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Editorial

El rumbo de la Iglesia Católica

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Cuando se discuten los dogmas religiosos, existe un obstáculo casi insalvable: los principales argumentos son metafísicos y carecen de la lógica racional cotidiana.Los católicos que aseguran que la suya es la religión verdadera y que fuera de ella no hay salvación –y los pastores evangélicos que dicen que su iglesia es la única legítima o los fundamentalistas islámicos que desconocen a los demás cultos–, no sólo están traicionando el legado cristiano, sino que están contribuyendo al conflicto irreconciliable sobre el que tanto advirtió Cristo.
Durante siglos, la Iglesia Católica mantuvo una rígida ortodoxia que desconocía la esencia cambiante del mundo y la realidad incontrovertible de la impermanencia, convirtiendo el mensaje de Cristo, base e inspiración de su doctrina, en un conjunto de normas rígidas y sin equilibrio que proclamaban dogmas tan arrogantes como la infalibilidad del papa y su investidura todopoderosa.
La Iglesia de la Edad Media y gran parte de la edad moderna se había transformado en un imperio que practicaba más la política que la religión, tergiversando aspectos doctrinarios de su fuente nutricia, el judaísmo, que logró conjugar un papel de orientación espiritual con otro de administración política, pues a diferencia del conjunto de normas contenidas en la Torah (los cinco primeros libros de la Biblia o Pentateuco), no fue guía del bienestar de sus practicantes, sino gobierno discriminatorio y abusivo que acumuló riquezas y poder sin fin.
Esa circunstancia movió al papa Juan XXIII a convocar un concilio ecuménico que actualizara, por decirlo de algún modo, a la Iglesia a los cambios históricos y científicos de la sociedad, con cuatro objetivos: promover el desarrollo de la fe católica, impulsar la renovación moral de la vida de los fieles bajo los principios cristianos, adaptar la disciplina eclesiástica a las necesidades de nuestro tiempo y buscar una relación constructiva con las demás religiones, principalmente las orientales.
Los documentos del llamado Concilio Vaticano II son un profundo tratado sobre el papel de la Iglesia Católica en el mundo, enfatizando que su responsabilidad es con los seres humanos y no con las instituciones de poder.
El primero de esos documentos, o constituciones dogmáticas, llamado Dei Verbum (sobre la divina revelación) borra de un plumazo el concepto de la interpretación incuestionable de la Sagrada Escritura por los servidores de Dios, y aclara que Dios inspiró la Biblia “por hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que Él quiso comunicarnos”, devolviendo al Papa y a los cardenales, obispos y sacerdotes su naturaleza humana y falible.
Los soberbios dogmáticos, que se creían investidos de un poder sin límites, pusieron el grito en el cielo y denunciaron que el Concilio enseña errores y que hay puntos que deben ser condenados porque contradicen abiertamente “la tradición, el magisterio papal y los anteriores concilios de la Iglesia Católica”.
Los hechos recientes en el Vaticano demuestran que persisten en la Iglesia sectores que no la quieren al servicio de la gente, de toda la gente, sino de una elite privilegiada, ansiosa de poder y de riquezas.
Ni el Papa, ni los prelados, ni los sacerdotes, ni el pastor o ministro en los cultos cristianos no católicos son seres divinos e infalibles, portadores de un poder sagrado. Solo son servidores de la fe que deben trabajar con amor y misericordia.
La verdadera Iglesia Católica no es arrogante, no se impone, se basa mayormente en el mensaje de Jesucristo contenido en los Evangelios y es un instrumente del Reino de Dios que él predicó.

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