El caso de Juliana Guerrero y su frustrada posesión como viceministra de Igualdad es deplorable desde diversos ángulos. El más inmediato es el daño que se le ha propinado a una persona tan joven, al patrocinarle el cumplimiento de la ascensión a un poder esencialmente temporal de una manera tan inicialmente centelleante sin haber reunido los logros que sí cumplían con creces otros jóvenes con aspiraciones semejantes, con mayores merecimientos, pero sin tanta intrepidez irresponsable. Una joven de su edad merecía mejor acompañamiento y guía de sus mayores, singularmente de quienes la animaron a realizar semejante recorrido fugaz.
El Ministerio de Educación Nacional ya ordenó abrir una investigación administrativa preliminar contra la Fundación Universitaria San José y sus ahora exdirectivos, para verificar presuntas irregularidades en la expedición de títulos universitarios, entre ellos, el de Juliana Guerrero.
Antes, esa institución había anulado los títulos de Tecnología de Gestión Contable y Tributaria, y de Contaduría Pública que estaban registrados a nombre de Guerrero, debido a que no encontró registros de asistencia a clases, participación en actividades académicas ni evaluaciones en las plataformas virtuales para los programas señalados.
Además del daño que se la ha infligido a una joven que pudo haber iniciado su carrera profesional sin el estigma que cargará si no puede probar su inocencia, cabe preguntarse qué hay en la mente de directivos y empleados de esa universidad, así como de altos funcionarios del Gobierno, desde el presidente de la República, los ministros del Interior y de la Igualdad hacia abajo, para promover y seleccionar entre todos los jóvenes posibles justo a quien, de ser ciertas las imputaciones, carecía del tono ético y los pergaminos profesionales necesarios para asumir la representación de las juventudes en un puesto clave para estos.
Molesta ahora pensar que había sido exaltada en Palacio como símbolo de “la juventud empoderada”; o que en un consejo de ministros televisado el presidente Petro hiciera la apología de ella como una joven rebelde que había llegado a la jefatura del despacho presidencial, arrojando críticas a los medios con el manido recurso populista, que tanto encanta a cierto sector de masas, por no aceptarla debido a que era “pobre” y porque “no estudió en la Universidad de Los Andes”.
La puesta en escena retórica para designarla en cargos como asesora presidencial, asesora del ministro del Interior, jefa encargada del despacho de la Presidencia y por poco viceministra de Igualdad, no es asunto de poca monta, y tiene que ser explicado con suficiencia por la Casa de Nariño, pues hay que curar el mal ejemplo que se esparció al priorizar la subjetividad insustentada ante el esfuerzo académico, la verdad como estandarte y el mérito como causa de estímulo entre los jóvenes.
