La vida a veces sabe a sal, como un casco viejo hundido en el mar; otras, a un limón demasiado amargo o a un exceso de ají en la sopa preferida. Y a veces, quizás las menos, sabe a helado de chocolate, en la banca del parque, que tanto nos gusta, o al primer beso furtivo dado a la primera novia.
Este 8 de octubre llegó a las salas de cine colombianas: Pacífico, de Riccardo Gabrielli, con Juan Pablo Raba, Marlon Moreno, Carolina Sierra y Tatiana Ariza, entre otros. Narra la historia real, distorsionada para crear mayor impacto, de cinco buzos que viajaron a Malpelo, en el 2016, en búsqueda de su mayor aventura. El último día de buceo, una poderosa corriente los arrastró mar adentro; quedaron inmersos frente a ese inmenso océano, que no perdona.
A mi parecer, es una obra intensa, de una belleza submarina deslumbrante, con fotografía excepcional y excelente música, que mantiene al espectador aferrado a su asiento. Malpelo, sus peces y los recorridos de los buzos logran lo que solo el séptimo arte sabe realizar: crear impacto. Merece verse y reconocerse como una buena película, aunque no para una ovación de pie o un aplauso cerrado. Un saludo a Santiago Estrada, excelente profesor de buceo en Taganga, Santa Marta, quien aparece varias veces en escena.
La vi con mi nieto Jacobo Arias Díaz, hijo de Vanessa, quien tenía apenas un año cuando ella falleció. No soportó el envión y no pudo terminarla; mi esposa, Gloria Marin, lo acompañó afuera de la sala. Yo sufrí el drama hasta el final; más de una lágrima rodó por mis mejillas. Esta historia, incluyendo la fantasía introducida al guion, no me es ajena: es una espina clavada en el alma, que todavía punza. Diez años después, la brecha del dolor no se ha cerrado.
Bajo el Silencio del Mar es la novela que escribí en honor a Carlos Jiménez y Vanessa Díaz; acaba de ser galardonada en los International Latino Book Awards, en la ceremonia del 3 de octubre, en Los Ángeles. La noticia me llenó de júbilo, pero me devolvió a la pregunta de por qué la escribí. No fue solo para contar la tragedia, sino para comprenderla, volver sobre los detalles y explorar los silencios que forman parte del drama. Con los años me pregunto si aquella jornada pudo ser distinta: con pruebas, sé que hubo improvisaciones y decisiones en extremo discutibles de quienes dirigían la excursión.
El cine puede darse el lujo de anteponer giros inesperados, figuras fantasiosas y destellos de surrealismo para atrapar al espectador, como en el desenlace de Pacífico, que no voy a contar. Esas libertades son parte de su lenguaje y no le restan mérito. La literatura también busca atrapar, pero con otro pulso: se detiene, nos deja subrayar, reflexionar, meter lo leído en el corazón. El cine nos golpea y su experiencia puede durar; la literatura, nos interroga, con pausas, y asume la responsabilidad de recordar lo que realmente ocurrió. Por eso la novela se ajusta más a los hechos.
Recomiendo ver Pacífico, que toca fibras muy sensibles del alma, pero también leer Bajo el Silencio del Mar, un ejercicio que nos impide olvidar. Hoy recordamos a Carlos Jiménez y a Vanessa Díaz como guerreros de luz; sabemos que descansan en paz. Algún día nos reencontraremos con ellos. RECORDAR, en su definición más llana, es pasar dos veces por el corazón a alguien.

