Facetas


Crónica de un abrazo inesperado

Cuando eres periodista judicial, vives con una o muchas incertidumbres durante el día: cualquier cosa puede pasar a cualquier hora. Pero eso es lo que eres y debes ir desatando ese nudo de incertidumbres.

CRISTIAN AGÁMEZ PÁJARO

28 de febrero de 2021 08:12 AM

Era de media mañana. Poco más de las diez, creo yo. Era un día judicial cualquiera. A la morgue de Medicina Legal había arribado horas antes el cadáver de un joven.

En un papel, la información escueta que le entregan o le entregaban a la prensa en ese lugar estaba la causa del deceso, lugar, edad y sitio de residencia. Vivía en el corregimiento de Pasacaballos. Y, buscando más datos sobre aquella noticia que enlutaba tristemente a una familia, partimos hacia allá.

Cuando eres periodista judicial, de crónica roja, de sucesos, o como bien lo quieran llamar, hay que tener sensibilidad pero también fortaleza de acero, hay que guardarse los sentimientos quizá en una coraza gigante para evitar que tu mente sea perturbada lo menos posible por el dolor, por la rudeza, lo inverosímil, a lo mejor las amenazas y hasta la sangre de la que puedas ser testigo todos los días.

Cuando eres periodista judicial, vives con una o muchas incertidumbres durante el día. Porque cualquier cosa puede pasar a cualquier hora. Pero eso es lo que eres y debes ir desatando ese nudo de incertidumbres y, en cambio, tejer una historia o varias historias, intentando ser lo más humano posible.

No recuerdo bien en qué iba pensando camino a aquella casa de bloques ocres desnudos, a medio repellar, en una calle rellena de escombros, como muchas otras de la Cartagena maltrecha. Algunos de mis colegas, a todos nos ha unido la fuente judicial, coincidirán conmigo en que buena parte de los protagonistas de las historias que plasman, que tuvieron en el infortunio de irse de este mundo de alguna manera violenta o de ser víctima de la violencia, tenían como común denominador vivir quizá en la vivienda más desvencijada, de la última calle, del sector más lejano, del barrio más pobre, a donde el Estado llega cansado.

También coincidirán conmigo mis colegas judiciales en otra cosa. No hay nada más descarnado, complejo y difícil que llegar a interrumpir un duelo apenas naciente: interrumpirlo para hacer preguntas sobre algo que a lo mejor los dolientes aún no asimilan bien, no creen que esté pasando, no creen que sea verdad. Pero, definitivamente, lo es. Podían suceder entonces dos cosas. Una, que te echasen, a veces decentemente o otras como a un perro, con un portazo en la cara o con un simple, sonoro y falso grito de: “¡No hay nadie!”. Y la otra cosa, que bien te recibieran, charlaran contigo y hasta te brindaran un café.

En la sala de aquella casa, como en muchas otras viviendas pobres que pasan por la misma pérdida de uno de sus ocupantes, había una sábana blanca tendida en el fondo, a modo de altar, cuatro velas encendidas alumbraban una imagen que, sin mal no recuerdo, era de Nuestra Señora del Carmen.

Había sillas vacías en la sala, dispuestas para quienes llegaran a dar el pésame o rezar las nueve noches por el descanso del alma del difunto, un muchacho que encontró la muerte cuando apenas comenzaba a vivir. ¿Cuántos años tenía?, ¿20?¿25?¿30??, no importa mucho, al fin y al cabo joven.

No había muebles ni comedor. Recuerdo también los colores azul, blanco y rojo de las sillas, un olor a café tinto recién hecho y uno que otro curioso asomándose porque la prensa había llegado.

Y ahí estaba ella. En medio de una sala vacía, pero llena de pesares. Nos recibió su mirada apesadumbrada como diciéndonos: “No lo creo, es verdad que está pansando esto”.

No faltó que siquiera lo pronunciara. Bastó que nos mirara para comprenderlo. La madre del joven a quien un infortunio del destino había puesto en otro plano del universo, en aquel en que vive en los recuerdos, tenía el rostro marcado por el peso de los años y, además, por una tristeza profunda.

No es para menos, su hijo, un cocinero de tan solo de 33 años, había sido atacado a golpes. La madrugada del aquel primero de enero de aquel 2015, el muchacho regresaba a la casa tras pasar la noche del 31 trabajando.

Iba a dar el feliz año a su novia, pero en el camino se encontró con una fatalidad encarnada en los cuerpos de hombres desalmados que lo agredieron, en la misma moto que usaba para repartir los domicilios de ese mismo restaurante donde era también cocinero.

Lo golpearon en la cabeza y en el cuerpo, le arrebataron la moto, la cartera con su dinero y, también, su vida. Unos amigos hallaron a aquel muchacho tendido sobre la vía y él alcanzó a contarles lo que había pasado, antes de que lo llevaran a una clínica donde sufrió muerte cerebral y falleció horas después.

En su casa, ya con la trágica noticia encima, su madre solo me invitó a pasar, nunca nadie me había pedido lo que ella: me dijo que la abrazara. De los momentos que recuerdo de todos los años que llevo como periodista siempre viene a mi mente este abrazo. No era para nada común que un familiar de un fallecido te pidiera un abrazo, le pidiera un abrazo al periodista.

En ese momento, no dudé en hacerlo. Ella me abrazó y lloró, no un llanto desgarrado, solo lloró. Sinceramente, no supe bien qué decir, solo la abracé y dejé que llorara. Fue un abrazo sincero, tranquilo. Pensé que quizá nadie la había abrazado. Que no se había desahogado.

Después, ya con un poco más de aliento y tranquila, me invitó a sentarme junto a ella y charló conmigo como si me conociera de toda la vida... Empezó a contarme sobre los años con su hijo. Sobre sus alegrías junto a él. Sobre su partida, inesperada e injusta.

“Lo dejaron limpio, sin nada, se llevaron la billetera, el celular y todo lo que tenía. En la clínica tuve que presentar mi cédula para identificarlo porque no tenía papales. Ojalá hubiesen dejado la foto que tenía en la cartera para siquiera poder verlo en fotos. Me quitaron a mi hijo”, me contaría luego compungida.

“¡Ay, Dios mío!, te fuiste mi mijo, me dejaste”, se lamentaba.

No puedo olvidar el rostro de esa señora, tampoco a su dolor y a su abrazo.

Este recuerdo me ha hecho pensar por estos días que siempre los periodistas somos más que periodistas, todos los días podemos encontrarnos con una historia increíble o muy dura que puede sobrepasar los límites de lo que vivimos en nuestras propias vidas. También que muchas veces dejamos a un lado nuestras propias vidas por nuestro oficio, que lo hacemos con el mayor de los gustos y que siempre, siempre, estamos dispuestos a servir.

Que siempre, por muy duro, descarnado, que sea o que parezca, debemos llegar con fuerza a todos aquellos lugares donde la justicia y el Estado llegan vencidos por la indolencia y el olvido. Porque quizá nos encontremos al alguien que simplemente necesita un abrazo.