En Mompox no se habla de vino como en otras regiones. Aquí no hay viñedos extensos. Aquí el vino nace de la tierra caliente, de frutas silvestres y de recetas que no están escritas, sino heredadas. Por eso el vino de corozo —y otros sabores locales— es especial y bastante apetecido.
Y es que no es solo una bebida. Es una tradición viva. “Es una microempresa de familia. Somos la tercera generación haciendo vinos”, cuenta Emperatriz Castro, desde su tienda de vinos. Su historia no empezó en una fábrica, sino en casa, aprendiendo de su abuela. Y ahí está la primera clave: la receta.
En Mompox, el vino no se industrializó. Se mantuvo artesanal. Emperatriz lo explica con una imagen poderosa: antes, la fruta se enterraba con azúcar para fermentar bajo tierra. Un proceso lento, natural, casi ritual.
Ese método, aunque hoy adaptado, sigue marcando la diferencia. “Tomarse un vino de corozo es remontarse a la niñez”, dice. Porque el sabor no solo es distinto, también es memoria. La segunda clave está en la fruta.
El corozo, protagonista indiscutible, es una fruta silvestre del Caribe colombiano. No se cultiva en grandes extensiones ni responde a procesos controlados. Crece libre, y eso le da una acidez y un carácter particular que, según los productores, lo convierte en lo más parecido al vino de uva, pero con identidad propia. A eso se suma la diversidad. (También te puede interesar: Mompox en Semana Santa 2026: cuatro siglos de fe que sostienen la tradición y dinamizan la economía local)

Hoy, emprendimientos como el de Emperatriz producen hasta siete sabores: corozo, tamarindo, palma, naranja, guayaba y maracuyá. Cada uno con un perfil distinto, pero con un mismo sello: lo artesanal.
Esa variedad no solo amplía la oferta, también conecta con otros productores locales. “Así aprovechamos nuestras frutas y le damos oportunidad a más personas”, explica. Pero hay algo más que hace especial a estos vinos: el contexto.
En Mompox, el vino no se consume en cualquier momento. Tiene su punto máximo en Semana Santa, cuando la ciudad se llena de visitantes y la tradición cobra más fuerza. Es entonces cuando el vino se convierte en recuerdo y en experiencia.
Porque al final, el valor del vino momposino no está solo en su sabor, sino en lo que representa: historia, territorio y una forma de hacer las cosas que se resiste a desaparecer. Y ahí aparece la frase que resume todo:
“El que a Mompox vino y no tomó vino, ¿para qué vino?”

