A orillas del Támesis, en el hogar de Tomás, fraguaron interminables tertulias sobre lo humano y lo divino. Erasmo lo llamó “academia platónica cristiana”. Lecturas bíblicas y grandes clásicos con el más cáustico humor eran abrevadero de debates profundos. El bromista de Tomas Moro se apañaba con el mordaz ingenio de Erasmo para polemizar sobre los desatinos de Enrique VIII, la corrupción del clero o la escolástica medieval. A la mesa jamás se sentó la ociosidad ni la ramplona gritería. Solo había sillas para la persuasión afectiva y la dialéctica sagaz. La fe, intelectuales retruécanos, un gélido humor y una cómplice amistad les permitió parir dos obras míticas fundacionales: ‘Utopía’, de Tomas Moro, y ‘Elogio de la locura’, de Erasmo de Roterdam.
Como ha sido siempre, pero entonces lo era más, las rígidas estructuras sociales y religiosas premiaban con la excomunión o la hoguera la más mínima crítica. Por ello Erasmo se ideó la exquisita ironía, la burla mordaz y el ingenio matizado de locura en cada razonamiento y crítica. Así un elogio parecía un cuestionamiento y una crítica simulaba un elogio. Decía que ‘Locura’ era hija de la juventud, criada por la ebriedad y la ignorancia. Sus compañeros eran el narcicismo, la adulación, el olvido, la pereza, el placer, la demencia, la irreflexión y la intemperancia. En el texto abundan los dobles sentidos y los triples significados. Escrita hace más de 500 años, catalizó la reforma, incubó el renacimiento, el humanismo, el cuestionamiento a los dogmas y fue la inspiración para Montaigne, Cervantes y Shakespeare.
El libro abandona la locura como enfermedad mental para convertirla en dos tipos de locura: genial alegoría que mueve al mundo y que sin ella sería insoportablemente rígido y estéril: locura ciega, que perdona los defectos del otro eternizando relaciones humanas; locura valerosa para actuar, tener hijos, enamorarse, emprender proyectos; locura creativa, que disfruta al no temer al futuro o al qué dirán; locura antídoto contra el miedo y que permite soportar nuestras propias miserias; pero también locura nociva: esa de los dogmáticos que dilapidan la vida discutiendo minucias creyendo tener la verdad absoluta; locura de poder de aquellos reyes, papas y gobernantes que en vez de ser siervos de sus pueblos, viven en la opulencia y el vicio olvidando todo principio. Locura de nuestros gobernantes de ayer y de hoy envilecidos de poder como pensó Erasmo y lo dijo mejor Montesquieu: “Los príncipes creen cumplir con sus deberes delegando todo el cuidado del pueblo en los ministros, y estos a su vez en otros, mientras ellos se dedican a la caza, a los caballos y a vender los cargos públicos”.
