El 17 de abril, hace hoy ocho meses, a la ESE Hospital Universitario del Caribe (HUC) ingresó Remberto Bossio Campo, de 71 años.
Como todos los días, ese día se rebuscada la vida en el Mercado de Bazurto, pelando yuca o haciendo mandados, hasta que una caída accidental le causó una fractura en el fémur y trabajadores en esa plaza le pararon un taxi, lo embarcaron y le pagaron la carrera al conductor para que lo llevara a aquella institución prestadora de servicios de salud en el barrio Zaragocilla.
Doscientos cuarenta y cuatro días han transcurrido desde aquel accidente y no ha vuelto a ver a ninguno de ellos, pero lo que realmente le “maltrata el corazón” -según expresa- es que no ha visto a ningún familiar. Lea: Sin agobio ni estrés: consejos para cuidar la salud mental en diciembre
“Me han abandonado. Digo yo que ellos sabrán (que sufrió una fractura y fue hospitalizado), porque por el voz a voz en el Mercado todo se riega”, dice Remberto con una mirada tan triste que lo delata: un recuerdo melancólico se le acaba de atravesar en la mente y en el alma, y tras una carraspera en la garganta que lo obliga a toser lo admite con pena. “Tengo un hijo, que me dijeron que se fue para el Valle y no está en el Valle; está aquí, en Cartagena, en el barrio La María. Se llama Richard Bossio Márquez. Su madre falleció. Él ni siquiera ha venido a verme, me ha dado la espalda y todo el mundo en el barrio sabe que es hijo mío y que le di todos los gustos cuando estaba en la buena”.
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“Todo eso maltrata mi corazón. Mi enfermedad es tanto pensar en que tengo familia y me ha dado la espalda, porque yo no fui malo con mi hijo, al contrario, todos los gustos se los daba. Todas las vecinas lo saben”, manifiesta.
No obstante, este hombre está categorizado como “adulto mayor en situación de calle y abandono social”, con estancia prolongada en el HUC, porque no cuenta con cuidador ni domicilio para su egreso. “Desde que llegué, ni una vez he pisado el suelo. Ahora no puedo por una inflamación en la pierna que me salió aquí, en el hospital. Estoy habituado a las tres comidas que me dan y a mirar las cuatro paredes”, dice con resignación, pero sus palabras, su mirada, todo en él clama ayuda a sus familiares y a aquel hijo que engendró y crió.
Remberto es uno de los siete pacientes (seis hombres y una mujer) que hoy permanecen en situación de abandono social en el HUC. Entre estos, el más antiguo es un habitante de calle que el 25 de junio de 2022 ingresó por una infección en las vías urinarias, es decir, el próximo 25 de diciembre completará un año y seis meses viviendo en esas instalaciones sanitarias, “porque hay navidades tristes”, nos advertía Rafael Orozco en la siempre sentida canción ‘Navidad’, cuyo compositor fue Rosendo Romero. El habitante de calle, de 66 años, no pudo contarnos su historia ni sus anhelos porque ya no habla. Tampoco camina.
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Los riesgos de la estancia prolongada
Elvira Díaz, trabajadora social del Hospital Universitario del Caribe, a cargo del área de hospitalización en el cuarto piso y de las UCI, explica que los pacientes en situación de abandono se exponen a factores que amenazan su bienestar, tanto físico como emocional.
Por un lado, cuando terminan su tratamiento intrahospitalario “corren el riesgo de contraer enfermedades nosocomiales (adquiridas durante la estancia en un hospital y que no estaban presentes en el momento del ingreso) e infecciones por bacterias intrahospitalarias”. Por otro, “la parte afectiva y emocional se les deteriora. Algunos entran en un estado depresivo por el que no reciben medicamentos, no se interesan por la alimentación y, al no tener una motivación para continuar con vida, su estado físico se va deteriorando”, cuenta la profesional.
“Para nosotros, lo más complicado en este tipo de situaciones es la ubicación de los pacientes en un lugar en el que puedan tener una vida digna, en el tiempo que Dios les conceda, porque en realidad, por nada, pueden regresar a la calle. Algunos están en silla de ruedas o no caminan por desnutrición, otros no hablan por la misma causa o presentan patologías delicadas, entonces nos toca una lucha bien grande”, cuenta María Emma Torrenegra, quien ha coordinado el área de Trabajo Social en el HUC por 17 años.
Reconoce que “algunos tienen familiares, pero no los quieren para nada y a otros realmente nos es difícil encontrarles a los familiares. A pesar de que trabajamos en conjunto con los entes, en especial con Secretaría de Participación, Habitantes de Calle y Adulto Mayor, ni ellos ni nosotros alcanzamos a veces a encontrar a los familiares porque la mayoría son habitantes de calle. Y si encontramos a algún familiar, que lo hemos hecho, no quieren por nada del mundo saber de esa persona, comienzan a contarnos la historia, por qué razón no los quieren, qué pasó, y los rechazan”. Lea: Muere Juan Manuel Montes Farah, reconocido médico del HUC
Díaz señala que en múltiples intentos por ayudar a estas personas desamparadas, “hemos solicitado apoyo institucional a los entes: Personería Distrital, Secretaría de Participación, Comisaría de Familia, para la ubicación de estos pacientes y no hemos obtenido respuesta. Los instamos a que nos apoyen en el direccionamiento de red y en la ubicación para poder garantizarles el egreso de la institución”.
Torrenegra hace tristes revelaciones. “Cuando algún habitante de calle está en las últimas, por fallecer, trato de traer a los familiares porque a veces pienso que los están esperando e incluso nos ha pasado, que apenas llega el familiar, lo ven, lo saludan y enseguida fallecen; es una tristeza bien grande”.
Lo inconcebible es que, en ocasiones, “los familiares, mientras el paciente está vivo no aparecen. Apenas fallece, aparecen a pelear el acta de defunción porque tenía alguna tierra o alguna ayuda del Estado”.
Lo que procede a la muerte de estos seres es el sepelio de solemnidad, para el que Participación aporta la caja, el cementerio, la bóveda y el hospital una bonificación de 60 mil pesos con los que se compra cemento y blocks para cerrar la tumba, y con ella una historia de desdicha y abandono.