Ernesto McCausland, hasta la aparición de Febrero escarlata, era conocido como un formidable cronista. Sus trabajos en El Heraldo, de Barranquilla, y otros medios citadinos, lo tornaron en un valioso ejemplo de la escritura periodística. Fue antologado varias veces, y revistas del país y del extranjero le dieron cabida a sus escritos. Muchos de sus trabajos obtuvieron premios de reconocimiento nacional. Hizo con indudable solvencia radio y televisión. También incursionó en el cine
Publicó su novela en mención en 2005, en la Editorial Espasa Calpe, con un título significativo, haciendo alusión a una serie de crímenes cometidos en ese mes en la ciudad de San Nicolás de los Caños, nombre literario de Barranquilla, atrocidades que él narra con minuciosidad y destreza.
Lo primero que hay que señalar en la novela es el rigor del cronista en esta narración de 261 páginas. Se nota el largo oficio del periodista, en un lenguaje conciso, y limpio, con el perdón de uno que otro exceso retórico y de algún malabar lingüístico. Ah, y se nota una inocultable vocación cinematográfica.
En la primera página, por ejemplo, leemos: “Tan pronto el sol se asomó detrás del río, Capeto Cervantes comenzó a preguntarse si en efecto durante la noche un perro dorado se había subido sobre una de las mesas del burdel y había cantado Declárate inocente y otros dos boleros trágicos acompañándose con una guitarra. Ni siquiera se atrevió a preguntar, por miedo a que se burlaran de él, y prefirió atribuir la visión a la mezcla de aguardiente y marihuana”. En esta sección se enuncian algunos de los referentes básicos de la novela, a saber: El burdel La Perla del Río, el mismo río que es una presencia constante a lo largo de toda la narración y, por supuesto, el periodista de crónica roja, Capeto Cervantes, quien ese febrero sangriento decide abandonar el único vicio al que puede renunciar: el comerse las uñas.
La novela entra en calor con la visión que tienen los asiduos clientes del burdel del cuerpo ensangrentado de Luz Dary Sánchez, una de las meretrices de la concurrida casa de placer. Y no es que la joven prostituta hubiera sido herida, sino que su amante ocasional, el marino Windell Agbayani, le había propinado treinta y pico puñaladas al capitán del barco que tenía por costumbre disputar a la brava el cuerpo de las mujeres que subían a su nave. Como “el crimen del marino enamorado sería conocido el caso por la prensa de San Nicolás de los Caños. (P. 12)
En estas líneas iniciales aparecen muchos de los personajes claves de la obra: La Bruja, el veterano y sagaz detective que con sus hombres (“los brutazos”, como los señala el narrador delatando una influencia narrativa norteamericana) era capaz de esclarecer en poco tiempo los crímenes más escabrosos; Wilder Izquierdo, el dueño de La Perla del Río; Molongo, el fotógrafo medio tarado provisto de una lógica tan elemental en el ejercicio de su trabajo que lo llevaba a juntar la cabeza y el cuerpo de un decapitado para tomar la respectiva foto; Manson, con su larga barba y su moto y su enorme barriga y su lujuria; Milagros, la dueña del periódico El Notición, permanentemente indecisa entre sus deberes de señora de la sociedad tradicional y de periodista objetiva; Ledys Beltrán, la periodista de La Verdad, quien aparece ostentando sus atributos: “maquillada con esmero, con zapatos de tacones y forrada en un audaz traje de satín rosado el cual refulgía como un regalo navideño bajo el sol de las diez de la mañana. Pero el buen gusto era lo de menos: aquel culo de ballena, que parecía a punto de estallar dentro del traje navideño, era un argumento que le servía a Ledys Beltrán para pescarse una que otra exclusiva. Eso a Capeto Cervantes bien le constaba” (Pp. 13-14).
