Por: Emilio Gutiérrez Yance
En El Guamo, Bolívar, la muerte está tan ausente que la única funeraria tuvo que bajar la cortina. Su dueño, con más polvo que trabajo, empacó ataúdes y coronas y se fue para San Juan Nepomuceno, “donde al menos hay clientela”, dijo antes de marcharse.
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Hace 12 años que en esta población no hay homicidios. Sus habitantes, herederos de 275 años de historia, viven bajo un pacto tácito de paz.
El secreto —aseguran muchos— está en la Policía Nacional. En El Guamo, los uniformados no son figuras lejanas ni caras serias en una patrulla: son parte de la vida diaria. El subintendente Leonardo José Martínez Villa, Comandante de la Estación, no recorre el pueblo en carro blindado, lo hace a pie o en moto, saludando a todo el mundo como si fueran primos.
“La gente nos quiere y nos respeta. Aquí todo se resuelve hablando”, dice con una sonrisa, mientras la inspectora Lisneidis García De la Rosa asiente: “Aquí no trabajamos con gritos ni esposas, sino con diálogo, café y, si hace falta, un abrazo”.
La vida tranquila en El Guamo
Emiro Vergara, un campesino curtido por el sol y con un machete que parece extensión de su brazo, se ríe: —Aquí no matamos ni el tiempo… lo vivimos.
Unos pasos más allá, Ever Yepes, al lomo de una mula y con sombrero vueltiao, remata: La violencia aquí solo se ve cuando una gallina se mete en la huerta equivocada. En otros pueblos corren cuando oyen una moto; aquí corremos cuando se acaba el café.
Desde su parcela, Iván Serrano, cultivador de yuca, suelta una frase que podría ser lema del pueblo: “La tierra da lo que uno siembra, y aquí sembramos tranquilidad”.
En El Guamo, los conflictos no llegan a la Fiscalía. Se resuelven bajo la sombra de un frondoso árbol, con palabra y paciencia. Los policías son vecinos que juegan, participan en las fiestas patronales y saben a quién pedirle un guarapo cuando aprieta el calor.
Mientras en otros lugares las cifras rojas abren noticieros de radio y televisión, en este pueblo de Bolívar la noticia del día puede ser la llegada de un circo o el campeonato de trompo.
El Guamo no es solo un punto en el mapa: es memoria viva, un refugio de tradiciones y un canto que, como sus árboles, echa raíces profundas para que la vida siga floreciendo.
Aquí el canto de un gallo todavía anuncia el amanecer y la gente cocina con leña para darle mayor sabor al sancocho de gallina criolla. Es tierra cálida, de patios grandes y mecedoras que no descansan y también es cuna de uno de los hijos más queridos de la música colombiana: Otto Serge, compositor, médico y cantante, cuyas canciones aún recorren las emisoras como un saludo de pueblo a pueblo.
En El Guamo, la paz no es un sueño ni una noticia pasajera: es una costumbre que se vive cada día, entre el aroma del café, el eco de una guitarra y el saludo cercano de un policía que ya es parte de la familia. Puede leer también aquí: A la cárcel dos hombres por robar en una finca y secuestrar a sus dueños