Nuestro continente vive un giro a la derecha política, palpable en sus victorias en Chile, Ecuador, Bolivia, Argentina, Honduras y Perú, sumada la continuidad de Bukele.
Este cambio de rumbo responde a la profunda frustración ciudadana frente a la escalada del crimen organizado, las crisis migratorias derivadas del colapso de Cuba y Venezuela, y el estancamiento económico que gobiernos de izquierda no lograron resolver.
Al disputar la batalla cultural y asumir banderas como la preocupación por los sectores vulnerables, la derecha ha capitalizado el descontento popular mediante promesas de mano dura, orden institucional y reactivación económica. Aunque se les agrupa bajo una misma tendencia, esta nueva derecha no es un bloque homogéneo, pues coexisten liderazgos tradicionales y democráticos con perfiles disruptivos y de corte autoritario, así como proyectos libertarios de reducción estatal, de fuerte control social y gasto público. El denominador común del movimiento es su férrea oposición al socialismo del siglo XXI y un alineamiento estratégico con los EE. UU., país que ha incrementado su influencia para frenar el avance de China.
El éxito y consolidación definitiva de esta ola conservadora se medirá en los procesos electorales de países clave como Brasil, y hoy, en Colombia, donde las recientes encuestas señalan la posibilidad de que la fórmula De la Espriella-Restrepo se alce con el solio presidencial. Si esto fuera así, las explicaciones sobre las causas de la probable victoria abundan, pues el oficialismo, que se apuntó a la fórmula Cepeda-Quilcué, deja una estela de incumplimientos, escándalos, violencia e incertidumbre política.
Sin embargo, el mayor temor, parafraseando a Carlos Chacón en El Tiempo, radica en que el proyecto político encabezado por Gustavo Petro e Iván Cepeda es percibido por buena parte de la población como determinado a reemplazar el modelo constitucional vigente por uno que abra paso al autoritarismo constitucional mediante la propuesta del acuerdo nacional presuntamente orientado a reemplazar los principios fundamentales sobre los que se edificó la Constitución del 91. El modelo de participación negociado con el Eln, el Acuerdo 28 derivado de ese proceso y el proyecto de ley con el que desde el Gobierno Petro se buscó convocar a una asamblea constituyente reproducen los mismos ejes de crítica a las instituciones de 1991, apelación al poder popular, transformación del modelo económico, político, social y ambiental, y reconfiguración de la arquitectura del Estado.
Con esos justificados temores se llega a la elección de hoy. Por eso, si los resultados contradicen las encuestas, el oficialismo estará llamado a despejar esas dudas con prontitud. Y si los vencedores son De la Espriella-Restrepo, recuperar la unidad nacional tendría que ser el principal objetivo.
