Llamo guerra social a todas las violencias a que nos exponemos todos los días. Suicidios, embarazos no deseados, violencia intrafamiliar, violencia contra la mujer, violencia urbana en todas sus expresiones, intolerancia generalizada y dificultades en la convivencia, todo tipo de agresión cómplice y pasiva, pandillismo, microtráfico y, por supuesto, el matoneo escolar. Guerra social que tiene poco que ver con las negociaciones en La Habana entre gobierno y guerrilla. Son los docentes, en especial los de escuelas públicas, los que ponen el pecho todos los días a semejante situación que no da para más.
Varias profesoras están de siquiatra, sin exagerar, hay docentes que tienen que ir medicados a ejercer su oficio, en ocasiones, en un entorno físico inaceptable: colegios inseguros, en situación de hacinamiento, con problemas de higiene colectiva, entre muchos otros aspectos. En el escenario escolar aparece la guerra social y eso enloquece a cualquiera. Por otra parte, la educación supone un proyecto social, es decir, que hay unos dirigentes que tienen claro para dónde vamos.
En otras palabras, gente que tiene resuelta la pregunta ¿La educación en Cartagena, para qué? Partamos de la idea de considerar a Cartagena como lo que es: un buen puerto, pero una pésima ciudad. Siempre ha sido así, desde su propia fundación. La escuela en Cartagena, pues, no ha servido para construir lo público donde hay un balance entre desarrollo social y desarrollo económico, con oportunidades para todos. Los contenidos de la escuela sirven para sostener el desequilibrio social, la inercia de la dinámica del abuso, la discriminación y la exclusión: gente como nosotros no aparece en los libros de ciencia, o de historia, ni aparece un matemático negro o cartagenero. De otra parte ¿Qué pasaría si un estudiante de un colegio privado de alta gama, pasa a estudiar en las condiciones de un colegio, así sea un megacolegio, de los sectores populares? No sobrevive, porque ser pobre es una experiencia donde se desarrollan todo tipo de estrategias de supervivencia que, además, tienen una manifestación del estilo, de lo cultural: De ahí la importancia de la cultura champetera y todo su universo. El sistema educativo local sirve para mantener las cosas como están, para sostener el lugar social de cada sujeto en el espectro clasista y socioracial que nos habita. Por eso es que sigue siendo tan válido y tan sintomático el contraste abismal entre lo que vemos en la página de sociales y lo que vemos en la página de sucesos. Un contraste que todo el mundo asume como natural. Llega un momento en que la guerra social, al interior de la escuela, es una situación que se acomoda en la vida cotidiana. Somos cómplices frente al contraste entre ambas secciones; y más allá, pretendemos replicar su significado al negrear a uno más morenito que yo, a uno más pobre que yo, a uno de un estrato más bajo que el mío. En la guerra social, subyace el fascismo social y no un proyecto de sociedad digna y balanceada.
¿Estudiar para qué? En nuestro caso, para darnos cuenta de las cosas. Es por eso que resulta crucial que el cuerpo docente estudie el significado de lo común, con miras a comprender por qué hemos sido incapaces de construir el interés general.
¿Qué de nosotros trabaja en función del interés particular y su legitimación? Si los cubanos quisieran, hubieran derribado a los Castro desde hace rato. Hay que estudiar lo común, es allí donde se encuentran las pistas, las claves para explicar lo que pasa. ¿Por qué, en contraste, nosotros aceptamos que nos impongan tantas cosas tan absurdas? El peaje, el Transcaribe o la ausencia de infraestructura urbana o la ausencia de empleo de calidad…;tantas cosas. La vocación de puerto internacional, el turismo y el valor de la tierra está por encima de cualquier cosa que implique a la ciudad y sus habitantes ¿Por qué lo hemos permitido? Ahora, no pierdan el tiempo pensando en que si soy castrista o chavista. Eso es irrelevante.
Lo peor es que la capacidad crítica individual y colectiva se nos agota, frente a la resignación. Hoy, más que nunca, los docentes son más que necesarios. La escuela posibilita la voluntad de cambiar las cosas. ¡Vamos todos a estudiar!
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