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Columna

Cartagena bajo el agua: entre las lluvias, las mareas y la falta de soluciones definitivas

¿Debemos aceptar que esta situación forme parte de la cotidianidad de Cartagena? ¿Es inevitable se detengan las actividades cada vez que la naturaleza combina lluvia con marea alta?

José William Porras

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Cartagena de Indias, ciudad histórica, turística y portuaria, privilegiada por su ubicación a orillas del mar Caribe, enfrenta una paradoja que merece la atención de sus gobernantes y de toda la ciudadanía: el agua, elemento esencial de su identidad y de su desarrollo, se convierte periódicamente en una amenaza que paraliza sus vías, afecta la actividad económica y pone en peligro el patrimonio de numerosas familias.

Basta con que se presenten lluvias intensas, especialmente cuando coinciden con las mareas altas, para que numerosas calles y avenidas se inunden, el tránsito vehicular se convierta en un caos y los habitantes de los barrios más vulnerables tengan que afrontar nuevamente las consecuencias de un problema que parece repetirse sin una solución integral.

¿Debemos aceptar que esta situación forme parte de la cotidianidad de Cartagena? ¿Es inevitable que una ciudad costera tenga que detener sus actividades cada vez que la naturaleza combina la lluvia con el ascenso del nivel del mar?

Considero que no. Cartagena necesita comprender mejor su realidad geográfica, fortalecer su infraestructura hidráulica y adoptar una política de prevención que esté a la altura de los desafíos que enfrenta.

La Luna, el Sol y las mareas: un fenómeno natural previsible: Las mareas son consecuencia, principalmente, de la atracción gravitatoria de la Luna y, en menor medida, del Sol. Cuando el Sol, la Tierra y la Luna se encuentran aproximadamente alineados, durante las fases de luna nueva y luna llena, se presenta el fenómeno conocido como marea de sicigia, caracterizado por una mayor diferencia entre los niveles de la pleamar y la bajamar. Se trata de un fenómeno astronómico natural y periódico, perfectamente previsible mediante cálculos y pronósticos oceanográficos.

Sin embargo, cuando una pleamar coincide con precipitaciones intensas, las consecuencias pueden ser especialmente graves para las ciudades costeras que tienen sectores situados a baja altura sobre el nivel del mar. En estas circunstancias, las aguas lluvias encuentran mayores dificultades para evacuarse hacia el mar, los caños, las lagunas y otros cuerpos de agua. Si los canales están obstruidos, los colectores tienen una capacidad insuficiente o las descargas se encuentran condicionadas por los niveles elevados de los cuerpos receptores, el agua termina acumulándose en las calles y los sectores residenciales.

En Cartagena, esta situación exige prestar atención a la relación entre la bahía, la Ciénaga de la Virgen, los caños y lagunas interiores, los canales pluviales y el mar Caribe. La DIMAR ha advertido sobre episodios de marea de sicigia que pueden ocasionar inundaciones temporales en las zonas costeras bajas de la ciudad. Por consiguiente, no estamos frente a un fenómeno desconocido, sino ante un riesgo que debe incorporarse de manera permanente a la planificación urbana. La naturaleza impone sus condiciones, pero la prevención y la preparación son responsabilidades humanas.

Cuando las calles se convierten en lagunas

Uno de los efectos más visibles de las inundaciones es el colapso de la movilidad urbana. Cuando el agua invade las principales vías, los vehículos deben reducir la velocidad o buscar rutas alternas; los sistemas de transporte público sufren retrasos y los ciudadanos encuentran dificultades para llegar a sus lugares de trabajo, centros educativos, hospitales y demás destinos.

Las consecuencias se multiplican. Aumentan los tiempos de desplazamiento, se incrementa el consumo de combustible, se deterioran los vehículos y se perjudica el comercio. Los servicios de emergencia también pueden encontrar obstáculos para llegar oportunamente a los lugares donde se requiere su intervención.

