Álvaro Vega Gamarra, recuerdos de alegría y dolor

08 de diciembre de 2019 12:00 AM

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Una anécdota: la del primer premio. Festival de Vallenato en Turbaco. Categoría infantil. Álvaro Vega Gamarra, nueve años. El acordeón empezó a sonar en sus pequeñas y prodigiosas manos, pero se detuvo abruptamente. El niño, víctima de un leve ataque de nervios, se paralizó ante un público expectante. Aquel lapsus no hizo mella en su intenciones. Hábil, comenzó nuevamente su presentación y sus notas se llevaron el primer puesto. Así como lo haría en adelante ese hijo de Cartagena que Luis Vega e Isaura Gamarra trajeron al mundo. El talento del niño lo pondría en los primeros lugares de festivales de vallenato infantiles y juveniles de toda Colombia, lo llevaría a codearse y a conocer a los mejores exponentes del género. En el Valle de Upar llegó a una final, ganó premios en Arjona, en Sincelejo, Villanueva, Turbana... y en muchos municipios y ciudades. Varios de esos trofeos, placas meritorias, reconocimientos, sinónimo de orgullo familiar, los veo ahora colgados en paredes y estantes de su casa, en el barrio La María de Cartagena. Don Luis, su papá, y Manuel, su tío, son dos talentosos y renombrados acordeoneros, así que Álvaro tenía a quien salir. En su sangre sonaba el acordeón. “Yo comencé a enseñarle y él aprendió rápido, a los tres meses ya tocaba el acordeón”, me explica don Luis. “Lo conocían muchos cantantes, incluso en uno de sus cumpleaños lo llamó el propio Zuleta a felicitarlo”, señala. Hoy, el recuerdo de esas alegrías se mezcla amargamente con el dolor porque Álvaro ya no los acompaña en este mundo, sus notas ya no suenan. Una mujer que decía amarlo confesó asesinarlo.

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-¿Cómo llegó Álvaro hasta Perú?, le pregunto por teléfono a doña Isaura. Ella responde que por su mismo talento, a través de sus contactos, al cartagenero lo invitaron a trabajar en El Templo Vallenato, discoteca del país vecino. Hizo muchos amigos y conoció al que parecía ser el amor de su vida, pero quien en realidad se convertiría en su verdugo, a través de una tormentosa relación con un desenlace fatal. Se enamoró de Nelly Cecilia Acosta Egusquiza, una médico de 40 años de una prestante familia peruana. La madre de Álvaro se enteraría después que se trataba de una relación tóxica.

Álvaro llegó a Lima, la capital, pero luego fue trasladado a la ciudad de Iquitos. Hasta allá llegaría Nelly para continuar su romance con el acordeonero cartagenero. Las primeras sospechas de que algo no andaba bien surgieron a través de las redes sociales. “Solo la conocí por teléfono. Por un mensaje que ella puso en su Facebook, yo me di cuenta de que no era una buena mujer, uno como madre siente esas cosas. Le dije a mi hijo que ella no era una buena mujer, pero ella lo alejó de nosotros. Cuando pasó lo que pasó, yo tenía cerca de un mes que no hablaba con mi hijo”, sostiene doña Isaura a través de una llamada desde esa ciudad, a donde viajó desde Cartagena para conocer de primera mano todo lo sucedido y donde empezó a descubrir otros detalles de la madrugada fatal del 28 de septiembre de 2019, cuando su hijo fue asesinado. “Ella -la presunta asesina- ahora está pidiendo casa por cárcel, argumentando que es madre de dos niños, pero esos niños no viven con ella, viven en España. Estamos esperando la decisión del juez”, argumenta Isaura. El propósito del viaje a Perú también es sentar un precedente, decir que su hijo era un hombre de bien, declarar eso ante la justicia y pedir a las autoridades peruanas que caiga todo el peso de la ley sobre quien lo asesinó en un aparente ataque de celos. “No ha sido fácil, pero gracias a Dios hemos encontrado en el camino con muchas personas que nos han ayudado”, dice. (Lea aquí: “Me dicen que ella después de acuchillarlo grabó cómo moría”)

