Ese martes, el más importante de todos, cuando el cólico me despertó y vi mi semblante descompuesto en el espejo, supe que había llegado el momento, estabas a punto de venir y sentí ansiedad, sí, pero mucha más alegría. Eran las tres y siete de la madrugada y había tantas mariposas en mi enorme y redonda barriga de nueve meses… El dolor no me asustaba, nada de eso.
En cambio, me aterraba no poder lograrlo, pero no había vuelta atrás. De manera que me sentía la mujer más fuerte del mundo y, al mismo tiempo, la más débil, ¿Acaso eso es posible? Bueno, supongo que son cosas de mamás. Había comenzado a aprender que la maternidad es una constante mezcla de sentimientos que, en teoría, deberían excluirse, pero inexplicablemente coexisten: certeza e incertidumbre; satisfacción y frustración; esperanza y miedo…
Tal como nos dijeron a mí y a papá en el curso prenatal, el dolor, lejos de disminuir, iba y venía, como las olas del mar que un día te llevaré a conocer. El cólico arreciaba con los minutos y ya para las nueve, cuando fui al consultorio de uno de mis ginecólogos, me obligaba a detenerme, a cerrar los ojos, a respirar profundo... Pero, caramba, no había dilatado ni un centímetro y para parir necesitaría llegar a los diez.
-Ve a casa, almuerza y, cuando tengas contracciones cada tres minutos, te vas para la clínica- nos dijo el doctor, advirtiendo que las primerizas solían tardarse más en dar a luz.
Y sí: papá preparó unas sopas y, dos horas después, estábamos en la clínica. Inhalaba, exhalaba, repetía. Un centímetro, solo había dilatado un centímetro y sentía cada contracción como si el mismísimo Hulk estuviera apretándome las caderas, oprimiéndome las entrañas. Inhalaba, exhalaba, repetía.
Era cuestión de ser paciente, resistir y respirar para que el dolor y el tiempo hicieran su trabajo. El dolor, sin embargo, suele hacer los minutos eternos, algún día lo entenderás.
Cuando parecía que no podía doler más, venía otra contracción, una más potente.
Y yo quería gritar, llorar, quejarme; no sé, salir corriendo, llamar a mi mamá… pero para ti era mejor que yo solo me concentrase en respirar, de manera que inhalaba, exhalaba, repetía. Me levanté de la camilla y me senté sobre una pelota plástica enorme que alguna enfermera puso al lado de mi camilla para seguir estimulando el proceso. Aunque sentía que estaba a un minuto de morir, hice sentadillas en cada nueva contracción. Me aferré con todo y mis uñas a los brazos de papá… él jamás nos soltó. Tampoco tu tía Chechi, que nos hizo porras entre contracción y contracción. Elegí no dejar que el llanto de otras mujeres ni los gritos de júbilo -de quienes claramente no estaban pariendo- por un gol de Colombia en pleno Mundial me distrajeran, pero…
Para la medianoche, el dolor me apretaba tanto que ya me costaba respirar tan profundamente. Lo intentaba, lo juro. Tenía los labios resecos. Nos dijeron que tu corazón estaba latiendo demasiado rápido y que yo debía esforzarme más por respirar bien e hidratarme para que tú no sufrieras. “Dios mío, no voy a poder”, pensé, pero entonces me sacudí y empecé a repetirme en silencio: “Sí voy a poder, sí voy a poder”. Y sí: pasada la una de la madrugada había dilatado ya los diez centímetros. Era momento de ir a la sala de partos.
Me acosté en una nueva camilla y ahora, con cada contracción, el médico me pedía que pujara, fuerte… “Eso, eso, muy bien. Sostén el pujo, sosténlo”, decía y yo lo intentaba con alma, vida y corazón, con una fuerza que ni sospechaba que tenía. Me dolía tanto que sentía como si quedara ciega al final de cada pujo. Lloré. Papá me repetía con una dulzura infinita que estaba a punto de lograrlo, pero tanto dolor me impedía creerlo. Tenía tanto miedo.
Me voy a morir, pensaba, pero las manos de Dios y las de papá me sostenían mientras yo me aferraba al deseo inmenso de conocerte por fin.
A la una y veintisiete de la madrugada te vi por primera vez: eras mi hijo, eras tú, Felipe. Y escuché tu llanto tan fuerte, tan dulce, tan enérgico y tierno. Y pregunté si estabas bien. Y papá me besó. Inhalé, exhalé, lloré, repetí. Y todo valió la pena. La vida entera ha valido la pena.
Ahora, acurrucado en mi pecho, duermes, haces caritas y ruidos, sonríes. He visto crecer tus pestañas y tus cachetes, he aprendido que el llanto de hambre no suena igual al de sueño.
¿Cómo es posible amar tanto?, suelo pensar. A veces -bueno, muchas veces- me pregunto si seré la mamá que necesitas, si seré capaz de mantenerte sano y fuerte. Me aterra la posibilidad de dejarte caer, de quedarme dormida contigo en mis brazos. De no producir suficiente leche. Del día en que tu abuela regrese al pueblo y yo deba bañarte sola. De que cada nueva vacuna signifique otra fiebre en un cuerpo tan pequeño.
Pero seguimos y seguiremos adelante. Y lo haremos porque este es nuestro sueño, el más grande e importante de todos. Porque mi corazón ya no late dentro de mi pecho: ahora late en ti, Felipe, la persona por la que tanto esperé. Tú, que viniste para cambiarme hasta el nombre: un día no muy lejano no seré más Laura… me llamarás “mamá” y yo volveré a sentir que todo ha valido la pena.

