Pocas cosas retratan mejor el abandono del béisbol colombiano que esta: un deporte que le ha dado al país grandesligas, dos campeonatos de Serie Mundial y un título de la Serie del Caribe está gobernado por una Federación que, en pleno 2026, ni siquiera tiene una página web. Es el resumen exacto de una dirigencia que se quedó en el tiempo, que no planifica, que no rinde cuentas y que hace rato dejó de estar a la altura del talento que dice representar.
Los resultados de los últimos dos años hablan solos, y lo que dicen es vergonzoso. En marzo, en San Juan, la selección quedó eliminada del Clásico Mundial tras perder sus tres primeros partidos ante Puerto Rico, Canadá y Cuba. Fue el tercer Clásico consecutivo sin superar la primera ronda. El equipo pasó once entradas seguidas sin anotar y en sus tres primeros juegos bateó de 28-2 con corredores en posición de anotar. Eso no es mala suerte: es un equipo armado a última hora, sin rodaje, sin química y sin proceso.
Lo de agosto fue peor. Colombia llegó a los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo por la puerta de atrás, como reemplazo de Venezuela, y terminó la superronda en el último lugar, con cero victorias en cuatro juegos, blanqueada por Panamá y por Cuba. Ni siquiera ese regalo de última hora se supo aprovechar.
El ranking mundial confirma el descenso. Colombia llegó a ser 11 del mundo en septiembre de 2024; hoy es 13. Sus puntos cayeron de 2.457 a finales de 2024 a 1.831 a finales de 2025: casi una cuarta parte de su valor perdida en un año. Desde la Federación no se ha escuchado una explicación, un diagnóstico, un mea culpa. Nada.
Habrá quien saque a relucir el oro de los Juegos Bolivarianos de diciembre o el subcampeonato de los Caimanes en la Serie de las Américas. Conviene no engañarse. El oro bolivariano se ganó frente a Perú, Ecuador, El Salvador y Curazao, rivales que no miden el nivel real del país. Y lo de los Caimanes es mérito de un club privado, no de una política federativa. La Federación no puede colgarse medallas que no construyó.
Lo más grave no está en los marcadores sino en lo que no existe. No hay un plan de desarrollo conocido. No hay un programa nacional de talentos. No hay un calendario estable ni selecciones con continuidad. Cada liga departamental trabaja por su lado, cada escuela sobrevive como puede y la selección se convoca para un torneo y se disuelve al siguiente. Cuando faltan recursos, la respuesta es la renuncia: en 2023 la propia Federación canceló la participación de Colombia en el Premundial Sub-12 de Aguascalientes y despachó el asunto con unas excusas a los niños que ya se habían preparado. Ese mismo año el béisbol profesional quedó por fuera de la Serie del Caribe porque nadie consiguió los 200.000 dólares que exigían los organizadores. Así se pierden generaciones: un torneo a la vez.
Y sin embargo, el talento sigue brotando. Brota en los arenales de los barrios de Cartagena, Barranquilla, Montería y Sincelejo, en parques sin grama y en academias de esquina. Brota a pesar de la Federación, no gracias a ella. Si hoy salen prospectos colombianos rumbo a las organizaciones de Grandes Ligas es por los padres de familia: los que pagan guantes y spikes, los que hacen rifas para costear un viaje, los que madrugan a los entrenamientos, los que buscan al scout y se endeudan para llevar al muchacho a un showcase. Ellos son los verdaderos gerentes del béisbol colombiano. Y el niño cuya familia no tiene con qué se queda en el camino, con todo y su brazo. Eso no es un sistema deportivo; es una lotería.
Frente a ese esfuerzo anónimo, la Federación ofrece poco más que silencio. Sin página web, sin informes de gestión públicos, sin rendición de cuentas sobre los recursos que maneja, funciona como un club cerrado que aparece cuando hay un viaje y desaparece cuando hay que trabajar. La percepción en los estadios y en las ligas es una sola, y la dirigencia se la ha ganado a pulso: una parranda de buscaviáticos y turistas del deporte, más pendiente de la próxima delegación que de la próxima generación. Si esa imagen es injusta, que lo demuestren con cifras, con planes y con transparencia. Hasta hoy no lo han hecho.
El béisbol colombiano no necesita milagros. Necesita un plan a diez años, un programa de talentos que no dependa del bolsillo de los padres, selecciones con proceso y una institución que publique lo que hace y lo que gasta. Los peloteros ya cumplieron. Los padres también. Le toca a la Federación hacer su parte, o tener la decencia de dar un paso al costado y dejar que otros hagan lo que ellos no han podido.