En Cartagena

¿Cómo han sido estos últimos días?, ahora quien responde es Luis, el papá de Álvaro. “Yo estaba en Perú, viajé con mi esposa, pero tuve que regresarme para Cartagena (...) A veces duermo bastante, queriendo despertar pensando que todo fue un sueño, que nada de esto es verdad”, sostiene. Camina entre los pasillos de la casa en La María, va con el corazón destrozado. Espera que su hijo aparezca caminando por el viejo callejón, así sea en algún espejismo de su mente que desea verlo vivo. “Ya esta casa no es la misma, ya no está alegre, ya no hay música. Se siente un vacío”, dice y llora levemente. “Los pasajes son costosos, para nosotros fue difícil viajar. Pero ellos tienen mucho dinero (...) Usted sabe que el dinero compra corazones y lo que sea”, dice, refiriéndose a la familia de la acusada. “Estando allá nos enteramos de que al director de la Fiscalía le fueron a ofrecer 6 mil dólares para que borrara evidencias, no sabiendo ellos que él conocía a mi hijo y no se prestaría para eso”, sostiene.

¿La presunta homicida intentó alegar defensa propia?

“Ella ha dado varias versiones de lo que pasó. Primero salió gritando y dijo que Álvaro se había suicidado. Pero los peritos ya hicieron varios ejercicios y desvirtuaron eso. La hoja del cuchillo tiene 15 centímetros y ella le metió 20 centímetros, ósea que le metió hasta el mango del cuchillo (en el tórax). Una persona que se acuchilla a sí misma no le da para eso. El cuchillo lo encontraron a diez metros, escondido bajo unos zapatos y una persona que se acuchilla, no lo va a tirar y a esconder. Luego intentó decir que fue en defensa propia porque eso le habrán dicho los abogados para que saliera de esto”.

Aquellos detalles que van conociendo, dan cuenta de un supuesto comportamiento obsesivo. “Esa señora es mala. Nos enteramos de que a un compañero de ella también lo apuñaló en la espalda, pero no denunció porque tenía una niña con ella. Hablamos con otras parejas y hacía perfiles falsos para que alejar a la persona de sus familias y ella tener el dominio (...) También se determinó que ese día ella estaba como borracha y drogada. Mi hijo salió limpio en esos exámenes toxicológicos”.

El 28 de septiembre de 2019, Álvaro Vega Gamarra, a sus 29 años, dio el que sería el último concierto de su vida, en El Templo del Vallenato, la discoteca donde trabajaba, a cientos de kilómetros de su natal Cartagena. Esa madrugada, el ‘amor’ psicótico y obsesivo se manchó de sangre. Nelly Cecilia Acosta Egusquiza, su pareja sentimental, lo asesinó en una discusión por un aparente ataque de celos de ella, que había visto cómo varias mujeres se le acercaban al artista en la tarima. En una reciente decisión, un juez le negó a la acusada su pretensión de obtener casa por cárcel. La Sala Penal de Apelaciones de Loreto confirmó la orden judicial de prisión preventiva de 9 meses. El caso seguirá y, mientras tanto, estará tras las rejas.

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En la casa de la familia Vega Gamarra, don Luis me cuenta del talento innato de su hijo, de sus presentaciones. Que, siendo niño, a veces viajaban a los festivales solo con el dinero del hotel, porque tenían la seguridad que él ganaría el primer o segundo puesto y tendrían con que regresarse. Me muestra los trofeos. El primero... el segundo... el tercero... Ya desarmó el cuarto que solía ocupar Álvaro, quizá le causa dolor verlo. “Yo le pido perdón porque de pronto si yo hubiera tenido más cosas que darle quizás no se habría ido. Pero ajá, los jóvenes siempre quieren salir a conocer el mundo, lo enamoré de miles maneras para que no se fuera para ninguna parte. Queríamos algo más grande para él”, resalta. Se agarra la camisa, mira al patio vacío y me cuenta que ahora, hasta para ir al cementerio, se pone la ropa de su hijo, quizá para sentirlo cerca, vivo, de algún modo.

Epílogo

La familia de Álvaro Gamarra ya regresó a Cartagena, pero todos están al tanto del caso en Perú. Un renombrado abogado se ofreció defenderlos gratis, porque quería a Álvaro como a un hijo. Esperan que la justicia actúe.

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