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Editorial

El Arsenal da vergüenza

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En una ciudad pobre, cuyos recursos escasean, se entiende que haya lunares, siempre y cuando la gente sienta que la Administración tiene sus prioridades bien identificadas.
Hay un paradigma respetable y razonable que va más o menos así: el turismo es uno de los motores de desarrollo que puede tener una ciudad, país o región, porque es una fuente muy importante de empleos formales.
Como el turismo es la “industria sin chimeneas”, se entiende que su “fábrica” son los atractivos de una ciudad, y que deben funcionar muy bien para que la “empresa” esté saludable y se expanda. Para que se pueda justificar invertir recursos del erario en esta maquinaria, debe beneficiar a mucha gente, especialmente a la de menos recursos.
En el caso de Cartagena, la maquinaria principal de su “fábrica” es su Centro Histórico, que incluye al antiguo arrabal de Getsemaní, aun si éste es periférico con respecto a aquél. Si bien el Centro se está quedando sin habitantes permanentes, es muy atractivo, está bien mantenido y fascina a nuestros visitantes, aunque sea descrito como una especie de Disneylandia en medio de la pobreza.
Por su parte, Getsemaní, mucho más que un atractivo turístico, es una comunidad viva por la que corren dos de las vías principales de la ciudad, especialmente necesitadas por nativos y visitantes: la Calle Larga y la de El Arsenal. Ambas, para desgracia de todos, son un caos que no mejora, y ambas se degradan cada día más sin que parezca importarle a nadie, incluidos quienes deberían ser sus dolientes principales: los dueños de la propiedad raíz y de los negocios aledaños.
La Calle Larga es un desastre de tránsito vehicular del que nos ocupamos aquí a cada rato, hasta ahora infructuosamente, porque no mejora la vigilancia de las autoridades, ni amaina la prepotencia de los conductores que la usan, y sobre todo, de aquellos que la abusan mediante el parqueo de sus autos a ambos lados, según esté la sombra cuando deciden dejar sus carros allí.
Por su parte, la calle de El Arsenal tiene una multitud de usuarios: el Concejo Distrital; los clientes de los negocios diurnos, incluyendo restaurantes, almacenes, bancos y centros de salud; los usuarios nocturnos; los habitantes de Manga; y las miles de personas que la cruzan al salir de la ciudad. Buena parte de su clientela diurna y nocturna es peatonal, pero no tiene aceras limpias ni parejas por dónde andar.
El abandono de esta calle, llena de cráteres, es inexplicable, a pesar de su significado: es una vía indispensable para propios y extraños, pero un espectáculo bochornoso para todos, incluidos los miles de visitantes al Centro de Convenciones Cartagena de Indias. Además de parecer bombardeada, las horas de recolección de basuras son inconvenientes, y las bolsas sobre las aceras dan vergüenza. Tiene que haber otra forma y horario para deshacerse de estas.
Si fuera cierto el paradigma del turismo antes mencionado, tanto las autoridades como los dueños de negocios –que deberían asociarse para mejorar su área-, merecen una tarjeta roja por su desidia vergonzosa.

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