de esa tarea de construcción cultural. No pretende clausurar la historia literaria del Caribe; por el contrario, la abre. Estas veinte conversaciones no son un punto final. Son puertas.

*Poeta y narrador colombiano

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News