Estaba sin trabajo y un día vi en la sección de clasificados de El Universal que se necesitaban dealers para un casino de la ciudad.
Llegué, me hicieron varios exámenes y me enseñaron a jugar. Aprendí en tres meses a manejar la ruleta, black jack, punto y banca y póquer. Porque el que no aprende, se va.
¿Sabes? Siempre he dicho que los casinos y los clubs se parecen: siempre van los mismos. Bueno, aquí llega uno que otro personaje diferente, porque este es más turístico, pero lo normal es ver las mismas caras. Ya uno sabe qué toman, qué les molesta, qué juegan. Todo.
Ese señor que usted ve allá(señala) es super pesado. No acepta bebidas en recipientes de plástico. Ya uno sabe que cuando está jugando hay que traerle su Pepsi en un vaso de vidrio, y con hielo.
Ah, sin contar que viene gente con muchísimo dinero. Los clientes son los que en verdad tienen para gastar en juego. Porque, para mí, este es el hobby más costoso que una persona puede tener.
Me acuerdo una vez que llegó un cliente a las 3 de la mañana, cuando esto ya estaba solo. Y entonces cambió 500 mil pesos en fichas y se los puso al número 32 en la ruleta. Yo fui quien tiró el número. Ni yo lo creía cuando cayó. Imagínate que una sola ficha paga 35 mil pesos. Esa noche apenas llegó se ganó 10 millones 300 mil pesos.
Otra fue una señora morena, de gafas, en el texas hold'em (una versión del póquer) que nunca había venido por acá. No sabía ni jugar. Yo le expliqué que con 1000 pesos podía participar en los progresivos(premios). Esa vez había un progresivo de 77 millones de pesos. Cuando la señora está “jugando” le sale una escalera real. Ni ella sabía qué era eso. Con mil pesos se ganó 77 millones. Eso es tener suerte en la vida.
Pero hay otros, que son la mayoría, que no corren con igual suerte y pierden fortunas y es como si nada. Ni se alteran.
Aquí vino un extranjero que jugaba por volada (la ruleta dando vuelta un minuto). Ese señor cambiaba 4 millones por volada. No había pasado una hora cuando ya había perdido 40 millones de pesos. Y si usted lo viera: qué señor tan tranquilo.
Lo que más sorprende de mi trabajo es ver cómo a los clientes les cambia el temperamento en segundos. O sea, los ves fuera de la mesa y son los más decente del universo, pero una vez entran al juego es como si se transformaran.
Había uno que sólo jugaba black jack, pero todos los días perdía, de modo que le dije: 'señor, ¿por qué no aprende a jugar punta y banca? Yo lo enseño'. Mira, ese señor ganaba todos los días. Hasta que empezó a suceder lo contrario: comenzó a perder a diario. Cada vez que eso pasaba, me iba a buscar y me decía que era mi culpa todo lo que le estaba sucediendo. O sea, viene a echarme la culpa. ¿Usted cree?
Es que no le he contado. Muchos piensan que somos nosotras las que les traemos la sal y cuando pierden y pierden, le piden al supervisor que nos cambien de mesa.
Por eso tampoco permitimos que lleguen tomados a jugar. Y cuando vemos que los tragos ya los empiezan a coger, les suspendemos las bebidas. Nunca se sabe cómo va a reaccionar alguien que esté perdiendo dinero. Nos conviene que la persona tenga conciencia de lo que está haciendo. Es más, tenemos un letrerito (lo saca y me lo muestra) que dice: 'juegue con prudencia'. Siempre les recordamos eso. Hay un cliente italiano que se me burla en la cara, porque tiene mucha suerte y siempre gana. Apenas gana, se va a cobrar y no juega más. Cuando va saliendo me dice: 'soy prudente al jugar'.
A uno lo prepararan para enfrentar cualquier situación. Por ejemplo, cuando están haciendo trampa nos damos cuenta.
Jugando punta y banca llegó un grupo de clientes que marcaban las cartas con un tinte que se habían puesto en las manos. Es un juego muy delicado, porque es como apostarle al negro o al rojo, entonces tú tomas las decisión de qué hacer. Entonces esos señores las cartas altas, como los 9 y los 8 , las marcaban. De modo que cuando era así, subían la apuesta. Pero a nosotros nos enseñan los trucos para descubrirlos.
Cuando descubrimos el fraude, los mandamos a lavar las manos, pero al cliente que está en una mesa no se puede sacar. Ellos nunca hacen algo, son inocentes de todo y siempre tienen la razón. Este grupo, en especial, se sintió avergonzado. Pero nosotras actuamos como si nada hubiera pasado.
Ahora es más difícil que se presenten fraudes. Hay cámaras por todos lados y un personal que pasa todo el día frente a los monitores viendo que nada extraño ocurra.(En ese momento llaman al director de Mercado del casino a preguntar por la reportera gráfica y por mí al tener un comportamiento sospechoso).
¿Vio lo que le digo? Esto está lleno de cámaras. Una seguridad extrema.
Desde la forma cómo lucimos hasta como nos relacionamos con los clientes es importante. Siempre debemos tratarlos de usted, no importa si se trata de un joven que recién cumplió los 18 años o de un señor mayor.
Otra cosa: no podemos usar pantalones con bolsillos ni camisas que nos cubran las muñecas. Esto para evitar cualquier malentendido o supuesto fraude. Tampoco ser amigas de los clientes. Nada de quedarse hablando informalmente con ellos por fuera de la mesa de juego y, sobre todo, está prohibido recibir algo con las manos. Cada vez que nos tocamos el cabello o cogemos una ficha, debemos lavarnos las manos (Esta expresión que no tiene nada que ver con ir al baño a enjuagarse las manos, sino en moverlas frente al cliente para mayor transparencia en las jugadas).
Con decirle que aquí ni siquiera hay un reloj. No sabemos si es de de día o de noche. No nos damos cuenta ni cuando llueve. Mejor dicho: esto es otro mundo.
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TANIA FLÓREZ DECHAMPS





