Pertenezco a generaciones que aprendimos a leer y escribir con la cartilla ABCdario y ‘Alegría de leer’, ventanas del universo. Eran otros tiempos: los libros constituían tesoros y bibliotecas, privilegios de pocos. En mi pueblo natal, Calamar (Bolívar), existía solo una enciclopedia, la del maestro Antonio García, ‘El Viejo Toño’, y para consultarla, largas filas, y cuando tocaba el turno, lo más parecido a encaramarse en el lomo de las estrellas. Para que apareciera el computador y su entramado tecnológico, fue lo más parecido al milagro, preludio de hasta dónde llegaría el Homo Sapiens cuando germinara su imaginación y tecnología, acopladas a Ética, Democracia y Sabiduría, por lo que la IA apareció para ayudarnos a soñar sin decapitar conciencias, derribando desigualdades, recorriendo juntos caminos de la educación digital, acompañados de maestros que hicieran factible viajar a las estrellas.
En aquellos tiempos, ¡hoy tan lejanos!, apenas se insinuaba la magia de los computadores y muchos años para que aparecieran bibliotecas virtuales confiables y democráticas. Quizás la ventaja que tendría el ilustre e inolvidable profesor Antonio García frente a la IA era la enjundia que perfumaba sus relatos históricos: reunía sus alumnos del Colegio ‘Ignacio Arrazola Ahumada’ alrededor de su hamaca sanjacintera, colgada en mitad de la sala, conversando sin fatiga, abordando temas con lujos de detalles.
Eran los tiempos en que el conocimiento viajaba despacio de libro en libro, de maestro en maestro, de generación en generación, mientras la humanidad escribía su propia historia multiplicada por la imprenta, invento del orfebre Johannes Gutenberg (Maguncia, Alemania, 1400), democratizando libros mientras la radio y la Tv -finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX- acercaban sucesos distantes, mientras los computadores (1935) hicieron posible el procesamiento de información, y el Internet (1969) hacía sus pininos derribando fronteras geográficas, culturales, religiosas y, en ese instante histórico, aparecieron las semillas de la Inteligencia artificial (IA), en 1956, durante la Conferencia de Dartmouth College (EU), destinada a trasformar la forma de adquirir conocimientos y, en tan milagroso contexto, germinó la IA ofreciendo respuestas escrutables, utilizada masivamente (noviembre de 2022) durante el lanzamiento público de la empresa Open AI.
En lo personal, aún extraño al Viejo Toño (décadas de los 60 y 70), versión calamarense de la IA, compañera del pensar, jamás sustituto del saber humano.

