En Cartagena se ha normalizado un peligroso conformismo, aplaudir cualquier obra como si se tratara de un favor de la administración de turno y no de la administración de nuestros propios recursos. Convengamos en que el trabajo de los funcionarios públicos es el de asegurarse que la cosa pública funcione. Opinar o criticar no quiere decir no reconocer logros, pero estos tampoco le entregan patente de corso al mandatario de turno. Lo que pasa es que, hay que aceptarlo: la vara la dejaron tan baja en la paupérrima administración pasada, que nos deslumbran fácilmente. Las vallas publicitarias con rénders impecables, las cifras billonarias y las promesas de soluciones definitivas son un gran aliciente a las carencias a las que nos han tenido acostumbrados. Sin embargo, luego que pasan las inauguraciones y el entusiasmo inicial se desvanece, la realidad suele cobrarnos la factura de nuestra propia pasividad: pavimentos que se agrietan al año, canales que se rebosan en el primer aguacero (ahí está el Emiliano Alcalá) o bombas que quedan inservibles bajo tierra (ahí está el ejemplo de las de la Aduana). ¿Hasta cuándo seremos espectadores complacientes de la infraestructura pública?
Ser un mejor ciudadano exige, ante todo, dejar de tragar entero. La complacencia colectiva es el terreno más fértil para la improvisación técnica y el detrimento patrimonial. Ojo con esto, propietarios de Bocagrande y Castillogrande. Durante décadas nos acostumbramos a celebrar que “por fin se está haciendo algo”, o el popular “que robe, pero que haga”, bajando la guardia frente a la calidad, la pertinencia y la sostenibilidad de lo que se construye. Pero hacer una obra no es suficiente si está mal concebida, si su costo operativo es inviable o si su diseño genera riesgos futuros que nadie se atrevió a advertir en su momento.
El control social no puede seguir reduciéndose a la queja tardía en redes sociales cuando el agua ya nos llega a las rodillas. La verdadera veeduría ciudadana es preventiva, rigurosa y fundamentada. Esto no significa que cada ciudadano deba ser un experto en hidrología, hidráulica o ingeniería de costas, sino que debemos aprender a hacer las preguntas correctas y a exigir respuestas claras: ¿cómo se calculó esta solución? Frente a la protección costera, ¿se verificó cómo interactúan las nuevas playas con las descargas pluviales, o la arena terminará sellando las tuberías? ¿Cuál es el plan para reponer la arena que se lleve el mar de leva?¿De qué rubro presupuestal saldrá el dinero para su mantenimiento de las bombas dentro de cinco o diez años? ¿Quién asume la responsabilidad si el proyecto colapsa? ¿qué cota garantiza que el próximo mar de leva no salte el muro e inunde la vía? Frente al malecón, ¿Cómo desaguará el agua que quede atrapada detrás del malecón? ¿Se blindaron los materiales contra la corrosión marina o veremos el óxido en seis meses?
Una ciudadanía crítica no traga el argumento de que “la técnica es incomprensible para el común de la gente”. Al contrario, se exige que los gobernantes y los contratistas traduzcan sus decisiones al escrutinio público, explicando los supuestos, las limitaciones y las contingencias reales de cada intervención. La democracia no se agota en las urnas; se ejerce a diario en la vigilancia activa de cómo se transforma el entorno en el que vivimos.
Organizarse en veedurías independientes, revivir el espíritu de vigilancia cívica de instituciones históricas como la Sociedad de Mejoras Públicas (creada en 1923), buscar el respaldo de la academia y los gremios profesionales, leer los pliegos y pedir cuentas con argumentos técnicos no son ganas de fregar la paciencia, ni pesimismo, ni fobia al progreso: es el deber cívico más elemental para cuidar el patrimonio común. Al fin y al cabo, querer de verdad a esta ciudad nativa no es adularla con ceguera ni quedarse en los aplausos, sino cuidarla con la entrañable devoción que retrató el tuerto López: con ese amor vigilante y sin aspavientos que “uno le tiene a sus zapatos viejos”. En una ciudad donde la memoria institucional suele ser corta y las responsabilidades se diluyen con cada cambio de gobierno, una ciudadanía despierta y exigente es el único contrapeso capaz de evitar que los errores del pasado se sigan repitiendo bajo el asfalto.
