Columna

¡Aguanta, Ucrania! ¿Hasta desangrarse?

Yuliia Mendel, antigua portavoz del presidente Volodímir Zelenski y hoy dura crítica de la dirigencia de Kiev, califica la continuación de la guerra de suicidio nacional.

Hans Blumenthal

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La guerra de Ucrania plantea muchas incógnitas sobre hechos y cifras. Sin embargo, su enorme resiliencia, la innovación tecnológica, una forma creativa de combatir y el amplio apoyo occidental le han permitido a Ucrania aguantar mucho más de lo que casi todos esperaban. La guerra ya dura más que la Primera Guerra Mundial. La población ucraniana disminuye. Los puertos están, en la práctica, bloqueados, y en Kiev crecen las críticas a la manera como el presidente Volodímir Zelenski conduce la guerra. Rusia apenas avanza en el frente y por eso apuesta por ataques aéreos contra ciudades, centrales eléctricas, infraestructura y población civil. La ofensiva ucraniana Vivaldi, mantenida en secreto y lanzada en septiembre en los accesos al llamado cinturón de fortalezas del Donbás, recuperó 176 kilómetros cuadrados, pero no cambia la correlación de fuerzas. Rusia tiene más recursos y probablemente aguantará más tiempo, no necesariamente porque gane, sino porque terminar la guerra sin alcanzar los objetivos de Putin le saldría políticamente caro. Cada bando está atrapado en un dilema: Moscú exige la retirada ucraniana del Donbás, algo que Kiev difícilmente puede conceder, tanto por razones constitucionales como políticas. Los tres modelos históricos de salida, Corea, Finlandia y Alemania, tropiezan con el mismo problema: la falta de garantías de seguridad. Lo más probable es una paz sucia sin garantías de seguridad, que será peor cuanto más tarde llegue.

En el Hay Festival de enero de 2023, el excomisionado de paz colombiano Sergio Jaramillo y la premio Nobel de la Paz ucraniana Oleksandra Matviichuk presentaron en Cartagena la campaña «¡Aguanta Ucrania!». Muchos intelectuales latinoamericanos la apoyaron.

Casi cuatro años después, Ucrania ha aguantado. Hoy la pregunta ya no es si puede, sino cuánto tiempo más. Yuliia Mendel, antigua portavoz del presidente Volodímir Zelenski y hoy dura crítica de la dirigencia de Kiev, califica la continuación de la guerra de suicidio nacional. El politólogo estadounidense John Mearsheimer, representante de la escuela realista de la política exterior, respalda su diagnóstico. Analiza la situación en cinco dimensiones: demografía, economía, territorio, política y seguridad. Ninguno de los dos es un testigo neutral, y algunas de sus cifras son discutidas.

Demografía: faltan soldados

Según el entonces ministro de Defensa ucraniano, Mijailo Fedorov, unos dos millones de ucranianos han evitado la movilización. Se calcula que los hombres en edad de combatir son entre tres y cuatro millones; en Rusia son unas diez veces más. Según los cálculos de Mearsheimer, el país pierde unos 600.000 habitantes al año, con aproximadamente un hijo por mujer. Las fuerzas ya no alcanzan para lanzar contraofensivas, pero sí para mantener las líneas.

Las líneas también se mantienen porque atacar cuesta más vidas que defender. Según el jefe del Estado Mayor de la Defensa británico, Rich Knighton, Rusia ha sufrido 1,5 millones de bajas, entre ellas 500.000 muertos. La proporción de uno a diez entre los hombres en edad de combatir no cambia por ello.

Economía: puertos y finanzas

Desde julio, a más tardar, Moscú dirige su guerra con más fuerza contra los ingresos de Ucrania. Tras un ataque ruso con misiles contra un carguero frente a Odesa, el 19 de julio, ningún barco volvió a entrar en los puertos de la Gran Odesa, algo inédito desde que existe el corredor marítimo ucraniano en el mar Negro. En las dos primeras semanas de agosto, las exportaciones de cereales cayeron un 75 por ciento. El bloqueo de facto le cuesta a Ucrania 1,5 puntos porcentuales de crecimiento, según su ministro de Economía.

