Facetas


Cartagena, una ciudad de estatuas invisibles

Cartagena sale a buscarse en sus estatuas y se pierde muchas veces sin encontrarse. Es que la ciudad está llena de estatuas invisibles.

GUSTAVO TATIS GUERRA

25 de julio de 2021 08:00 AM

A Cartagena siempre le ha hecho falta una estatua que se parezca a sí misma. Imaginemos la cara que pondría la Nación cuando se propuso hacer por primera vez la estatua del general Simón Bolívar, el hombre más grande que ha parido América, una criatura bajita con la mente más brillante, quien soñó sobre sus hombros el destino de cinco naciones.

Luego de su muerte, los incrédulos crecerían como arroz partido: ¿Y qué se habrá creído este tipo?, dirían los murmuradores y difamadores, con los mismos ademanes repetidos en todos los tiempos, como cuando a alguien se le ocurrió erigir la estatua entre nosotros del más grande poeta que ha dado Cartagena en el siglo XX: Luis Carlos López, al que siguen llamando Tuerto López.

Se murió en octubre de 1950 y aún no tiene la estatua, solo un monumento a uno de sus versos y el nombre de una avenida que todos caminamos, pero pocos recuerdan. Si eso ocurrió con ese poeta, lo mismo diríamos del más grande músico sinfónico de la región y uno de los gigantes del país, Adolfo Mejía, a quien tardaron muchos años para hacerle una escultura pública y reconocerle su grandeza al bautizar su teatro mayor con su nombre. Hubo resistencia entre la ciudadanía cuando se propuso su nombre y la mayoría quería seguir llamando al teatro con el nombre de Heredia. Y no sabían con exactitud si era por el conquistador español Pedro de Heredia o por el poeta cubano José María Heredia, el poeta. Con los otros Pedros hubo resistencia en el tiempo: con Pedro Claver no tanto, porque el santo español se convirtió en el patrono de los cartageneros como la Virgen de la Candelaria, su patrona. Pero con Pedro Romero, el mulato herrero que lideró la sublevación de los artesanos de la ciudad con el nombre de Lanceros de Getsemaní (en aquel tiempo Jimaní), en la Independencia de Cartagena el 11 de noviembre de 1811, no solo tiene una estatua de su altura y majestuosidad, sino que solo se conserva un retrato borroso de su rostro y a lo largo de doscientos años hemos improvisado homenajes en su nombre, intentando reconstruir su rostro perdido de la memoria colectiva. Ha sido vergonzoso porque con Pedro Romero han posado otros personajes de la ciudad simulando ser él, para honrar su nombre y su obra. Existe en la Plaza de la Trinidad una escultura colectiva de Nora Quintana en la que entre los sublevados aparece un hombre con el brazo levantado dirigiendo las milicias populares.

Se cree que ese es Pedro Romero. Pero con los poetas y con los personajes que sacrificaron su vida por la ciudad, Cartagena ha sido mezquina. Ningún homenaje a poetas de grandeza reconocida como Jorge Artel, para citar un solo nombre. Evoco con extrañeza aquella noble y bien intencionada campaña de un animador de televisión, Alfonso Lizarazo, que, a falta de iniciativas públicas, por lo menos, a él se le ocurrió promover la campaña para que todos los colombianos donaran sus llaves en desuso para fundirlas en homenaje a personajes en cada región del país. Las llaves llegaban en toneladas esperando fundir rostros de personajes olvidados como Benkos Biohó, líder de los africanos esclavizados en Cartagena; Manuelita Saénz, Policarpa Salavarrieta, para citar dos mujeres célebres; pero también personajes colombianos contemporáneos o no, como José Barros, Lucho Bermúdez, Pacho Galán, Pablito Flórez, Juan Bautista Madera, Joe Arroyo, Pedro Laza, Orlando Fals Borda, Camilo Torres, Alejandro Obregón, Darío Morales, Enrique Grau, Clemente Manuel Zabala, Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo, Germán Espinosa, Manuel Zapata Olivella, Roberto Burgos Cantor y criaturas de orgullo regional como Estefanía Caicedo, Etelvina Maldonado y cantadoras que son leyendas vivientes como Petrona Martínez o Totó la momposina, entre otros. La lista es inmensa y podría rebautizar las estaciones de Transcaribe, para que los ciudadanos de todas las generaciones se sientan orgullosos de su propia gente. Pero no ha sido así. Hemos apostado a parecernos a alguien diferente a nosotros mismos. Dudamos si esos personajes son merecedores de una estatua, del bautizo de una plaza, calle, auditorio, o si valdría la pena fundirles una estatua en bronce.

