*Elizabeth Vargas
Especial para el Universal
En los Montes de María, un lugar donde los verdes de sus bosques se funden con el azul del cielo y cada atardecer parece un poema, se esconden historias de resiliencia que han escapado a las noches violentas. Allí la esperanza ha vuelto a renacer en las manos de campesinos que nunca se han doblegado. Es el caso de Osvaldo Rafael Valdés, un líder que ha dedicado su vida a trabajar por la paz. Lea: Gobierno tituló 805 hectáreas a campesinos de Montes de María
Tiene 48 años, una alegre sonrisa y un entusiasmo que contagia. Se declara poeta, compositor y un frustrado jugador de fútbol. Afirma que su corazón siempre lo ha guiado por el noble propósito de servir, pese a que en varios momentos los actores armados lo han señalado, amenazado y obligado a desplazarse de su tierra. La añoranza de paz ha estado presente en su vida siempre. Una evocación que ha plasmado en sus versos.
“... Si mi vida, si mi vida
a la paz contribuyera
Yo la daría, yo la daría
para que cese la violencia...”
Vive lejos del ruido, en los pliegues de una montaña a la que atraviesa una carretera destapada que cubre todo de polvo, en un pueblito llamado San Isidro Labrador. Allí, junto con sus compañeros y compañeras de la Asociación Mujeres Unidas de San Isidro (Amusi), ha construido su liderazgo y ha hecho realidad un proyecto productivo que hoy sobresale en medio del conflicto.

Aunque para algunos la pandemia acabó con los sueños, para él y su comunidad fue la oportunidad de encontrar una solución que contribuyera a frenar la deforestación. Inicialmente, su idea era sembrar ñame y árboles para reforestar esas tierras afectadas por la comercialización ilegal de madera. Recuerda con orgullo que acudieron a la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid) y presentaron un proyecto que resultó ser elegido y financiado.
“Creo que fuimos creativos porque hasta aquí vino el director. A los pocos días de que nos aprobaran la iniciativa, llegó la pandemia. Entonces nos reunimos y analizamos todo. Luego decidimos decirles que por aquí no había llegado ese bicho y que no iba a llegar. Que aquí lo que teníamos era aire y cielo abierto, así que podíamos y queríamos trabajar”.

Fueron tan contundentes sus palabras y su convencimiento, que el proyecto no se paró y siguió adelante, a pesar de que el mundo estaba encerrado. Y con esa tranquilidad que da el campo todo fue tomando forma. Incluso, en esos días largos, después de esas jornadas en las que los vecinos se turnaban el cuidado del cultivo, Osvaldo sacaba tiempo para componer más versos.
“Muchos de mí se han burlado
Porque hago poemas y cantos
Por ser un loco soñador.
Porque vivo enamorado
Del verde de mis montañas
Y de la gente de mi región...”
Entre verso y verso fue creciendo esa pasión por recuperar el verde de sus montañas. Pero en 2020 tuvieron una superproducción que no cabía en ninguna casa y no sabían qué hacer con tanto ñame. Las madres empezaron a preparar dulces, algunos inventaron nuevas recetas y otros se desesperaron por la falta de oportunidades para su comercialización.
Pero, como suele ocurrir, las crisis motivan el ingenio. En una de esas tardes de sopor, llegó la idea de fabricar un producto similar al de las papas fritas de paquete. Osvaldo tomó el liderazgo y reunió a la gente para que encontraran la mejor manera de presentar el fruto de su trabajo. Así nació Ñamichips, una alianza de dos comunidades locales de Montes de María, la Asociación de Mujeres Unidas de San Isidro y la Asociación Integral de Campesinos de la Vereda Hayita y Vecina. Hoy es un emprendimiento que se abre paso en el mercado local y nacional. Lea: El platanal de Ramiro Sarabia, un piloto para replicar en Montes de María
Caminar, escuchar y conciliar
Pero es que Osvaldo ha sido un soñador de tiempo completo. Su pasión por su territorio ha trascendido y sobrepasado las amenazas y la intimidación. Dice con cierto humor que le ha metido un gol al conflicto.
“Por mucho tiempo estuve entrenando a muchachos para que jugaran fútbol y no cayeran en la guerra. Sin embargo, los actores armados constantemente bajaban a la canchita donde jugábamos. Trataban de convencerlos para que formaran parte de sus filas. Yo les decía que la cosa no era por ahí. Eso no gustó y me volví incómodo, pero yo creo que ya entendieron que lo mío es la paz”, cuenta.
A pesar de que su paso por la escuela fue breve, sus palabras han quedado plasmadas en escritos que guardan la memoria de su tierra. Sus poemas y canciones son como bosques que se entrelazan para narrar la historia de una región llena de contrastes. Tal vez por eso, durante muchos años ha ayudado a resolver las disputas que antes solventaban las armas, actuando como conciliador en equidad. Su lema es: “Caminar, escuchar y conciliar”.
Hoy es un líder que le compone a la vida, que tiene la capacidad de comprender y compartir los sentimientos y las experiencias de los demás, y que confía en que un día la paz deje de ser solo una palabra. Su mensaje es a que “a pesar de las heridas y cicatrices que deja el conflicto, hay que confiar para avanzar y mostrar a las nuevas generaciones que el camino no son las armas, sino el diálogo para reconstruir un mejor presente y labrarse un mejor futuro”.
