«Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua» (Apocalipsis 7,9).
En un mundo que admira el poder, celebra la fama y confunde el éxito con la felicidad, hablar de santidad podría parecer un discurso pasado de moda. Sin embargo, pocas cosas necesita tanto nuestra sociedad como hombres y mujeres capaces de vivir de manera diferente.
La santidad no es una reliquia de los altares ni una virtud reservada a seres extraordinarios. Es la posibilidad de vivir lo cotidiano con un corazón extraordinario. Es elegir el bien cuando el mal parece más rentable; defender la verdad cuando la mentira resulta conveniente y amar cuando el egoísmo ofrece caminos más fáciles.
¡Cuánta falta le hace la santidad a la política! No una santidad de discursos religiosos ni de apariencias piadosas, sino de conciencias rectas, manos limpias y corazones comprometidos con el bien común. Gobernar también puede ser un camino de santidad cuando el poder deja de ser un privilegio para convertirse en servicio. Una sociedad no se transforma solamente con leyes, sino con la integridad moral de quienes las hacen y las cumplen.
¡Cuánta falta le hace a nuestras familias! Padres que comprendan que educar no consiste únicamente en proporcionar bienestar material, sino en formar conciencias, cultivar valores y enseñar con el testimonio que el amor exige responsabilidad, sacrificio, perdón y coherencia. Los hijos necesitan menos discursos y más ejemplos.
Y a los jóvenes, inmersos en un mundo de pantallas, tendencias y presiones sociales, habría que recordarles que ser santos no significa renunciar a sus sueños, sino negarse a vender el alma para alcanzarlos. La verdadera libertad no consiste en hacer cuanto se desea, sino en tener la fortaleza de elegir aquello que nos hace mejores.
También nuestras comunidades cristianas necesitan redescubrir la santidad. Porque no basta frecuentar los templos si el corazón permanece cerrado al sufrimiento ajeno. No basta hablar de Dios si nuestras palabras destruyen al hermano. La santidad comienza cuando la fe que profesamos se convierte en la vida que vivimos.
El Apocalipsis nos presenta una multitud incontable vestida de blanco. Son hombres y mujeres que, entre luchas, heridas, caídas y esperanzas, permitieron que Dios transformara sus vidas.
En esta solemnidad de Todos los Santos, urge devolverle a la santidad su lugar en el mundo: en la política, en los hogares, en las universidades, en las empresas y hasta en las redes sociales.
Porque la santidad no consiste en escapar del mundo, sino en transformarlo desde dentro.
El mundo no necesita más cristianos de apariencia, sino creyentes cuya vida haga creíble a Dios.
Quizás la revolución que nos falta sea atrevernos a ser santos.