Ese desprecio por nosotros mismos es uno de los gérmenes naturales de nuestra violencia. Y, tal vez, de nuestra histórica infelicidad como colombianos. Siempre tenemos un malestar profundo y es que no terminamos de sentirnos africanos, indígenas o mestizos, sino exclusivamente europeos. Siendo niño escuché a un viejo acomplejado de sus ancestros que le decía a su hija que buscara un pretendiente que no fuera indio o negro, porque en la familia había muchos, y que buscara un blanco para que mejorara su raza. Ese desprecio de nuestros orígenes es una de las aberraciones colombianas, una tara que heredamos como frágil sociedad contagiada de discriminaciones, arribismos y clasismos.

Volviendo a las estatuas, recuerdo una fantástica ocurrencia del poeta Félix Turbay en aquellos días de octubre de 1992 en que se celebraban cinco siglos de la llegada del almirante Colón a América, y reparando la estatua en la plaza, proponía que el almirante fuera trasladado de su lugar en el corazón de la ciudad, hacia una plataforma en el mar, para que el almirante se viera a sí mismo, en la soledad del océano, con el rostro hacia el horizonte, buscando el continente que no alcanzó a descubrir. Otro amigo con imaginación desaforada sugería en el alborozo del Premio Nobel de Literatura a García Márquez, en 1982, que se moviera la estatua de Pedro de Heredia a otro ámbito de memorias de la ciudad, al Museo de las Estatuas, y se reemplazara por Remedios la Bella elevándose en el cielo cartagenero, con las sábanas en el infinito.

Hace poco volví a recordar la sugerencia de los amigos en medio de las marchas del paro nacional y el derribamiento de estatuas en muchos lugares del país. Un historiador me dijo que no compartía el acto violento de derribar un trozo de la historia de la región y el país. Pero respetaba las propuestas pacíficas que sugerían renovar la estatuaria en las ciudades, trasladar algunas de ellas por consenso ciudadano y público, a otro ámbito de la ciudad o desterrarlas al Museo de las Estatuas.

Sorpresas del arte público

En Cartagena hemos tenido esperpentos de estatuas y esperpentos de diseños en el ámbito urbano. Cuando se hizo el Centro de Convenciones de Cartagena, recuerdo que García Márquez calificó de esperpéntica aquella obra cuadrada que parecía un enorme cajón en la Bahía de las Ánimas. El escritor tenía nostalgias del inmenso mercado de mesas largas donde toda la ciudad comía todo el día hasta el amanecer bajo las estrellas, en el mismo ámbito donde se erigió el Centro de Convenciones. En ese mismo escenario, el escritor fue coronado en 2007 por el mundo en sus ochenta años, en una fiesta apoteósica con presidentes y reyes, para celebrar los cincuenta años de la aparición de su novela Cien años de soledad y para festejar la edición conmemorativa de un millón de ejemplares.

En eso de gustos estéticos siempre habrá acuerdos y desacuerdos. El Monumento a los Zapatos Viejos, fue declarado por los cubanos, en la revista Bohemia, como una de las mejores obras de arte público. La Gorda Gertrudis, de Fernando Botero, bautizada por los mismos cartageneros, es parte ya de la historia colectiva, cotidiana y emocional de los cartageneros y de algunos supersticiosos que creen que tocarle los pies al monumento da buena suerte. De tanto sobarle los pies le han cambiado el color.

Al único que disgustó la obra fue al párroco de aquellos años en que se erigió la escultura, porque no concebía que las nalgas de Gertrudis fueran a dar con las puertas de la iglesia de Santo Domingo.

El escultor cartagenero Edgardo Carmona hizo Territorios, una escultura singular de un perro orinando debajo de un farol cerca de un tipo que orina al mismo tiempo. Aquella escultura fue adquirida en 2008 en la ciudad alemana de Hohenstein-Ernstthal, y entre los alemanes generó una enorme polémica porque no es común en Alemania que alguien orine en la calle como sigue ocurriendo en Cartagena de Indias, un pésimo hábito canino. Al alcalde alemán que se enamoró de la escultura se le vino el mundo encima cuando inauguró aquella pieza frente a la sede de la alcaldía en octubre de 2008. Algunos ciudadanos alemanes dijeron que era un atentado a las buenas costumbres. Aún sigue allí y es una de las más curiosas y visitadas de la ciudad.

Epílogo

Hay estatuas y monumentos tan vivos como el Nole Me Tangere o el general Bolívar en su caballo en el parque que perpetúa su nombre. A veces uno siente que el general se va a bajar del caballo, y va a preguntar qué ha pasado después de doscientos años de Independencia. El destino de una estatua no puede ser solo la cagada de los pájaros al atardecer. Ellas siguen interpelando con su silencio de bronce los susurros de nuestro tiempo. La indígena que está arrodillada ante el almirante se cansó de estar arrodillada y se puso de pie y se convirtió en la India Catalina, y también al ponerse de pie encarnó a todas las mujeres indígenas de nuestro tiempo que se cansaron de estar arrodilladas. Cartagena sale a buscarse en sus estatuas y se pierde muchas veces sin encontrarse. Es que la ciudad está llena de estatuas invisibles.

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