La Comisión Europea calcula las necesidades de financiamiento externo de Ucrania para 2026 y 2027 en unos 136.000 millones de euros. El crédito de la Unión Europea por 90.000 millones de euros cubre dos tercios de esa necesidad. Para el tercio restante faltan compromisos.

Territorio I: el acceso al mar

En términos territoriales, lo que está en juego es el acceso al mar. Si cae la región de Odesa, Ucrania quedaría cortada de forma permanente del mar Negro. Mearsheimer calcula entonces pérdidas del 35 al 40 por ciento del territorio, y no del 20 actual.

Territorio II: la condición previa del Donbás

La parte más importante del territorio es el Donbás, la región industrial del este de Ucrania. Desde la cumbre con Trump en agosto de 2025, Putin exige una y otra vez que las tropas ucranianas se retiren de toda la región, también del cinturón de fortalezas de Sloviansk, Kramatorsk, Druzhkivka y Kostiantynivka. Ucrania lo ha convertido en su línea de defensa desde 2014. Según la revista alemana The European, las tropas rusas están a menos de diez kilómetros de Sloviansk y Kramatorsk.

Kiev difícilmente puede cumplir esa exigencia. El artículo 73 de la Constitución ucraniana permite modificar las fronteras del Estado únicamente mediante un referéndum nacional. Moscú rechazó la propuesta de Zelenski de someter a votación de la población las cesiones territoriales en el Donbás. Está por verse si una simple retirada sin documento de cesión ya equivaldría a una renuncia.

Según una encuesta de un instituto de opinión de Kiev realizada en enero, el 52 por ciento de los consultados rechaza de plano ceder todo el Donbás a cambio de garantías de seguridad; el 40 por ciento estaría dispuesto. Al mismo tiempo, según varias encuestas, Fedorov ganaría a Zelenski en una segunda vuelta, en la más reciente, de septiembre, solo por poco. Un presidente que desaloje el cinturón de fortalezas tendría en contra a más de la mitad del país y a un rival popular. Su final político sería probable.

Quien juega con el tiempo deja que decida el campo de batalla: si cae el cinturón, Kiev lo pierde sin recibir nada a cambio.

Política: presión desde dentro, presión desde Washington

Políticamente, la presión interna crece. Mendel señala la ley marcial, las elecciones aplazadas y la corrupción creciente. Desde mediados de julio tiene además un nuevo portavoz destacado: el exministro de Defensa Fedorov. Zelenski lo destituyó tras seis meses en el cargo. Fedorov exige desde entonces elecciones pese a la guerra y advierte que a Ucrania le quedan solo unos meses para cambiar el rumbo del conflicto. Zelenski rechaza las elecciones porque no son admisibles bajo la ley marcial.

El coronel y analista militar austriaco Markus Reisner ve en Donald Trump a quien puede decidir el desenlace: quiere un acuerdo, de ser posible antes de las elecciones legislativas de mitad de mandato en Estados Unidos.

Seguridad: guerra contra la infraestructura y la población civil

En materia de seguridad, Rusia ha cambiado su plan de guerra. En el de 2024, las tropas de Putin debían avanzar a lo largo de toda la línea de contacto hasta dejar a Ucrania sin soldados. No lo lograron. En Moscú, el nuevo plan es conocido como «guerra de las ciudades»: ataques aéreos contra todo el país, contra ciudades, centrales eléctricas e industria.Rybar, una de las mayores plataformas de propaganda rusa en Telegram, calcula que misiles y drones salen más baratos que cientos de miles de soldados nuevos.