A lo largo de la obra veremos el contraste entre la sensualidad arbitraria de Ledys Beltrán y el estilo comedido e impostado de la dueña de El Notición. También encontramos a los hermanos Quijada de Burro Número Uno y Quijada de Burro número Dos(vaya nombrecitos), marido y cuñado, respectivamente, de Milagros. Estos dos personajes pintorescos carecen de inteligencia y sus únicas preocupaciones son: no contrariar a sus amigos del club y exhibir sus camisas traídas de Miami
Por su parte, Capeto Cervantes es un personaje convincente, con muchos roles. Y es la prueba de que Ernesto McCausland es un recio creador de caracteres. Capeto, pues, es un apasionado periodista, con un olfato extraordinario para perseguir las noticias de de la crónica roja. Indaga, acompaña a La Bruja en sus correrías, dialoga con los testigos de los crímenes, encara a los familiares de las víctimas, altera la cadena de custodia en busca de indicios, de respuestas, en fin, lo hace todo con el objeto de tener la primicia para el periódico en el cual trabaja. Pero Capeto también vive intensamente, se sumerge en la sordidez de San Nicolás de Los Caños en su destartalado Zastava, que lo lleva del burdel a los barrios más apartados y de su casa a los moteles de Juan Mina para saciar su cuerpo, ya sea con Laura su compañera de oficio o con la nalgona Ledys Beltrán.
Los hombres y mujeres que hacen la historia de McCausland se mueven en una ciudad de canículas inclementes, cerca del río poblado de tarullas y con barcos que traen a marinos ansiosos por los servicios del burdel situado en sus orillas. Se puede afirmar que aquí aparecen los sitios que han configurado la historia de Barranquilla, como el cementerio Calancala con sus mausoleos de estructura republicana donde reposan las generaciones anteriores que impulsaron el desarrollo y la cultura, hasta las pobres tumbas de los seres anónimos, acosadas por los bichos y las alimañas de la noche: “no como esos llamados campos de paz sin cucarachas ni lagartijas, ni zorros chuchos,…;” dirá Capeto Cervantes. (P. 27). También, cómo no, Rebolo con la peligrosidad de sus calles, La Última Lágrima, La Cien, con su salsa de arrebato para los bacanes de largo aliento, y los otros barrios con los chismosos y chismosas de siempre que vienen a ser como los ojos y los oídos de La Bruja y del periodista de la crónica roja.
El autor destaca en su obra un rasgo bien marcado de una ciudad que, a pesar de fungir como pretensiosa metrópoli, no ha perdido la capacidad de que sus habitantes esparzan por sus puntos cardinales las versiones más inverosímiles sobre los crímenes extremadamente macabros que han tenido lugar allí. Y esos rumores la recorren como hilo de fuego y alimentan la indolencia de los mediodías insoportables por el calor o matizan el tedio del horario de las oficinas. Hay en esta novela una panorámica indudable de la antropología cultural de Barranquilla, y la fortaleza de una oralidad que sabe cuándo escamotear la verdad y cuándo acudir al rumor o a la duda.
Avanzando un poco más, parece que McCausland se propuso un ajuste de cuentas con el ejercicio del periodismo en San Nicolás de Los Caños, pero con un humor que no excluye el razonamiento crítico. Y éste es un punto a su favor. Además de los Quijada De Burro, que representan el dinero sin talento, está el personaje de Enrique Tomás Huyke, apodado Nalga e’ Queso, el burócrata ignorante que hace valer a toda costa su autoridad derivada del poder transitorio de su cargo en el gobierno municipal. No falta el político corrupto de doble vida que llega a encubrir el asesinato de su amante de clase baja a manos de su propia esposa, mientras esgrime una respetabilidad a ultranza que al final queda a salvo por la autocensura de El Notición. McCausland suelta su escritura y, crimen tras crimen, conforma una hilación de crónicas que, a la postre, elabora la estructura de Febrero Escarlata.
En el plano amoroso, Capeto Cervantes oscila entre el amor ido de Shadia (quizá la única mujer a quien quiere), y los encuentros fugaces con Laura, la noche de sexo rabioso con la periodista de La Verdad, Ledys Beltrán, y los escarceos en su propia casa con la estudiante Yajaira. El amor, como todo en su vida, es una ráfaga inconclusa.
La novela transcurre en tres escenarios: la sede de El Notición; el burdel La Perla del Río; y las calles de la ciudad por donde deambulan La Bruja y sus hombres en busca de pesquisas, por un lado, y por el otro Capeto, con su inseparable fotógrafo Molongo, siempre a caza del mejor ángulo para la toma más escalofriante.
