Mary Luz Alonso, la segunda esposa de Joe Arroyo, es barranquillera, nació el 28 de agosto de 1966, y vino a Cartagena con sus dos hijas Nayalibe y Eykol Arroyo Alonso, de 20 y 23 años, al homenaje que se le hizo a Joe en el III Festival de la Hamaca Grande. Más de setecientas personas se pusieron de pie y la aplaudieron cuando supieron que ellas estaban entre el auditorio. Fue una lluvia de aplausos que suscitó lágrimas en el público.
Me sorprendió su memoria al recordar que había estado en una ocasión en la casa donde actualmente vive, entrevistando a Joe Arroyo. ¿Aún está aquel vitral con la cara de Joe?- le pregunté. “Sí”, me dijo. “Tú te sentaste en el bar de la casa”.
Bueno, le digo, lo importante es conocer un poco en la propia voz de Mary Luz Alonso, su vivencia como esposa de Joe Arroyo a lo largo de veinte años, en el mejor período de su producción artística en la que ganó 18 Congos de Oro y dos Super Congos de Oro.
—Sé que no es fácil hablar de Joe estando usted en Cartagena, junto a sus dos hijas. Pero vamos a intentarlo.
— Las niñas están muy impactadas al llegar a Cartagena y se han puesto a llorar al salir con su tío Alfredo, el hermano de Joe.
—Bueno, hablaremos con ella en un momento discreto. Ahora que Joe se nos ha ido y queda su música y su espíritu, dígame, qué significó él para usted?
—Joe era un hombre muy humilde, no atesorada rencor, no envidiaba a nadie, se alegraba del triunfo de los demás. Fue muy desgarrada y triste esta separación después de veinte años juntos, hasta el punto que no podía cantar las canciones que nos recordaba nuestra unión, el que me dedicó Mi Mary y dos más, prácticamente se bloqueaba, se iba en lágrimas.
—¿Cuándo habló con Joe la última vez?
—Dos días antes de entrar a cuidados intensivos en la clínica Asunción. Alcanzamos a decirnos cuánto habíamos sufrido al separarnos y cómo ninguno de los dos había superado esta separación. Se le salieron las lágrimas. Me dijo que me amaba. Esto no me lo estoy inventando. Nuestra hija Tato grabó esas palabras.
—En estos siete años hizo algún intento por regresar?
—Claro que sí. Emocionado al final de los conciertos, decía “Me voy para la 38” que es donde yo vivo, pero algo le impedía hacerlo, se apagaba en lágrimas. En muchos ensayos no podía cantar Tal para cual, porque las lágrimas no lo dejaban cantar. Le había prometido a las niñas dos días antes de entrar a la clínica, que nos reencontraríamos pronto e iríamos a cenar. En el pre carnaval, nos fuimos las tres a ver a Joe y nos ubicamos cerca de la tarima. Las niñas estaban ansiosas e inquietas, “ojalá nos mire”, y lo miraban fijamente a ver si él las miraba, yo también. De pronto, él dijo que estaba muy contento por tener entre el público a sus dos hijas. Más adelante, hubo cierta mirada pícara hacia mí y dijo: También está mi esposa. Fue algo muy terrible porque allí estaba Jacquelin Ramón.
—¿No hubo ningún gesto entre las dos?
—A Dios gracias no. Pero fue una situación difícil porque su mirada se desplazaba hacia nosotros y hacia ella.
Además de lo que nos ha dicho de Joe, qué otra faceta de su vida descubrió de él en su convivencia?
—Era muy tímido, noble, fantasioso, dócil, a veces muy débil, se reconciliaba con la gente con la que había discutido. En nuestro último encuentro alcanzamos a perdonarnos mutuamente. Hubo mucha felicidad entre los dos y mucho dolor en la separación.
—¿Estaría usted dispuesta a perdonar a todos aquellos que le han hecho daño físico y emocional a usted y a toda la familia de Joe Arroyo?
—Sí, yo aprendí a perdonar a quienes no tuvieron un nivel espiritual para tratarnos. Los seres humanos no somos perfectos, nos equivocamos, no quiero juzgar a nadie y menos a esta señora de la que no quiero hablar y de la que pienso que no supo lo que tenía a su lado. Llevar un rencor es como tener un árbol seco dentro de uno. El perdón es lo único que nos permite crecer como seres humanos.
—¿Cómo sobrellevó la adicción a las drogas de Joe?
—Nunca le permití que consumiera drogas delante de sus hijas. Y lo aislaba dentro de la casa cuando estaba en ese conflicto y en esa adicción. Intentaba controlarlo. Tenía la compulsión de fumarse tres y cuatro tabacos de marihuana. Le impedía que lo hiciera y le trazaba límites. Y él lloraba después de drogarse.
—¿Cree que Joe murió tranquilo?
—Creo que murió intranquilo por sus hijos porque les había prometido muchas cosas, las niñas se quedaron esperando ese encuentro prometido. Pero le hemos pedido a Dios superar estas situaciones.
—¿Qué espera de la justicia con respecto a usted y sus hijas?
—Eso, precisamente justicia.
—Viendo la serie televisiva sobre Joe Arroyo descubro que invirtieron en la ficción las mujeres de la realidad. Usted aún no aparece.
—Bueno, dicen que es ficción pero aparecen nombres reales como Adela Martelo y Jacquelin Ramón. No se puede olvidar ni ignorar a nadie, esa es mi posición, siempre he sido así, reconocer es crecer. Yo, que fui su esposa durante 20 años aún no aparezco y estoy muy pendiente a ver si la ficción viene a ultrajarme con nombre propio...