El plan funciona porque falta la defensa. Según estimaciones de un centro de estudios estadounidense, Estados Unidos tenía a finales de julio solo un tercio de los interceptores del sistema antiaéreo Patriot que tenía antes de la guerra. La guerra de Estados Unidos contra Irán absorbe las armas defensivas en todo el mundo. Los misiles rusos casi siempre dan en el blanco. Contra los nuevos drones de propulsión a reacción, que Rusia usa cada vez más, Ucrania neutralizó en septiembre solo el 55 por ciento; contra los antiguos, de hélice, más del 90 por ciento. Lo que Moscú dispara contra Ucrania en una semana supera la producción mundial mensual de misiles interceptores Patriot.

Rusia está sometida a presión de tiempo. La economía de guerra se resiente, y Rybar mismo escribe que, por los altos costos y las filas en las gasolineras, tampoco la «guerra de las ciudades» puede durar eternamente. El diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung espera por eso que Putin quiera llevar a Ucrania al colapso el próximo invierno.

Contrapeso: refinerías y Vivaldi

Ucrania ha cosechado éxitos este año. Sus ataques inutilizaron, según estimaciones independientes, entre el 20 y el 25 por ciento de la capacidad de refinación rusa, pero Putin endureció después sus exigencias. En septiembre llegó la ofensiva ucraniana Vivaldi, mantenida en secreto, junto a la ciudad de Limán, en el este de Ucrania. Su objetivo era aliviar la presión sobre las ciudades del cinturón de fortalezas ucraniano en el Donbás. Según el general de brigada Andrii Biletski, del Tercer Cuerpo de Ejército ucraniano, Ucrania recuperó hasta el 28 de septiembre 176 kilómetros cuadrados. La operación sugiere que Rusia desperdicia su superioridad por una cultura de la mentira en su propio ejército y por el caos de mando.

Pero Rusia tiene reservas enormes, y el crudo que no se refina se exporta. Ni la campaña contra las refinerías ni Vivaldi han cambiado hasta ahora nada en demografía, economía, territorio, política o seguridad.

Las cuentas de Rusia

Las sanciones occidentales surten efecto, pero no son decisivas: el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI) concluye que la presión económica no pondrá fin a la guerra. Para Reisner, la duración depende de la disposición de la sociedad rusa a soportar la guerra, y pese a las altas pérdidas el Kremlin encuentra suficientes voluntarios.

A ello se suma la lógica del poder. Admitir debilidad sería más peligroso para Putin que la guerra, y el gasto militar mantiene en marcha la industria y los salarios. Rusia probablemente puede sostener esta guerra más tiempo que Ucrania, no porque gane, sino porque para Putin parar sin lograr los objetivos declarados le saldría políticamente más caro.

Cuándo terminan las guerras

El investigador de conflictos estadounidense William Zartman, de la Universidad Johns Hopkins, sostenía que para negociar hacen falta dos condiciones: un estancamiento doloroso, que ambos bandos perciban como una situación sin salida, y una salida visible. El excomandante en jefe ucraniano Valeri Zaluzhni declaró ya a finales de 2023 que la guerra estaba en un estancamiento, pero el dolor compartido sigue ausente hasta hoy.

Estados Unidos media, entre otros canales, a través de John Ratcliffe, director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). A finales de agosto viajó a Moscú sin anunciarse. Según un alto diplomático citado por el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung, llevó la conclusión de los servicios estadounidenses: Rusia está perdiendo la guerra, no en lo militar, donde hay estancamiento, sino en lo económico. Putin señaló después cierta flexibilidad en sus condiciones previas sobre el Donbás. Está por verse si se sostiene; los investigadores de Estocolmo sacan otra conclusión.

Tres modelos

Reisner menciona tres modelos históricos para el fin de una guerra: el coreano, el finlandés y el escenario alemán posterior a la Segunda Guerra Mundial. Un colapso de alguno de los bandos no se vislumbra, porque ambos reciben apoyo externo: Ucrania, de Occidente; Rusia, de China. El modelo que considera más realista es el coreano: así como Corea del Norte sirve a China de zona de amortiguación frente a las tropas estadounidenses, el este de Ucrania debería cumplir ese papel para Rusia.

