Facetas


De Palenque a Bocagrande, las frutas de Manuelita

Todos la conocen como Manuelita, pero quizá pocos saben la historia tras esta querida vendedora de frutas.

La imponente figura de Manuelita ya es un elemento fijo de la escenografía de Bocagrande. De sol a sol, se le puede apreciar en la esquina de la Olímpica acomodada en una silla plástica entre pilas de mangos, papayas y corozos.

Desde su trono frutal evoca comparaciones garciamarquianas de la Mamá Grande. Es toda una señora, una perfecta matrona. A su diestra, los aguacates, los mamones en frente y los zapotes descansan sobre el suelo. Lea también: Cualquier vendedor ambulante se la ‘guerrea’

Su nombre real es Estebana Cassiani Salinas pero fue apodada Manuelita por una clienta hace décadas. Tiene 64 años y 38 de ellos los ha pasado vendiendo frutas a la salida de la Olímpica de la Base Naval.

Salió de su natal San Basilio de Palenque a los 9 años rumbo a Cartagena. Se crió en la Loma del Rosario, en un costado del Cerro de La Popa. Ahí aprendió el valor del trabajo llevando agua para rebuscarse junto con su hermana. Luego, cuando según ella “ya estaba menos pelaita”, empezó su larga travesía como vendedora de frutas.

Al igual que las pintorescas (y propagandísticas) “palenqueras” del centro, Manuelita vendía frutas caminando con una ponchera en la cabeza. Pero entre el dolor de cuello y su éxito con la clientela de Bocagrande, puso fin a su labor nómada y decidió establecerse sobre su popular esquina.

Desde que llegó ahí en 1983 ha podido observar y reflexionar acerca de los andares de los cartageneros. Frente a sus ojos habrán desfilado centenares de miles, si es que no son millones, de personas y habrá comerciado con un número similar.

“Desde aquí los he visto pasar a todos”, dice con un ademán matriarcal.

Es que Manuelita es una constante de Cartagena. Parece una figura fija, una estatua humana que contrasta con el movimiento de la ciudad y el paso del tiempo.

Actualmente, ya con gafas, y con un cojín en la silla, la consume la nostalgia de esa Cartagena que se fue. Añora la tranquilidad de esta ciudad cuando los edificios y los centros comerciales eran menos. Cuando las casas eran más comunes y los vecinos eran más allegados.

Ya este tiempo no es como el de antes’’, asegura con sabia certeza metafísica.

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Nombra varios clientes ya desaparecidos cuyos apellidos figuran en los anales de la historia de Cartagena: “Piñeres”, “Lemaitre”, “Segrera”.

A muchos de sus clientes los conocía por nombre y se le aguan los ojos al hacer memoria. Afirma haber conocido no solo a sus clientes sino también a los hijos de estos, quienes luego fueron sus clientes. Nombra a un tal “Dr. Villalba” y a una tal “Doña Marujita” como viejos clientes que le legaron a sus hijos y nietos comprarle a Manuelita.

Pero, como dijo Héctor Lavoe, todo tiene su final, y esa bonanza tampoco duró para siempre.

Es que entre generación y generación, además de la llegada de grandes hoteles y centros comerciales, han ido desapareciendo casas de familias y clientes.

“Antes ya había vendido todo para las 2 de la tarde, ahora hay veces que me dan las 9 de la noche y sigo aquí”, lamenta.

Explica con tristeza que este disociación de los vecinos se ha incrementado durante la pandemia.

“Con esta pandemia que llegó la gente se ha guardado”, sentencia enfáticamente. La pandemia le dio duro, como a todos. En especial de manera económica. No podía sentarse a vender en su esquina durante el confinamiento. Igual nadie iba a salir a comprarle.

Sobrevivió con clientes que le compraban directamente en su casa de Canapote y con el apoyo de sus seis hijos. Pero ahora que está de vuelta las ventas no se han recuperado. Asegura que antes de la pandemia ganaba entre 120 mil y 150 mil y a veces hasta 200 mil al día “siempre más de cien”. Ahora solo recoge unos 70 mil u 80 mil y, en un buen día, 100 mil.

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Aun así, esto no la desalienta. Ella no es de las que se rinden fácilmente. Cabe recordar que es de una estirpe perseverante, de cimarrones. La gente más resistente que vio América.

Por eso continúa saliendo temprano a trabajar todos los días. Primero a abastecerse en Bazurto y luego a vender sus víveres en la lucha diaria del comercio informal.

En las artes mercantiles es sagaz. Sigue llevando las cuentas y el inventario en su cabeza. Da la impresión de una aguda capacidad mental.

Su charla también es fluida. Mueve las manos suavemente al hablar y es dicharachera. Su marcado acento palenquero marca el ritmo de la conversación armoniosamente. Su amabilidad no se perturba, incluso cuando recibe un grito desde la ventana de un carro de algún cliente afanado para no demorar el tráfico.

Y es que ella es tranquila, la vida le ha enseñado que la paciencia todo lo alcanza. Su presencia denota una vanidad juvenil. Como de una mujer que se arregla con paciencia cada día. Siempre lleva aretes y collar, uñas arregladas y falda monocromática que combina con el turbante. Debajo del tapabocas se percibe la sonrisa de una mujer tan dulce como las frutas que despacha.

Así, esmeradamente ataviada y rodeada por sus manjares tropicales, es una imagen que parece sacada de un escudo de armas. Solo le hacen falta las cornucopias y algún animal majestuoso.

Y es que ella es todo un personaje. Si esta fuera una de las grandes capitales del mundo se le haría una placa de conmemoración y los políticos en campaña se tomarían fotos con ella. Pero no, por ahora seguirá sentada a la sombra de un árbol. Como a ella le gusta.

Porque su alma es humilde y ella está contenta con su vida. Solo pide salud y buena fortuna a Dios para poder mantenerse y disfrutar de un merecido reposo.

A los cartageneros les pide solo cordialidad en el trato y entre risas les recomienda comer más fruta. Lea también: “Cuando uno deja de soñar, está muerto”: historia de un vendedor ambulante

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