Colombia, durante últimos seis meses, registra escandalosas cifras: 708 mujeres víctimas de violencia intrafamiliar y, Cartagena, durante las pasadas Festividades Novembrinas, se consolidó como epicentro de maltratos letales-intrafamiliar. “La ciudad es la gente”, eso aseguraba Aristóteles, por lo que resulta imperativo priorizar lo intangible: dignidad humana por encima de obras tangibles; sin embargo, es lícito soñar con una urbe justa y equitativa, pues las cifras son tozudas: ‘Campeona en desigualdad social’ desde su fundación el 1 junio de 1533, en manos del ambicioso y violento conquistador Pedro de Heredia, quien edificó la ciudad española sobre sueños y osamentas de la libérrima tribu Karibe.
Cartagena de Indias, joya turística mundial, durante el año en curso superó el récord de ocupación hotelera, sin abandonar el remoquete de ‘Ciudad de Reinas y de Mendigos’, rampante desigualdad social y, el Centro Histórico, lo más parecido a Sodoma y Gomorra donde, a pesar de los controles, aún subastan niños: pecado mortal, delito de lesa humanidad, imprescriptible.
Por fortuna aún existen heroínas silenciosas, austeras vistiendo la túnica del Buen Samaritano, luchando contra dragones sexuales de mil cabezas y billeteras preñadas, por lo que se hace indispensable, como política pública, devolverle a las familias humildes de Cartagena y sus alrededores, la dignidad perdida, con madres, abuelas, maestros y Fuerza Pública marchando hacia un mismo objetivo: mantener impecable la dignidad de sus crías en el campo de batalla de una ciudad desequilibrada e insensible.
Madres y abuelas, capaces de multiplicar panes y peces, estirar centavos e inventar manjares aun con despensas vacías, deben agarrar nuevamente las riendas de tantos hogares desbaratados, convencidas de que siempre se puede empezar de nuevo, aún cuando la vida insista en vestirlas de luto y puertas clausuradas. Que nadie lo dude, madres, esposas y abuelas cartageneras, heroínas de causas imposibles, pendientes 48 horas al día, merecen condecoración por edificar columnas de dignidad, ternura y lealdad; fuerzas inquebrantables protegiendo sus crías en una ciudad como Cartagena, famosa en todo por su riqueza colonial y paisajes deslumbrantes, sin embargo en estos tiempos aciagos, hay muy poco qué celebrar, sobretodo en ciudades inequitativas e insensibles. Es preciso aceptar que no todo está en manos de los gobernantes, que prefieren lo tangible, por lo que se impone retornar a madres y abuelas, heroínas silenciosas a quienes aún les cuelgan acerados cojones semejantes a los de María Corina Machado, en la saqueada y marchita Venezuela, o a los de la olvidada Leonor de la Guerra-Ramírez, cartagenera de pura cepa, imbatible, corajuda, quien murió azotada y fusilada en la Época Colonial, sin renunciar a sus derechos y dignidades. Soñar no cuesta nada, por algo se empieza, aun cuando la arena movediza nos llegue a las narices.