Para una ciudad cuya economía depende en buena medida del turismo, el comercio, el transporte y la actividad portuaria, estas interrupciones representan un costo que no debería subestimarse.

Cartagena no puede aspirar a consolidarse como un destino turístico competitivo y una plataforma logística de importancia nacional si una parte de su infraestructura urbana continúa siendo vulnerable a fenómenos que pueden anticiparse. No se trata de pretender que las lluvias nunca ocasionen dificultades. Se trata de reducir sus efectos mediante obras bien diseñadas, mantenimiento permanente y sistemas de alerta que permitan actuar antes de que las calles queden anegadas.

Los barrios populares: donde el agua deja las heridas más profundas

Pero existe una consecuencia mucho más dolorosa que los embotellamientos y las pérdidas económicas: el sufrimiento de las familias que viven en viviendas expuestas a inundaciones recurrentes. En los sectores más vulnerables, el agua puede ingresar a las casas, dañar muebles y electrodomésticos, deteriorar los pisos, humedecer las paredes y comprometer las instalaciones eléctricas y sanitarias. Cuando las inundaciones son frecuentes o prolongadas, también pueden agravar los problemas de cimentación y estabilidad de las construcciones.

Para una familia de escasos recursos, recuperar lo perdido después de cada inundación puede convertirse en una tarea prácticamente imposible. Muchas personas invierten sus ahorros en reparar sus viviendas, solamente para volver a sufrir los mismos daños durante la siguiente temporada de lluvias.

El problema no es únicamente material. También afecta la salud, la tranquilidad, la seguridad y la dignidad de quienes viven bajo la amenaza permanente del agua. Las cifras recientes ilustran la gravedad de esta realidad. Según el balance divulgado por la Administración Distrital en octubre de 2026, las lluvias habían dejado 376 viviendas afectadas en 24 barrios y sectores de Cartagena. Detrás de cada vivienda afectada hay personas, familias, proyectos de vida y esfuerzos económicos que merecen protección. Por eso, la lucha contra las inundaciones debe ser también una política de justicia social. No basta con mantener transitables las avenidas principales; es indispensable proteger a las comunidades que soportan las consecuencias más severas de la insuficiencia de los drenajes y de la ocupación de terrenos expuestos a inundaciones.

¿Qué está haciendo Cartagena y qué falta por hacer?

Es justo reconocer que la Administración Distrital ha anunciado y desarrollado iniciativas orientadas a enfrentar este problema. En enero de 2025 anunció un plan integral contra las inundaciones asociadas a las lluvias y la intrusión de las mareas. Posteriormente, en junio del mismo año, informó sobre estudios y diseños para doce canales estratégicos de drenaje pluvial. Estas iniciativas representan pasos importantes. Sin embargo, el desafío consiste en garantizar que los proyectos se traduzcan en obras ejecutadas, soluciones eficaces y una reducción comprobable de las inundaciones. La ciudad necesita una estrategia de largo plazo que articule las inversiones y evite que las intervenciones se conviertan en respuestas aisladas a las emergencias.

En mi opinión, esa estrategia debería sustentarse en las siguientes prioridades:

1. Un plan maestro de drenaje pluvial para Cartagena: Es necesario contar con un diagnóstico hidráulico integral que determine dónde se originan las inundaciones, cuál es la capacidad real de los canales y colectores, qué sectores presentan mayores dificultades de evacuación y qué obras permitirían reducir los riesgos.

2. Obras diseñadas para convivir con las mareas: No basta con construir canales que conduzcan el agua hacia un punto de descarga sí, cuando sube la marea, la evacuación se vuelve insuficiente. En los lugares donde los estudios técnicos lo justifiquen, deben evaluarse estructuras que impidan el retorno del agua, estaciones de bombeo, colectores de mayor capacidad y otras soluciones hidráulicas adaptadas a las condiciones locales.