Ese modelo significa un armisticio sin tratado de paz a lo largo de una línea fuertemente armada. El historiador militar suizo Roland Popp, de la Academia Militar de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, lo califica como una «no solución»: nadie explica por qué los Estados europeos acudirían después en auxilio de una línea de armisticio. Lo que mantuvo estable a Corea fueron obligaciones de alianza, credibilidad, capacidad de intervención y tropas estadounidenses en el paralelo 38, la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur. Ucrania no tiene nada de eso.

Finlandia y Alemania

El modelo finlandés ofrece soberanía a cambio de moderación en la política exterior, pagada en 1944 con cesiones territoriales y reparaciones a la Unión Soviética. Funcionó porque Moscú quería mantener a Suecia alejada de la alianza militar occidental, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Hoy, sin embargo, ambos países son miembros de la OTAN.

El modelo alemán es el que menos se discute. El centro de estudios berlinés Fundación Ciencia y Política (Stiftung Wissenschaft und Politik) lo ha calculado: Alemania Occidental ingresó en la OTAN en 1955 y renunció al mismo tiempo a impulsar por la fuerza la unificación con Alemania Oriental. Aplicado al caso ucraniano, los territorios libres ingresarían en la OTAN, y la asistencia quedaría vinculada a la renuncia a actuar unilateralmente. Es el único modelo que aporta la disuasión en la que fracasan los demás, y presupone precisamente lo que Moscú señala como motivo de guerra.

Moscú no quiere ninguno de los tres. Exige que el territorio de Ucrania no sea, tras el fin de la guerra, fuente de nuevas amenazas, lo que incluye la desmilitarización y la «desnazificación».

Los callejones sin salida

Cada bando está atrapado en su propio dilema, y eso es precisamente lo que hace tan difícil poner fin a la guerra.Kiev necesita soldados, pero la movilización genera resistencia. Moscú apenas avanza en el frente y no puede parar sin haber alcanzado sus objetivos, mientras la «guerra de las ciudades» lastra su economía de guerra. Europa no quiere dejar que Ucrania se hunda, pero Rusia seguirá siendo el eterno vecino de Europa y un productor de petróleo y gas baratos.

La paz sucia

Incluso si se resolviera el punto más difícil, el Donbás, los tres modelos tropiezan con el mismo problema: no el trazado de la frontera, sino la falta de garantías de seguridad. La OTAN quedó descartada como respuesta. La Unión Europea, no: desde el cambio de poder en Hungría se abrieron las negociaciones de adhesión con Kiev, pero el nuevo primer ministro húngaro, Péter Magyar, plantea un referéndum vinculante si Ucrania logra concluir con éxito las negociaciones en diez a quince años. La obligación de asistencia más fuerte a la que se puede aspirar, el artículo 42, apartado 7, del Tratado de la Unión Europea, solo llegaría así dentro de una década, como pronto. Sin garantías de seguridad, Ucrania tendría que defenderse por sí sola, mientras sus fuerzas se desgastan.

En ese vacío surge el resultado más probable, y no tiene nombre histórico. Ni armisticio coreano con supervisión, ni compromiso finlandés, ni solución de alianza alemana, sino lo que Mearsheimer llama desde hace años una paz fea o sucia: Ucrania quedaría como un Estado residual disfuncional, en una paz fría sin garantías de seguridad, que ambos bandos socavarían desde la primera hora. Esto vale bajo el supuesto de que la ayuda occidental, la situación en el frente y las posiciones negociadoras no cambien de forma sustancial.

Los posibles triunfos electorales de los populistas de derecha el próximo año podrían reducir la ayuda europea a Ucrania. Por eso, la paz podría ser peor para Ucrania cuanto más tarde se negocie. El futuro del Donbás se decidirá en la mesa de negociación o en el campo de batalla. Queda por ver si Kiev seguirá teniendo capacidad de decisión.

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