Corrían los años setentas y ochentas del pasado siglo cuando por decreto de la Alcaldía el Centro Histórico de Cartagena debía ser uniformemente pintado de blanco para hacer honor a nuestra herencia ibérica, parecernos a los pueblos blancos de Andalucía y ser más auténticamente españoles. Era lo que se pensaba entonces que definía nuestra identidad de ciudad colonial. El manejo de la conservación y restauración de nuestros bienes de interés cultural, o monumentos, como entonces se le llamaba, tenía una fuerte influencia de la Academia de la Historia, había pocos arquitectos restauradores en la ciudad, y se pensaba que nuestra verdadera identidad cultural era más hispánica que caribe, por lo que las edificaciones debían acercarse a lo primero y alejarse de lo segundo. En consecuencia: más blanco menos color. En años anteriores se había expedido el Plan Regulador de la ciudad que dictaba normas para intervenir las casas coloniales, puntualizaba criterios formales para la conservación de los elementos arquitectónicos y fijaba el blanco como el color para pintura de fachadas. El Plan de Desarrollo de 1978 mantuvo esos criterios y complementó la normativa con los marrones y verdes oscuros como los colores reglamentarios para la carpintería de madera. Se desechaba de esa manera la herencia del manejo de una amplia paleta que se iniciaba en el blanco, pasaba por los amarillos, ocres, rojos, azules y verdes. La ciudad era multicolor y se pretendía hacerla blanca para darle mayor elegancia.
Cuando se restauró el Palacio de la Aduana para trasladar a él la sede de la Alcaldía, retirando pañetes antiguos y bajo capas de pintura blanca se ocultó la huella de amarillos y azules que había tenido por años. Algo similar se pretendió hacer un lustro después con la casa del Marqués de Valdehoyos, más fue inútil.
Las documentadas investigaciones de las calas estratigráficas en los muros fue el soporte para demostrar que en alguna ocasión, en muchas ocasiones, había sido pintada de amarillo ocre. El criterio fue irrefutable y de ese color se pintó contra el reclamo de muchos. Así también fue cuando, despuntando los ochentas, el arquitecto restaurador Rafael Tono Lemaitre tuvo la osadía de pintar de rojo quemado la renovada sede de la Cámara de Comercio.
El arquitecto Tono se mantuvo firme y el color triunfó. A partir de esa experiencia se dan otras intervenciones que, contradiciendo normas atenazantes, traen de nuevo los colores variados a las fachadas. La corriente multicolor se expresa con libertad hasta llegar a los noventas cuando se expide el nuevo reglamento del Centro Histórico y se adopta una paleta acorde con nuestras tradiciones cromáticas y sentir autóctono. Ya no queremos parecernos a España, pasamos a ser la Cartagena de siempre, sin uniformidad. Variada. En la que cada propietario se expresa con los colores de su agrado.
Si bien el Plan de Ordenamiento Territorial, 2001, establece una paleta controlada esto se acata poco y hoy el Centro muestra su estampa policromada que encanta a propios y foráneos. Con el color gritamos que Cartagena pertenece al Caribe.