En el primer escenario todo gira, al parecer, alrededor de la crónica roja, porque cuando se produce el despido de Capeto por divergencias con Milagros, las ventas descienden hasta el punto de que ésta busca al periodista cesante y le pide que vuelva a su puesto; que es tan necesario para el periódico lo prueba el hecho de que vuelve pero con la aceptación de sus exigencias. Además, la novela describe el afán porque la edición salga impecable, el interés discutible en escoger los titulares que causen más impacto en la opinión de los lectores (aunque Capeto siempre perdía con Milagros la lucha por el titular del día siguiente), la selección de las fotografías que vendan más que la competencia y las intrigas propias de todo gremio laboral.
En el segundo escenario, el burdel, los hombres son respetables ciudadanos que encuentran en el asiduo trato con las muchachas del negocio, un desahogo para el aburrimiento de sus vidas encasilladas en las cuatro paredes de sus casas. Esto lo advierte en forma muy sagaz la mujer de Argelio Pulgar, quien delante de sus amigos que lo visitan en su casa del barrio Modelo, asume el comportamiento de las más desfachatadas mesalinas ante el desconcierto del marido y de sus convidados. Esto genera una fuerte discusión entre los esposos, la cual termina en tragedia cuando el furibundo marido arremete cuchillo en mano contra su mujer, hiriéndola de gravedad. Y todo para luego enterarse ella, por boca de Capeto, de que Argelio no se había acostado nunca con ninguna mujer del burdel. El periodista, con cierto lenguaje intelectualoide, le explica que: “el burdel para ellos no tenía nada que ver con sexo. Era más bien una licencia que se tomaba el alma, el último refugio de los auténticos bohemios en una ciudad que se había llenado de oscuras y gélidas discotecas, donde las parejas no bailaban para sentir el cándido júbilo del baile sino para calentar motores en su ruta hacia los moteles…;” (P. 162). Y, con un arranque poético de barriada, remata el periodista: “Es en el burdel donde el corazón noctámbulo late de verdad”. (P. 163).
Argelio Pulgar era, además, algo así como un Catón de la urbe, la conciencia de la ciudad, siempre denunciando actitudes dolosas, abusos del poder, tráfico de influencias, en fin, todo comportamiento reñido con la rectitud que él pregonaba y practicaba. Uf, pero qué lucha inútil
Como la vida tiene siempre guardado su novelón sentimental, en el burdel se afianza el amor de Luz Dary Sánchez y del filipino Windell Agbayani, y es que este lugar de placer no es sórdido, como reza el estereotipo, sino alegre y vital como el trópico. McCausland lo narra bien, y lo libera de putrefacciones. Lo convierte, en la lectura de la vida de hoy, en un burdel de la nostalgia.
El tercer escenario de Febrero escarlata son las calles de San Nicolás de Los Caños. La calles con bulliciosas verbenas en los alegres días del precarnaval; con sus infinitas versiones de boca en boca sobre el último crimen pasional, con las vecinas ansiosas de contar ‘su verdad’ sobre el suceso del día anterior.
Blas primero Conde de la Barrera, quien pese a sus problemas de salud insiste en acompañarme en las lecturas, me comentaba que la novela padece ciertos excesos: el autor incluye demasiados crímenes en ella, y esto satura la narración. No estoy de acuerdo. Creo que manejando la línea realista, incluyendo en el corpus lenguaje periodístico y lenguaje literario, la novela no podía cercenar la realidad real. La vida de un periodista de crónica roja es ésa. El autor no podía adulterarla. No podía idealizarla. Convertirla en caricatura. Capeto Cervantes es un personaje perdurable, descrito con sus virtudes y falencias, con su empecinamiento y con sus sombras. La obra es una buena novela (que me excuse el noble y senil Conde), con carácter y atmósfera Caribe, y constituye, aunque suene a lugar común, un aporte valioso de este incisivo escritor costeño, que hoy nos ha dejado para siempre. En novela, nos queda este febrero de sangre que merece leerse, pues en ella no sólo está la anécdota local sino válidas expresiones de la historia de la ciudad de de San Nicolás de los Caños, asumidas con crítica y humor. Algo que nos sigue haciendo falta en este país de farándula y de sangre.
Montería 2012.
