El cúmulo de revelaciones presentadas esta semana por Angie Rodríguez, exdirectora del Dapre, no solo describe un posible escándalo de corrupción. Si fuera cierto todo o parte de lo que ha afirmado, estaríamos ante la radiografía de un Estado sitiado por la codicia interna desbocada.
Bajo la narrativa de un “juego de poder”, lo que se denuncia es la presunta existencia de un concierto para delinquir enquistado en la Casa de Nariño, donde el botín en disputa ascendería a 1,2 billones de pesos. La gravedad de esas “revelaciones” reside en que no provienen de la oposición, sino del corazón mismo del proyecto político que gobierna. Si fuera cierto, se revelaría que la ética del cambio ha sido sustituida por una urgencia rapaz de exprimir el erario ante la incertidumbre de la continuidad en 2026.
Pero la variedad de acusaciones y el estilo de revelarlas hacen dudar de su veracidad. Son tantas y tan graves que una mente aguda está obligada a ponerlas en entredicho. Es altamente probable que muchas, si no todas esas afirmaciones, sean inexactas o no correspondan a la realidad, pues pudieran estar influenciadas por tirrias personales, celos institucionales, sed de venganza o una mente confusa por las vivencias, aspiraciones frustradas y presiones a las que se ha visto sometida.
Si esa percepción fuera la correcta, se necesita que los señalados como responsables por Angie Rodríguez, empezando por el presidente de la República, den la información necesaria que confirme el desmentido. Pero si hay un silencio que otorgue veracidad, o evasión con subterfugios que no contesten todas las dudas que hay en el ambiente, las imputaciones lanzadas por Rodríguez quedarán flotando en el aire con vocación de permanencia.
Es que no puede quedar la impresión de que, en este gobierno, el “fuego amigo” sería la cortina de humo para ocultar una estructura de saqueo sistemático donde nadie parece libre de sospecha, ni siquiera la denunciante, cuestionada por sus propios “cargos corbata”. En todo caso, verdad o mentira, o verdad parcial, está confirmado por enésima ocasión que existe un claro vacío de liderazgo y un aislamiento presidencial preocupante. El escenario de “espionaje”, “caballos de Troya” y títulos académicos falsos refleja una administración donde la lealtad parece transarse por impunidad.
Resulta paradójico y cínico que, mientras el país enfrenta desafíos climáticos y sociales, los altos mandos se dediquen a conductas que desdicen del espíritu de grandeza que se les reclama, lo que sugiere una claudicación de la institucionalidad.
La política no puede desligarse de la ética, en tanto que aquella busca organizar la vida común de forma que se potencie la libertad y la dignidad. La corrupción sistémica no solo drena los recursos materiales; lo peor es que fractura el alma nacional al institucionalizar la desconfianza.
