El presidente de la República, en distintos momentos, ha mostrado admiración por Corea del Sur, al punto de afirmar que aspiraba a que nuestro país tomara el modelo de aquella nación como un referente, proponiendo la transición hacia una economía productiva.
Al revisar si bajo el actual gobierno hemos logrado caminar hacia una economía productiva, inevitable no mencionar el déficit de cuenta corriente, pues tras un 2023 con cifras a la baja, el país cerró 2025 con un déficit de US$10.883 millones (2,4% del PIB), una profundización respecto al 1,7% de 2024. Este fenómeno se explica por un desbalance comercial donde las importaciones crecieron un 10,1%, frente a un lánguido avance de las exportaciones del 0,8%.
Si vemos las proyecciones de los analistas para el presente año, muestran un ligero deterioro adicional; por ejemplo, el Banco de la República estima un déficit del 2,5% del PIB; Itaú pronostica un 2,7%, impulsado por la demanda de bienes durables; Fedesarrollo y Corficolombiana, aún más cautelosos, lo sitúan en 2,8%; BTG Pactual advierte que el gran temor es repetir la crisis de 1999, cuando el déficit no encontró financiamiento; y Luis Hernán Tabares plantea que la economía colombiana padece una enfermedad estructural: estímulo de la demanda sin fortalecer la oferta.
No obstante, el consenso actual es de un optimismo moderado. Un déficit inferior al 3% se considera financiable mediante la Inversión Extranjera Directa (IED); sin embargo, el Banco de la República advierte que la sostenibilidad depende de la salud fiscal, ya que un deterioro excesivo de las finanzas públicas podría cerrar el acceso a mercados internacionales. Si el crédito externo financia inversión productiva que genere divisas futuras, el riesgo es bajo; y si se destina a consumo (público o privado), la vulnerabilidad del país aumenta significativamente.
El análisis sugiere que el Gobierno ha priorizado el discurso y los subsidios sobre la capacidad de producción real, pues se privilegia la retórica vs. la ejecución, sumado a la inestabilidad regulatoria y tributaria, que frena la inversión fija, la cual se encuentra en niveles históricamente reducidos. Igualmente, de nada sirve aumentar el poder adquisitivo mediante subsidios si el campo y la industria están frenados, lo que solo genera inflación y mayor dependencia de las importaciones.
Aunque el déficit externo es manejable en el corto plazo gracias a la IED y las remesas récords, la falta de una transformación productiva real y el deterioro fiscal amenazan con estancar el futuro del país. El reto no es solo repartir riqueza, sino aprender a producirla de manera innovadora y sostenible, como Corea.
Parafraseando a Marcela Meléndez, en El País, “Ninguna política social es sostenible sin un aparato productivo que la sostenga ni sin una macroeconomía que la financie”.
