La angustia y el dolor de una madre que por 34 años buscó a dos de sus hijos por el mundo entero tuvo un final feliz. Luego de largas luchas por fin se reencontró con el mayor de ellos, Elkin Darío, en la sala de espera del aeropuerto Los Garzones de Montería.
Elkin Darío y Luis Fernando, de siete y cinco años, habían sido entregados en adopción por su padre biológico, sin autorización de la madre. Justo hace cuatro años ella logró tener algunas noticias de él y le dijeron que vivía en Nueva York, pero su corazón no quedó en paz hasta que logró también ubicar al segundo, quien había sido entregado en adopción en Italia. Sin embargo, su dolor fue intenso cuando supo que Luis Fernando había muerto en un accidente de tránsito cuando tenía 23 años.
La historia
Edith Salas Monterrosa, nunca imaginó que ese 30 de octubre de 1980 marcaría en su vida 34 años de sufrimiento y espera.
Todavía en su mente está fresca la imagen de sus dos hijos, Elkin Darío y Luis Fernando, el primero de 7 años y el segundo de 5, cuando su padre biológico, quien por esa época residía en Medellín, llegó a visitarla y con engaño aprovechando que estaba embarazada de su tercer hijo Jorge William, se llevó a los dos menores a la capital antioqueña.
Le dijo a la mujer que se iría a trabajar a su tierra natal porque la situación económica estaba difícil. Pasaron dos años sin que la mujer supiera nada de sus hijos porque las respuestas de su compañero sentimental siempre eran evasivas.
El padre biológico los había entregado en custodia, sin el consentimiento de la madre, al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y este los había entregado en adopción a parejas norteamericanas e italianas.
Cuenta doña Edith que desde ese día su vida fue un calvario. Tocó puertas en embajadas, en juzgados y en el ICBF donde no le quisieron dar mayores detalles del proceso.
Su corazón de madre la llevó al mismo Palacio Presidencial y en ese momento logró exponer su caso al entonces presidente Belisario Betancur. Sin embargo, tampoco allí encontró una respuesta que le devolviera las esperanzas.
Pidió entonces la colaboración de los medios de comunicación. El primero que se interesó en el caso fue el programa Séptimo Día de Caracol televisión, luego El Heraldo de Barranquilla y poco a poco los demás medios regionales se fueron uniendo a su clamor. Los amigos, a través de las redes sociales, empezaron una intensa búsqueda que terminó con el reencuentro de su hijo mayor.
Elkin Van Oooijen, como se llama ahora, tiene nacionalidad norteamericana, no habla español, pese a que tiene vagos recuerdos de su niñez. Llegó de tierras lejanas, acompañado de un traductor para poder comunicarse con su familia que reside en el municipio de Sahagún.
Manifestó que estará en Colombia por diez días y que regresará a Norteamérica con la que ahora es su familia, pero que se lleva lo más lindo que le ha dado la vida: la oportunidad de reencontrarse con su madre biológica, con la familia que nunca lo olvidó y su hermano, al que no conocía.
Al preguntarle por la acción de su padre bilógico prefirió guardar silencio y dejó en manos de Dios el castigo. Insistió en que en Colombia hay que revisar la reglamentación de las adopciones, para evitar que madres como la suya sufran por la indolencia de padres irresponsables, sin alma y sin corazón.
El reencuentro de Elkin Van Oooijen con su madre biológica, hermano y familiares se convirtió en todo un acontecimiento que paralizó las actividades en el populoso sector del Portal de Jesús, en Sahagún, lugar donde doña Edith, está alojada por estos días, porque ella al igual que su hijo, tiene que regresar al sitio de residencia actual, el barrio Cabañas en Arauca, donde vive desde hace más de veinte años y desde donde lideró la búsqueda de su hijo.
