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Regional

La soledad del “Mono Vertel” en Magangué

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Murió como los grandes: en la soledad y el olvido. Ese día nadie lloró, ningún instrumento musical sonó. Aquella madrugada del 16 de noviembre pasado, el cielo azul quedó en silencio. Había partido para siempre uno de los cumbiamberos más grandes de Colombia. Paradójicamente murió el día que terminaron los estruendosos Carnavales de Magangué. El entierro silencioso con el ataúd reluciente acompañado por 22 personas se abría en medio de la soledad hasta la última morada donde terminan las vanidades de este mundo. Algunos curiosos y transeúntes se asomaban para observar la anónima carroza fúnebre que llevaba a un finado más de los tantos que la parca se lleva de Magangué. Lo que ignoraban era que en esa carroza yacían los despojos mortales del maes-tro Pedro Andrés Arrieta Vertel, más conocido como el “Mono Vertel”. -¿A quién entierran hoy?, preguntó una dama vestida de colores mientras veía pa-sar el cortejo fúnebre. -A el “Mono Vertel”, le contestó un doliente. –Pobrecito- se le oyó mascullar entre dientes. La casa color mandarina En una de las calles pol-vorientas del barrio Costa Azul, al sur de Magangué, hay una casa color mandarina. Afuera en la terraza está sentado un anciano con un libro en la mano que ve pasar como distraído a un grupo de niños que juegan con una pelota. Su mirada lánguida se pierde al final de la calle. Bajo el sopor intenso de las tres de la tarde varios hombres charlan con entusiasmo debajo de un árbol, unos perros cruzan la acera, una venta de comida ambulante completan el collage de esta anodina calle. En la casa color mandarina, donde sigue sentado el octogenario del li-bro, vivió sus últimos días el “Mono Vertel”. El anciano del libro muy amablemente me invita a seguir. El puesto asignado fue una silla azul de plástico. En el interior hay una amplia sala de paredes desnudas, un pasillo remata en una pared sin estucar donde se leen le-tras en forma de graffiti: “Valentina y Yina”. Un co-medor de plástico adorna el centro de la sala, en la misma pared desnuda cuelga un afi-che rojiblanco del equipo Ju-nior al lado de otro que con-tiene el salmo 91. Un joven silencioso con un niño de brazos me escruta con su mirada y se pasea por la sala de lado a lado como león enjaulado. En una pe-queña cocina un adolescente hace los quehaceres diarios, por el tintineo que se escucha lava la loza. El anciano del corredor ya no mira al final de la calle, ahora ojea con avidez como si estuviera buscando algo en el libro que reposa en sus piernas. Un ángel guardián -¿Quién me busca?, fue-ron las palabras que se escu-charon de una frágil mujer que se asomó desde una de las ventanas de la cocina y fijó su mirada en el recién llegado. La mujer que habló era Edith Aguilar, sobrina de el “Mono Vertel”. La misma de la que tanto se ha hablado después de su muerte. Sus cuidados al maestro, hasta sus últimos días, evitó que el remordimiento de conciencia de los amigos que lo aban-donaron fuera menor. Presurosa caminó hasta el patio prorrumpiendo en una perorata sobre la ingratitud de quienes decían ser sus amigos. Se paró frente al im-provisado graffiti y recogió algo del suelo A su regreso se sentó a mi lado y sin que yo se lo pidiera empezó a hablar sobre los últimos días del papá de los cumbiamberos, el hombre que conocía los secretos de los guaches y cuyo canto contagió a miles de personas amantes del car-naval, hace más de 40 años. En su tierra natal, nunca le hicieron homenajes, a nadie le nació, aunque él siempre los esperó. La importancia del “Mono Vertel” con su grupo los “Cumbiamberos de Magan-gue” no la conocen las nue-vas generaciones. Pero, sin embargo todos los Magan-güeleños deben recordar que representó a su ciudad en el Carnaval de Barranquilla en varias ocasiones y que su grupo es recordado por la forma especial de interpretar la música popular, la carnavalera. El joven que momentos antes se paseaba con el niño