La principal fuente de la cultura ciudadana está en las costumbres de la gente. En las alcaldías de Antanas Mockus en Bogotá, el país conoció una experiencia de cultura ciudadana liderada por el Estado. Este referente se convirtió en un patrón que era susceptible de replicarse en otras ciudades de la Nación, pero con éxito muy relativo y bastante limitado, entre otras razones, porque no se tenía en cuenta los modos de ser de las gentes, su realidad, sus visiones o su contexto.
En Cartagena el debate de la cultura ciudadana es complejo, en especial, cuando se cruza con el asunto de las festividades de noviembre. En nuestro medio predomina la idea de que cultura ciudadana es obediencia a la autoridad. Y, a mi juicio, ese enfoque es un grave error, pues, allí subyace una actitud peyorativa hacia la subjetividad popular. De otra parte, la historia de Cartagena es la historia de la marginalidad, la exclusión y el desprecio por el pueblo. Nuestra historia está ausente de pueblo, no estamos escritos en el gran relato de la Independencia y, eso significa, que formamos parte de lo que no se puede decir, ni contar. Nosotros sencillamente somos el desorden, allí donde late la revuelta y eso va mucho más allá de la fiesta, pues, se manifiesta en el rebusque callejero en todas sus formas: las pacíficas y las violentas. Dicho lo anterior, hay que preguntar: ¿Qué hace la gente con las sobras que les dejan, con los restos, con las esquirlas que deja el modelo social y económico que nos rige? Ciertamente lidiamos con el miedo. Es más: cierto fascismo social hipócrita asume que fiesta, pueblo y miedo son lo mismo. Tres elementos que tienen geografía propia: la que va del mercado de Bazurto para allá atrás.
En contraste, hace poco más de veinte años apareció el Cabildo de Negros de Getsemaní, como una experiencia festiva que consistió en un re – aprendizaje de los sentidos de lo popular y lo ciudadano, a partir del orgullo barrial, de la memoria popular, de sus identidades, de la reafirmación de un carácter digno y de emancipación. Se trató de una iniciativa de la sociedad civil que apostó por sus raíces para pensar y poner en práctica la ciudadanía. Aquí vale la pena preguntar: ¿Qué nos aglutina, qué nos congrega como ciudadanos cartageneros, cuál es nuestro elemento común? Esta pregunta era muy fácil de contestar hasta principios de los años ochenta del siglo XX. Nos aglutinaba el Caribe. Nos sentíamos y nos sabíamos más caribes que hoy, cuando nos caricaturizan en la televisión hecha en Bogotá. Nos aglutinaba el Caribe a través de la vida de muelle que se practicaba en la ciudad y todos los intercambios que allí ocurrían con los muelles del Caribe y del mundo entero. Muelle y barrio eran una sola cosa y allí se formó una memoria festiva y musical que en parte está plasmada en la canción “Colombia Caribe” del maestro Francisco Zumaqué.
Privatizaron los muelles y se acabó Cartagena: a la calle todo el mundo, a resolver como venga. Así las cosas ¿En qué se convierte la fiesta, cuáles son sus nuevos sentidos? O mejor ¿Para qué fiestas? El Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, en cabeza de su directora Oviris Caraballo, se viene empeñando para lograr el reconocimiento de Las Fiestas de la Independencia como Patrimonio Inmaterial de la Nación. Para tal propósito apostó por rescatar la memoria de los reinados barriales, con miras a visibilizar un acervo festivo que contiene huellas, pistas, recuerdos, imágenes, formas y elementos que nos conectan con lo que el Caribe significa. El olvido social, por lo regular, arropa la historia de la subjetividad popular, a tal punto que las costumbres, las usanzas, los estilos y las sensibilidades se extravían; entre otras razones, porque no se registran más que en la mente de las abuelas, de los abuelos. Una de las tareas de las reinas populares, en esta ocasión, consiste en recoger las voces de sus barrios y sacudirlas del olvido. Así, el material de la memoria barrial es uno de los fundamentos de la cultura ciudadana que vemos a diario, al medio día, cuando cruzan los platos y las ollas con sopa de una casa a otra, de una calle a otra y todas nuestras formas caribes de fraternidad. La iniciativa se denomina “Mi barrio cuenta” y es un buen comienzo para reconectarnos y mirar más hacia el Caribe y no tanto hacia Bogotá.
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