3. Mantenimiento preventivo y control de las basuras: Los canales, caños, alcantarillas y sumideros requieren limpieza periódica, retiro de sedimentos y vigilancia permanente. La disposición irresponsable de basuras y escombros agrava las inundaciones al obstruir las estructuras de drenaje. Por ello, las autoridades deben garantizar la recolección adecuada de residuos, fortalecer los controles y promover una cultura ciudadana de protección del entorno.

4. Protección prioritaria de las viviendas vulnerables: Se necesita identificar las viviendas afectadas reiteradamente y evaluar sus condiciones estructurales, la estabilidad de sus terrenos y el nivel de exposición a futuras inundaciones. Ninguna política de prevención estará completa si deja por fuera a las familias que no tienen recursos para reconstruir sus hogares después de cada emergencia.

5. Un sistema de alertas que combine lluvia y marea: La información sobre las precipitaciones previstas y los horarios de pleamar debe utilizarse conjuntamente para identificar los momentos de mayor riesgo. La tecnología y la información oceanográfica deben convertirse en herramientas prácticas al servicio de la ciudadanía.

6. Transparencia en las inversiones y evaluación de resultados: La ciudadanía tiene derecho a conocer qué proyectos se han contratado, cuáles están en ejecución, cuánto cuestan, qué sectores beneficiarán y cuándo se espera que entren en funcionamiento. El éxito de un programa no debe medirse únicamente por el número de canales intervenidos o por los recursos invertidos, sino por la reducción real de los daños y de las familias afectadas.

Una responsabilidad que trasciende a cualquier administración

La solución de este problema requiere continuidad institucional. Las obras de drenaje, la recuperación de los cuerpos de agua y la adaptación de una ciudad costera no pueden depender exclusivamente de las prioridades de un gobierno de turno. Cartagena necesita una política pública sostenida, con respaldo técnico, financiación suficiente y coordinación entre las autoridades distritales, las entidades ambientales, los organismos de gestión del riesgo y las instituciones responsables de la infraestructura.

Asimismo, debe revisar permanentemente la relación entre el crecimiento urbano y las condiciones naturales del territorio. La ocupación de zonas inundables, la pérdida de espacios de amortiguación del agua y la insuficiencia de los drenajes pueden aumentar la vulnerabilidad de la ciudad. Prevenir significa actuar antes de la emergencia, no limitarse a enviar maquinaria y personal cuando las calles ya están inundadas y las familias han perdido parte de sus bienes. La pregunta que debemos formularnos no es solamente cuánto cuesta construir la infraestructura necesaria, sino cuánto le cuesta a Cartagena continuar soportando las inundaciones recurrentes.

Cartagena merece una solución definitiva

Cartagena es mucho más que sus murallas, sus plazas, sus playas y sus monumentos históricos. Es también la ciudad de miles de familias que madrugan para trabajar, de comerciantes que sostienen sus negocios, de estudiantes que deben llegar a sus colegios y de ciudadanos que aspiran a vivir con seguridad y dignidad. Para todos ellos, una ciudad que se paraliza cuando llueve es una ciudad que necesita revisar sus prioridades.

No podemos modificar la atracción gravitatoria de la Luna y el Sol, impedir las lluvias ni detener los procesos naturales que determinan el comportamiento del mar. Pero sí podemos estudiar sus efectos, anticiparnos a los riesgos y construir una infraestructura adecuada para afrontarlos.

Las mareas son naturales; la vulnerabilidad urbana puede reducirse. Las lluvias son inevitables; muchas de sus consecuencias pueden prevenirse. Cartagena no puede cambiar las leyes de la naturaleza, pero sí puede y debe cambiar la manera de prepararse para ellas. Ese es el desafío. Y también es una responsabilidad impostergable con el presente y el futuro de la ciudad. Porque el verdadero progreso no consiste solamente en construir nuevas avenidas, embellecer los espacios públicos o promover el turismo. También consiste en garantizar que, cuando llueva y suba la marea, los ciudadanos puedan movilizarse, las viviendas permanezcan protegidas y las familias más humildes no tengan que empezar de nuevo después de cada inundación.

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