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De admirar Mujer mecánica cartagenera revela los secretos de su historia

Quienes la ven se sorprenden al enterarse de que una mujer es quien polariza, destapiza, instala cámaras, luces y demás.

De admirar Mujer mecánica cartagenera revela los secretos de su historia
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Estephany Cabrera López jamás imaginó que se convertiría en la protagonista de una de nuestras páginas, pero esta es su historia de lucha y la razón por la cual, más allá de los prejuicios machistas, está aquí.

Ella tiene 30 años y vive con sus tres hijos en el sector La Arrocera, en Olaya Herrera.

Ahora llora porque, al preguntarle el cómo llegó a convertirse en mecánica, recuerda los caminos duros y maltrechos que le tocó atravesar para llegar a donde está. Trabaja en un taller cercano a El Universal, en el Pie del Cerro. Lea aquí: Conoce la historia de la Cenelia que menciona Carlos Vives en La fantástica

Con pena, Estephany mira sus manos y trata de esconderlas. Me dice que lo más difícil de este trabajo es no poder arreglarse o dejarse crecer las uñas porque en menos de un día se le dañan. “Ya me acostumbré. Al principio me daba rabia tener las manos siempre sucias, a veces me corto, pero ya eso dejó de importarme... yo digo que estas no son las manos de una mujer porque no se ven femeninas y siempre permanecen así”, dijo.

Y es que Estephany pasó de recibir un curso en la Fundación Juan Felipe Gómez Escobar cuando estaba embarazada de su primer hijo, a los 16 años, a dedicarse a vender galletas de limón que su abuela le enseñó a hacer. Ahora, desde hace un año, trabaja como auxiliar eléctrico y de polarizados en Tecno Racing. Comenzó como ayudante de su compañero sentimental, quien también trabaja en ese lugar. Por la pandemia estuvo en casa sin empleo, así que decidió acompañarlo y ayudarlo.

El jefe de su esposo, al verle tanto interés, le dio la oportunidad de comenzar a trabajar como su ayudante. A medida que iba aprendiendo, así mismo iba ganando algo de dinero y ahora es oficialmente una auxiliar.

Ahora gané ventaja: instalo una cámara perfectamente, las luces, las plumillas, los sensores, sé destapizar un carro, bajar las defensas, poner unas exploradoras... A diferencia de antes, que me daba miedo un carro... ni para prenderlo”, recordó Cabrera, y añadió que en febrero empezó a trabajar directamente con el almacén. Y no solo ha aprendido, más importante aún: ahora responde por su trabajo de forma independiente.

En cuanto a sus sueños y cómo se ve en un futuro, ella respondió: “A mí me gusta el trabajo. Hay mucha gente que llega aquí y se sorprende porque nunca había visto a una mujer que polarice, y eso me llena de motivación”, pero la verdad su mayor anhelo es ser odontóloga.

La mujer de 30 años se acostumbro a la oscura mancha que cubre sus manos a causa de su trabajo.

La otra Estephany

La joven mecánica compara su vida con una telenovela y no es para menos... nos la contó: terminó su bachillerato siendo madre adolescente, perteneció a la Fundación Juan Felipe Gómez Escobar a los 16 años y su rancho estaba en riesgo de colapsar. Le puede interesar: La curiosa historia de una costeña que, a sus 32 años, quiere aprender a nadar

“El papá de mi hijo y yo éramos jóvenes, él tenía 17 años y yo, 16. A mí me ha tocado luchar con mis tres hijos desde pequeños. Mi hijo mayor y el último son del mismo padre. Cuando terminé el bachillerato, se me presentó la oportunidad en la Fundación en el programa Madres egresadas, en el que llaman a las mamás después de tener a sus hijos para darles la oportunidad de estudiar. Yo estudié Técnico en Logística de Alimentos y Bebidas. Ejercí la profesión en diferentes áreas, trabajé en un hotel como camarera, en eventos como mesera, después de la carrera duré un año trabajando y de ahí para acá se me complicaron las cosas”, contó.

Estephany entró en un proceso de reasentamiento tras vivir en un rancho sin servicios públicos, en una invasión a orillas de la ciénaga de la Virgen, pues donde vivía pasaban unas redes de energía de alta tensión y se ubicaban unos postes grandísimos que ponían en riesgo la vida de los moradores, entonces lo que hicieron fue reubicarlos a través del programa en el que ella salió beneficiada.

“Tuve que retirarme del trabajo en el hotel para estar pendiente a las reuniones y lo que se requería para el traslado. Nos mandaron a buscar la casa y el Estado pagó todo. Salí a una calle mejor ubicada, digna, pero yo estaba sola con mis hijos”, recordó.

Después de recibir su casa, seguía desempleada, pese a haber metido muchas hojas de vida, entonces levantó su propio negocio vendiendo galletas de limón que le enseñó a hacer su abuela desde pequeña. Las vendía por paquetes y las dejaba en las tiendas.

Más adelante tuvo la oportunidad de estudiar en el Sena HSEQ, solo le faltó hacer las prácticas pero en ese momento decidió darse una segunda oportunidad con el padre de su hijo mayor y quedó embarazada. “Al niño lo planeamos, pero las cosas no salieron bien, fue un embarazo muy complicado y no pude hacer las prácticas, me separé de él”, reafirma.

La crisis la invadió por completo. Estephany tuvo que alquilar su casa y se mudó donde su abuela, tiempo después regresó al negocio de las galletas, esta vez las repartía en una bicicleta en Olaya Herrera, incluso tuvo una ruta que llegaba hasta el barrio Flor del Campo, pero sus planes se arruinaron con la pandemia. Se cayó el negocio de las galletas, los recursos que le quedaban los invirtió en alimentos, en ese tiempo se conoció con su actual pareja y entre los dos empezaron a ayudarse, incluyendo las ayudas brindadas por el Gobierno con Familias en Acción. Lea también: Él es Miguel Torres, el cartagenero detrás de ‘Encanto’, la película

Estephany siente un profundo orgullo de trabajar para mantener a sus tres hijos.

El mensaje de Estephany a quienes creen que no se puede salir adelante es el siguiente: “Tengan fe. Dios siempre está con uno. Poquito o mucho, a veces uno cree que está mal pero hay otra gente peor... Es duro, pero uno no puede rendirse, menos si tenemos hijos, ellos son mi motivación, a veces no les dedico el tiempo que merecen, pero todo lo que hago es por ellos. Yo les muestro mis manos y les digo: el trabajo que yo hago es digno, aparentemente no es de una mujer, pero lo hago porque ustedes me necesitan y eso no me da pena porque cuando cobro mi quincena tengo para suplir mis necesidades”, concluyó la mecánica.

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