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Editorial

Luz entre los escombros

“Cuando la tierra tiembla y todo parece derrumbarse, la verdadera fuerza de una nación resplandece en sus personas...”.

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La tragedia provocada por el violento sismo que estremeció a Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Caldas y Quindío deja un dolor inmenso en el corazón de la patria. Sin embargo, en medio del polvo de las estructuras caídas y el miedo, ha comenzado a erigirse la inquebrantable solidaridad del pueblo colombiano.

El país se ha volcado masivamente hacia la empatía. Detrás de cada rescate, como el de Diana Troncoso tras intensas horas en Cali, o el del bebé protegido bajo el cuerpo de un adulto en Pereira, ha habido una cadena anónima de manos dispuestas a ayudar con generoso desprendimiento.

Médicos salvando recién nacidos, ciudadanos organizando brigadas de remoción de escombros, plataformas digitales creadas espontáneamente para coordinar apoyos, e íconos del deporte como Jhon Arias costeando transporte aéreo con insumos médicos para su natal Quibdó, demuestran de qué estamos hechos. Hoy no hay colores ni diferencias; solo hay colombianos abrazando a colombianos.

Ese espíritu trasciende las fronteras. El respaldo internacional se hace sentir con la misma fuerza: desde el mensaje del papa León XIV y la movilización de toneladas de ayuda humanitaria enviadas por naciones amigas como El Salvador, Estados Unidos, México o China, hasta créditos de emergencia por 450 millones de dólares con el Banco Mundial e iniciativas de la sociedad civil y el fútbol global, el mundo entero le dice a Colombia que no está sola.

Ante esta marea de generosidad, el desafío institucional es inmenso. Tras la reciente declaratoria del Estado de Emergencia por parte del presidente Abelardo De La Espriella, el Gobierno Nacional tiene en sus manos la grave responsabilidad de canalizar este torrente de ayuda. Para paliar efectivamente el sufrimiento de miles de familias, la gestión de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (Ungrd) y de la administración pública debe estructurarse bajo criterios estrictamente técnicos, eficientes y transparentes.

Se requiere destrabar con celeridad la tramitación administrativa para el ingreso de brigadas internacionales de rescate, activar articuladamente los consejos departamentales de gestión del riesgo y garantizar que los recursos públicos y de cooperación lleguen sin dilación ni burocracia a Chocó y el Eje Cafetero.

Por supuesto, ante la salida destemplada de algunos dirigentes colombianos, este no es momento de rencillas ni de réditos políticos; es la hora de la humanidad.

Cuando la tierra tiembla y todo parece derrumbarse, la verdadera fuerza de una nación resplandece en sus personas. Hoy, miles de héroes anónimos cubiertos de polvo nos recuerdan que, mientras permanezcamos unidos, siempre habrá esperanza para ponernos de pie.

Aún queda mucho por hacer, pero si la línea de conducta actual se mantiene, el país y las víctimas saldrán fortalecidos de esta dura experiencia.

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