de brazos, lo había deposita-do en una improvisada cuna y se había integrado a la conversación. El calor arreciaba. Afuera los hombres que tertuliaban debajo del árbol se habían esfumado. -¿Para qué homenajes después de muerto’, advierte Edith como si me estuviera interrogando. “Su última voluntad fue que lo enterra-ran el mismo día que muriera, nadie vino a visitarlo antes de su deceso”, anota la frágil mujer, mientras se alisaba el pliegue de la falda. “Es que de amigos, uno solo entre mil”, intervino el anciano de la terraza, seña-lando como para si el libro que tenía en sus piernas. Por el texto, que citó se trataba de las sagradas escrituras. El joven que se había sentado a nuestro lado después de haberse calzado unos tenis raí-dos, tamborileaba con los dedos sobre una mesa un improvisado ritmo, imitando según él, lo que hacía el maestro antes de su muerte. La adolescente que estaba en la cocina ahora posaba con los codos sobre la mesa y con una mano en la mejilla seguía con interés el improvisado ritmo. ¿Donde están los guaches?, me atreví a preguntarle a Edith. - “Están guardados, los guardé hace mucho tiempo”, fue su respuesta. Sentí curio-sidad por conocer los instrumentos que tanta gloria le dieron a Magangué. Yacían jubilados, en una caja en espera de otras ma-nos y de otro talento como las del “Mono Vertel”. El joven seguía tamborileando con sus dedos sobre la mesa imitando otro ritmo que nos hacía evocar en esa calurosa tarde al maestro de maestros, que con su muerte le había ganado la partida a la soledad. Ahora, ya no estaba solo. *Párroco de Regidor. Escribe crónicas y reportajes ¿Quién era el mono? Según William Morales, docente magangüeleño, Pe-dro Arrieta Bertel nació el 28 de noviembre de 1917, en una casita cercana al parque de Las América. Hijo de Je-sús Arrieta Montes y Juana Bertel. Dicen que su inclinación por el baile la heredó de su mamá y de su tía Pola Bertel, la bailarina más renombrada en la sabana después de Ma-ría Varilla. Su juventud transcurrió en medio del baile, la música y la parran-da, pero tenía algo en parti-cular y era su ferviente devo-ción por la Virgen de La Candelaria. Su vida musical comenzó a la edad de los 12 años eje-cutando con mucha propie-dad las maracas, el guache y el tambor. Con el paso de los años se nutrió de experien-cia, la cual le permitió ingre-sar al grupo “Cumbiamberos de Magangué” en el año 1965. En su recorrido por Colombia se supo ganar el respeto y la admiración de los grupos, los gentiles se-guidores y organizadores de festivales en Bogotá, Barran-quilla, Cartagena, Ibagué, Honda y Mariquita (Tolima), Cereté, Sincelejo, El Banco (Magdalena), Ovejas, Gale-ras (Sucre), San Jacinto y El Carmen de Bolívar. Sus mayores satisfaccio-nes fueron haber grabado bajo la producción de Martín Madera su primer y único CD y el orgullo de haber es-tado en los carnavales de Ba-rranquilla, vitrina que sirvió para recibir muchísimos ho-menajes en la Costa Caribe y el interior del país. De los cuales el que más le impactó fue el que recibió por parte de la Casa de la Cultura de Mompox por intermedio de la folclorista “Totó La Mom-posina” como reconoci-miento a su loable trayectoria musical. La sorprendente capaci-dad del “Mono Bertel” no sólo estuvo en la música y el baile, sino además en su creatividad para plasmar las vivencias, costumbres y las ocurrencias carnestolendas de las fiestas novembrinas de los años 60 y 70, destacándo-se mucho en la inventiva de disfraces con personajes co-mo “El Descabezado” “El Pata Pa’ arriba” “las Doce Caras” “El Apuñalado” “La Vaca Loca” entre otros dis-fraces y danzas de la época entre ellas “La Danza del Burro” creada por este mítico personaje, contribuyendo así al esplendor de nuestra fies-tas novembrinas.

Posó con sus guaches para esta foto hace unos dos meses. Ese día reveló que su muerte estaba cerca. “Lo presentía”, dijo.
Posó con sus guaches para esta foto hace unos dos meses. Ese día reveló que su muerte estaba cerca. “Lo presentía”, dijo.
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