No es cualquier cosa la que el Santo Padre León XIV ha planteado en su encíclica Magnifica Humanidad. No es simplemente la advertencia ante algunos desarrollos de las ciencias, las tecnologías y la inteligencia artificial (IA) sino la cuestión fundamental de la dignidad de la persona humana, su respeto incondicional. Y ello, unido a la ratificación sin ambages de los principios ineludibles que se desprenden de la misma. Y no nos sobra a los católicos, como tampoco a cualquier otro ser humano, que nos preguntemos si somos conscientes de la obligación de denunciar, sin relativizaciones camufladas, los reales intereses de dinero y poder que se ocultan y desoyen este clamor por la defensa de la condición humana, cuya dignidad se funda en el hecho mismo de ser humanos y no en otra razón.
Esta dignidad tan maltratada en estos tiempos por quienes anteponen el poder de las armas y el dinero sin limitaciones, como el logro de la paz por la violencia, a las soluciones negociadas, al diálogo apacible y la concertación sincera. Por ello, la Doctrina Social de la Iglesia, que no es un conjunto de afirmaciones de buenas intenciones, sino el derrotero que quiere leer los signos de este tiempo a la luz de la palabra revelada en Cristo, el Señor, señala los principios de la justicia social, la solidaridad, el bien común, la subsidiaridad y la preferencia por los pobres, como aquellos que hagan posible que los adelantos tecnológicos sean expresión de lo que somos como seres creados por el Dios del amor.
No es cualquier cosa que se nos invite con acuciante insistencia a ser vigilantes del desarrollo de una ciencia con conciencia, que ponga sus logros al servicio de la construcción de humanidad y preservación de la creación, procurando la construcción de una civilización del amor, donde la justicia y la paz se besen como afirma bellamente el salmista; porque en cada ser humano encontremos templos del Espíritu que no pueden ser violentados al antojo de ningún poder que se crea omnipotente.
No es cualquier cosa que oremos por la valentía profética del papa León XIV, porque lo que está en juego es el presente de la humanidad y la urgencia de bajar de la cruz a todos los crucificados de hoy, por la búsqueda incansable de la propuesta de una cultura de la defensa de los derechos humanos, el derecho a la vida, a la justicia, a la convivencia pacífica, a la paz. Por ello afirmó con claridad en el encuentro interreligioso en Metz, que “invocar el nombre de Dios para legitimar la violación o la opresión es una profanación de este nombre. Nada de lo que desfigura la dignidad humana se puede reivindicar como una auténtica inspiración divina”. Y esto, no es cualquier cosa. Es ir a lo esencial de los valores del Reino, que se anteponen a cualquier criterio ideológico.
*Teólogo salvatoriano, Parroquia Santa Cruz de Manga.
