Llevaba más de ocho días con dolor de cabeza cuando decidí acudir a urgencias. Eran las dos de la tarde y el dolor ya no llegaba solo: veía luces, tenía náuseas, sentía un extraño latido y me invadía una fuerte somnolencia. Llegué buscando ayuda, con el miedo de quien no comprende lo que le está pasando y la esperanza de que, al cruzar las puertas de un hospital, alguien pudiera aliviar su sufrimiento. Pero no fue así.
Antes de entrar, el vigilante impidió que mi madre me acompañara, obligándome a ingresar sola mientras ella se quedaba afuera. Yo sentía que apenas podía caminar. Adentro, las recepcionistas no parecían tener demasiado espacio para la amabilidad. Preferí pensar que quizá venían de una jornada larga y agotadora. Una de ellas me clasificó en urgencias, pero antes comentó: “Bueno, es una simple migraña”.
Simple…
La palabra se quedó dando vueltas en mi cabeza hasta hoy, quizá para quien la pronunció era una manera de nombrar una dolencia frecuente. Para mí, que tenía miedo de morir y no podía ni sostenerme de pie, sonó como una forma de reducir mi angustia a algo insignificante como si bastara una mirada rápida para saber cuánto duele el cuerpo de otra persona.
Eran apenas las dos de la tarde y algunas personas decían que llevaban desde las siete de la mañana esperando ser llamados. Todavía confiaba en que me atenderían pronto. A mi lado había un niño. Su mamá contaba que había orinado sangre y que habían llegado alrededor de la una de la tarde. Su llanto se mezclaba con los sonidos de la sala, pero no parecía suficiente para acercarlo a una consulta.
En algún momento, un hombre comenzó a gritar que sentía un fuerte dolor en el pecho. La desesperación lo llevó al suelo. Se retorcía de dolor y solo entonces aparecieron un par de enfermeras para tomarle la presión. La escena me hizo pensar que la ayuda parecía llegar solo cuando el sufrimiento ya era imposible de ignorar.
Al fondo había madres con bebés en brazos, intentando protegerlos del aire. Pensé en ellos y pensé en mí, éramos desconocidos unidos por una misma fragilidad. No habíamos llegado allí para pedir favores ni para exigir privilegios sino porque algo no estaba bien y necesitábamos que alguien nos ayudara a aliviarlo.
Mi cabeza amenazaba con reventar. Vomité y tuve que permanecer un buen rato apoyada contra la pared del baño, sin sentir que pudiera caminar. Me costaba sostenerme, pero no tenía otra opción. Mi mamá seguía afuera. Yo estaba sola. No recuerdo haberme sentido tan desprotegida en un lugar al que había llegado, precisamente, para buscar protección.
Las horas continuaron pasando. El dolor no sabía de turnos ni de procedimientos; seguía allí, golpeándome la cabeza mientras intentaba resistir. A las siete y media de la noche, después de más de cinco horas de espera, me acerqué a recepción para preguntar cuándo me atenderían.
- Faltan diez pacientes
Diez…
La cifra cayó sobre mí como una bofetada. Finalmente, a las ocho de la noche, dijeron mi nombre. El médico me vio llorar, casi histérica, y pidió que me canalizaran. Era la primera vez que iban a hacerlo, a pesar de las ocasiones anteriores en las que había acudido a urgencias. Sospeché que se debía a que me había visto llorar.
Una hora después, el dolor persistía, pero fue ignorado. Me indicaron que continuara tomando mis medicamentos y me dieron el alta, sin ofrecerme una solución diferente a las que ya había intentado. Salí con una fórmula médica, pero sin sentir que hubiera encontrado una respuesta.
El niño que llevaba horas llorando porque había orinado sangre fue atendido después de mí. Su madre, consumida por la frustración, gritaba y tiraba cosas. Desde afuera, quizá alguien habría visto solamente a una mujer perdiendo el control. Yo veía a una madre desesperada que había pasado horas esperando mientras su hijo sufría.
Todavía pienso en las personas que dejé esperando, en los bebés abrigados contra el aire, en el niño que lloraba y en el hombre que cayó al suelo. Pienso en las madres que suplicaban por sus hijos y en mi propia mamá, al otro lado de la puerta, sin poder acompañarme cuando más la necesitaba.
Y pienso, sobre todo, en esa palabra.
Simple…
Para mí, aquella palabra terminó representando un grave problema de nuestra sociedad: la falta de empatía se ha convertido en uno de los grandes problemas del sistema de salud, donde muchas veces se olvida que detrás de cada paciente hay una persona que siente miedo, dolor y necesita ser escuchada, comprendida y tratada con dignidad.
No creo que un par de párrafos sean suficientes para cambiar una problemática tan compleja. Sin embargo, considero importante ponerla sobre la mesa, porque sé que, como yo, hay miles de personas que se sienten atrapadas y no encuentran respuestas ni se sienten acompañadas. Personas que llegan a urgencias buscando alivio y no encuentran la atención que necesitan, una situación que, en ocasiones, también se repite en las consultas de medicina general.
Conocí un caso que me marcó especialmente. Me encantaría mencionar el nombre de la mujer, pero lo desconozco. Era una de tantas pacientes que compartían conmigo la sala de espera y con quien tuve la oportunidad de conversar. Me contó que durante años acudió a urgencias y a consultas generales debido a fuertes dolores en el vientre. Pasó el tiempo y sus síntomas persistieron, pero nadie parecía encontrar una respuesta. No fue hasta que su cuerpo colapsó que descubrieron que tenía un tumor. Al recordar su experiencia, resumió lo que había sentido con una frase: “Sentí que no me dieron importancia”.
Pienso que el mundo sería un lugar mejor si la empatía tuviera un papel más importante en nuestra cotidianidad. Dejemos de mirar la realidad únicamente a través de cifras, como aquellos adultos de El principito, y empecemos a verla en colores, historias y razones. Detrás de cada paciente hay una persona, una familia, una preocupación y, muchas veces, un miedo que no siempre se expresa con palabras. En un mundo donde tantas personas viven tristes, preocupadas y estresadas, un pequeño gesto de amabilidad puede marcar la diferencia. Una atención cordial desde el momento en que alguien llega a recepción, una escucha sin prejuicios o unos minutos de verdadera atención pueden cambiar notablemente la experiencia.
No hay que olvidar que, cuando alguien llega a urgencias preguntándose si va a sobrevivir, lo último que debería sentir es que tiene que suplicar para que su dolor importe. Hay dolores que pueden parecer simples desde el otro lado de un mostrador, pero ninguno debería ser motivo para olvidar que, frente a nosotros, hay una persona que necesita ayuda.

