Columna

La lección de Adenauer para América Latina

Quizá esa sea una de las mejores maneras de honrar el legado del Canciller: no repetir sus palabras, sino asumir su pregunta.

Miguel Eduardo Arenas

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Hay momentos en la historia en los que una generación tiene que decidir si permanece atrapada en las heridas del pasado o encuentra el valor para construir algo diferente. Konrad Adenauer vivió uno de ellos.

Cuando llegó a la Cancillería alemana en 1949, Europa todavía cargaba las ruinas de una guerra que había dejado millones de muertos y un continente dividido. Alemania no solo necesitaba reconstruirse materialmente; necesitaba recuperar su lugar entre las naciones y sobre todo, recuperar la confianza.

Adenauer entendió que el futuro de Alemania no podía edificarse contra sus vecinos, sino junto a ellos. Por eso hizo de la reconciliación con Francia uno de los pilares de su política exterior y respaldó decididamente la integración europea. La Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la posterior Comunidad Económica Europea y finalmente, el Tratado del Elíseo de 1963 fueron pasos de una misma convicción: la paz no se construye solamente evitando la guerra, sino creando razones para permanecer unidos.

En sus palabras, el carbón y el acero, que durante décadas habían servido para fabricar armas, podían convertirse ahora en instrumentos para que los pueblos europeos “piensen y actúen juntos”.

Esa idea trasciende a Europa. América Latina también necesita aprender a encontrarse. Tenemos diferencias profundas, pero compartimos una historia, una cultura y desafíos que no respetan fronteras. Frente a la polarización, la desigualdad, la inseguridad, la fragilidad institucional y la desconfianza, necesitamos menos trincheras y más espacios de diálogo, cooperación y formación.

Por eso resulta tan valiosa la misión que durante 62 años ha desarrollado en Colombia la Fundación Konrad Adenauer. Su legado no consiste únicamente en organizar encuentros o publicar documentos. Su verdadero valor está en ayudar a formar ciudadanos y jóvenes líderes capaces de comprender que la democracia necesita conocimiento, participación, responsabilidad y, sobre todo, convicciones. La propia stiftung (fundación en alemán) define su trabajo alrededor de la libertad, la justicia y la solidaridad, y mantiene como una de sus tareas centrales la formación de nuevas generaciones para la democracia.

Quizá esa sea una de las mejores maneras de honrar el legado del Canciller: no repetir sus palabras, sino asumir su pregunta.

¿Qué podemos construir juntos después de nuestras propias crisis?

La respuesta no está únicamente en los gobiernos. Está también en una generación de jóvenes dispuesta a formarse, a escuchar al que piensa diferente, a defender las instituciones y a entender la política como una vocación de servicio.

Dimos inició el diplomado Liderazgo y Vocación Pública, con 200 jóvenes de todo el país que representan esta visión de futuro.

Para mí, es un honor ser parte de la Fundación en Colombia y aprender de líderes como la Dra.

Kristin Wesemann Directora Nacional en Colombia, cuyo liderazgo y compromiso son una inspiración para quienes trabajamos por el fortalecimiento de nuestras instituciones y la democracia.

Gracias por la confianza y por permitirnos ser parte de este proyecto KAS.

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