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Es una idea bastante extendida que China está destinada a ser la primera potencia mundial en breves años. Muchos profesores, periodistas e intelectuales lo afirman al debatir sobre qué país será el siguiente en dominar la escena internacional. A continuación, se indica que la disputa del futuro será entre la cultura occidental y la oriental, representada esta última por China, que se caracteriza por una visión más colectivista de la sociedad que la occidental, en la que los derechos individuales se supeditan a las necesidades del todo y donde el Estado es más eficiente porque no tiene los límites que en Occidente impone el liberalismo.

Sobre todo lo anterior, y en función de las protestas que estos días y a raíz de la pésima gestión del COVID, se están produciendo en China, creo que es importante decir lo siguiente: afirmar que China va a inevitablemente ser la primera potencia mundial es, en el mejor de los casos, una afirmación apriorística propia de un historicismo difícil de aceptar desde una aproximación científica; y, en el peor, más un deseo producido por el ansia de que alguien por fin derrote a EE. UU., que una realidad que sea posible probar.

No sabemos qué pasará dentro de 20 o 50 años. El número de variables que lo decidirá escapa de nuestro control. Por ello, afirmar que China se comerá el mundo es como afirmar en los 80 que Japón se iba a comer el mundo, en los 50 que lo iba a hacer la URSS y en los 30 que lo iba a hacer Alemania.

Al final, ninguna se comió el mundo. Y los motivos, variados y diversos, dejan una enseñanza: más vale no hacer de profetas.

¿Qué dicen los hechos? Que China es una dictadura totalitaria. Es decir, un infierno sin ningún tipo de libertades. Y eso se demuestra tan pronto como las cosas se complican. Por ejemplo, llega un virus y, cuando casi todo el mundo lo ha superado, China aún no. ¿Por qué? Quizá sus vacunas no son tan buenas. Quizá su organización no es tan efectiva. Quizá, cuando eres una dictadura, decide un solo hombre que, si se equivoca, nadie le corrige, pudiendo hundir el país sin que ningún contrapoder lo impida. Entonces la gente protesta. Y el poder los aplasta. Hasta que un día no es capaz de aplastarlos. Y cae el nuevo imperio.

Moraleja, la verdadera fórmula del éxito es sencilla: libertad. Cualquier otra cosa no es una peculiaridad cultural, es la misma tiranía de siempre con otro ropaje. Y, como siempre, le espera el fracaso.

*Universidad Autónoma de Barcelona.

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