¿Por qué no puedo eliminar Facebook?

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Corría el año 2011 y yo era un muchacho en mis 22 años a punto de graduarme mientras hacía las prácticas de mis sueños en una empresa de educación a distancia en Bogotá.

El frío de la capital no se comparaba con el frío que sentía mi corazón en ese entonces. Antes de emprender mi viaje había terminado una hermosa relación. Después de meditarlo mucho, tuve la certeza de que debía recuperarla pero no sabía cómo. La conocía muy bien y no iba a ser tan sencillo como llamarla y suplicarle que volviéramos.

De tanto stalkearla en Facebook, una idea se me vino a la cabeza. Un personaje ficticio empezó a nacer del vientre de mi imaginación. Llevaría el nombre de Arthur Silverstone, un canadiense de Ottawa que estudió en Cambridge y terminó trabajando como guionista en la empresa de videojuegos Blizzard Entertainment. Vivía en Irvine, California, pero vino de vacaciones a Bogotá donde conocería a un estudiante en prácticas cartagenero con un gran vacío en su corazón. Un vacío causado por una mujer que nunca mereció tanto dolor. Arthur, gracias a su personalidad optimista, concluiría que nunca debieron separarse y se pondría en la labor de volver a contactar con esa chica para intermediar en el futuro de ese amor.

Creé esa cuenta de Facebook asociada a una cuenta de Gmail con el mismo nombre y durante las noches me dedicaba a publicar estados y agregar amigos que enriquecieran la cuenta e hicieran más verosímil ese perfil con la foto del actor Ewan McGregor. Había llegado el momento y Arthur entró en contacto con ella, que llegó a amenazar con llamar a la Policía. Fue tan convincente que la persuadió de hablar conmigo.

¿Por qué no puedo eliminar Facebook?

Una vez volvimos a conversar, el curso de eventos tomó el rumbo que hoy hace parte de mi historia personal: 3 años después me casaría con ella y tendríamos un hermoso hijo que a la fecha de esta columna también tiene 3 años. Arthur se convirtió en una broma recurrente entre ambos y una de las anécdotas amorosas más fascinantes de mi vida. El perfil sigue activo y es el recordatorio vivo de una de mis mejores hazañas emocionales por muy cuestionable que sea a nivel moral.

Facebook se ha convertido en el repositorio digital que contiene mi historia emocional. Una historia que no tiene límites porque las publicaciones son dinámicas y por ejemplo una foto se enriquece con comentarios y reacciones de personas que hicieron o hacen parte de mi vida. A menudo visito la sección de recuerdos y no puedo evitar sonreír cuando veo mis comentarios sarcásticos y subidos de tono. Me muestra cómo mi forma de ver el mundo ha evolucionado y como me convertí en la persona que soy hoy en día.

Mi cuenta será un registro de mi vida, que seguirá ahí incluso después de muerto. Para muchos, estos perfiles memoriales pueden ser una fuente de dolor pero yo, sinceramente, espero que cuando ya mi conciencia se apague de este mundo, todos mis seres queridos puedan acudir a mi perfil póstumo, sonreír y recordarme con cariño como yo lo hago con ella cada vez que puedo.

¿Por qué no puedo eliminar Facebook?

Conozco todos los riesgos de esta red social y sus cuestionables decisiones pero ya es demasiado tarde para mí. Debo confesar que no me es posible desprenderme de esa historia porque lo siento como un intento de negar y eliminar un pasado que es tan importante como mi presente. Eliminar Facebook para mí sería el equivalente a quemar libros de ciencia en una plaza porque mi religión prohíbe su lectura.

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