Este fue el título del maravilloso conversatorio convocado por la Academia de Medicina de Cartagena, liderada hoy por la doctora Manuela Berrocal, el miércoles pasado en el Claustro de la Merced, al cual tuve la oportunidad de asistir y creo que como a todos los presentes, se nos arrugo un poco el alma, por momentos la angustia era la que reinaba, en otros instantes los relatos nos llevaban a comprender lo sorprendente de la vida, hasta llegar a ver claramente lo que puede el amor, en circunstancias como la de un familiar, amigo o conocido con esta enfermedad. No fue un ambiente de medicina, de informes clínicos, de tratamientos ni nada parecido. Fue lo más humano, lo más digno como se puede abordar un problema complejo que nos empieza a avasallar como personas y como sociedad, pues cada vez son más los familiares, amigos o conocidos de los cuales nos enteramos que tienen esta enfermedad que se va llevando lo mejor o por lo menos lo más valioso de lo que pensamos son las personas, como es su capacidad de reconocer, comunicar y recordar. Fue una sesión magistral conducida por los médicos Ariel Bello Espinoza y Haroldo Estrada López, que con enfoques diferentes abordaron con enorme calidez, respeto y solidez lo que se empieza a configurar como una pandemia, tanto por el incremento del diagnóstico a nivel mundial, en especial en algunas naciones de occidente, como en nuestras ciudades. Enfermedad que aún estamos lejos de disponer de tratamientos para detener y reversar, agravado por el rápido envejecimiento de la población colombiana. Hoy el Alzheimer representa el 70% de todos los casos de demencia diagnosticados en el país, con unos 300.000 pacientes, cifra que para muchas personas está subestimada. Lo más conmovedor y a su vez lúcido fue la forma de abordar este problema a partir de un caso real, donde lo central no fue el tratamiento, la medicación o las terapias, sino el mundo de circunstancias, dudas, temores y problemas que ocurren en el entorno familiar y en particular en la vida del acompañante, de aquella persona que después de 40, 50 o más años de convivir como pareja, se encuentran solos debiendo ser, a uno de los dos esposos, a quien le corresponde cargar con enormes angustias y dolores la vida cotidiana de quien sufre la enfermedad, condición que solo es atenuada o soportada por el amor, que es lo que nos viene a nivelar en estos momentos.
Hoy nos encontramos ante complejos retos para los cuales nuestra sociedad no está lo adecuadamente preparada, pues hoy la gran mayoría de los cuidadores son mujeres, casi siempre sin la formación, entrenamiento ni las condiciones económicas para una atención digna, sin un sistema de salud que corresponda con lo complejo de la atención y con familias cada día más fracturadas y dispersas.
