Ahora el callejón está lleno de colores. Hay palenqueras diminutas, barcos a escala, africanas estilizadas, balcones coloniales y peces de madera. Esos mismos peces son minuciosamente tallados por Orlando Gil, un piloto de lanchas oriundo de la Isla de Barú, que también es artesano.
Él, a punta de machete, corta ramas de los árboles del patio de su casa para elaborar réplicas de especies marinas, mariamulatas y palomas. Él da forma a la madera, su esposa lija, pinta y vende cada pieza. En el mismo callejón, muy cerca, sobresalen los elefantes de Esteban Oved, es cerámica decorada al estilo de la India.
“Estuvieron guardados en cajas un buen tiempo, mientras encontrábamos dónde venderlos”, me comenta. Él y su esposa también se dedican a crear piezas de arte de la nada, darles forma y llenarlas de vida con colores.
Veo vestidos de bebé, sombreros, bolsos, dominós, a una australiana de cabellos rubios probándose unas sandalias ‘trespuntá’ y dos bogotanos que se amarran el uno al otro manillas tricolor. Ahora, este mismo callejón vive una dinámica muy diferente a la de hace mes y medio, cuando en sus pisos no había nada más que putrefacción, y la hediondez propia del olvido.
De los zapateros...
Antes, solía llamarse el ‘Callejón de los Zapateros’ y hay quienes todavía recuerdan con ese nombre a esta pequeña callejuela de la Matuna, cercana al edificio de locales comerciales Centro Uno y que se conecta con la Plazoleta Joe Arroyo. Por muchos años, aquí podía acudir todo aquel que necesitara arreglar sus zapatos, coserlos, lustrarlos o pintarlos.
Fue así hasta el año 2008, cuando el ‘Callejón de los Zapateros’, dejó de serlo y recobró su lugar como espacio público del Centro Histórico de Cartagena. Cuatro de los 33 zapateros que ahí atendían, aceptaron ser reubicados en otros lugares, mientras que a los demás los indemnizaron para que emprendieran otros negocios.
“Llega el momento en que uno quiere vivir otras experiencias. Estar 21 años en lo mismo ya es agotador”, dijo aquella vez Alberto Sánchez, uno de los zapateros que se marchó.
“Espacio público recuperado”, se leía en las paredes del callejón, en unos rudimentarios avisos en rojo, pintados a brochazos. En las mismas paredes también podía verse un anuncio de ‘Los Mellos’, donde le avisaban a sus clientes que se trasladaban frente al hotel Montecarlo y el aviso del zapatero Ramos con su número de celular para ser contactado.
Tiempo después, en 2011, las paredes fueron pintadas con coloridos murales, por artistas cartageneros participantes en el desaparecido Festival Mucho Más Mayo. El callejón quedó más libre para transeúntes, pero, irónicamente, con el tiempo mucha gente evitaba transitarlo, tal vez intentando esquivar su maremágnum de olores desagradables.
Los artesanos
Ahora, en ese mismo callejón, veo a Piedad Pérez Porto, mientras se acomoda los lentes, ensarta una aguja para darle unos toques finales una mochila que confecciona. Ella tiene cerca de 40 años cosiendo, tejiendo, armando bolsos, collares, aretes y pulseras. Aprendió a hacerlo de su mamá, que era modista, y hace más de 35 años Piedad se vinculó a la organización de la Feria Artesanal de Caribe, tal vez el evento en su tipo más antiguo de Cartagena.
La feria ha pasado por varios escenarios, como también muchos artistas presentaron sus shows en su tarima. “Diomedes Díaz y Patricia Teherán alcanzaron a cantar ahí, también el mismo Silvestre Dangond, cuando estaba empezando, y muchos otros. Además, en cada feria recibimos a artesanos de otras regiones del país”, recuerda Piedad. Pero, ¿y qué hacen los artesanos el resto del año, cuando no hay feria?
Piedad responde: “Casi todos los artesanos de la ciudad padecemos de lo mismo, muchas somos madres cabezas de hogar. Tener un local aquí, en Cartagena, es muy costoso, y aquí no existe una plaza del artesano. Hemos hecho ferias para vender nuestros productos o buscamos espacios como este, donde nos otorgan permisos temporales”. En resumen, muchos de ellos deben estar del tingo al tango, viendo dónde trabajar.
“Este callejón era una letrina pública, lleno de gamines y olores desagradables, un callejón supremamente abandonado hace diez años y le presentamos a la Secretaría del Interior y a Espacio Público una propuesta. Yo presenté el plano de cómo quedarían los puestos de artesanos y nos dieron un permiso temporal para estar aquí, por dos meses, pero puede ser renovable”, asegura, mientras atiende a una cliente interesada en una mochila.
Nueva cara
Piedad me cuenta que son 24 puestos, que los instalaron hace mes y medio en el que solía llamarse ‘Callejón de los Zapateros’, que necesitaron varios litros de cloro y kilos de cal para disipar el olor a orines de esa calle. Me cuentan que esperan que el permiso se renueve, que están contentos porque mucha gente los felicita. Me cuenta sobre aquella vez que quiso arrendar un local para tener su propio espacio en el Centro y falló en el intento. “Nos estaban cobrando un poco de millones de pesos, nos reunimos entre varias artesanas, pero no nos alcanzaba”, dice.
“Esta solicitud se nos ocurrió hacerla por la necesidad de trabajar, primero habíamos intentado hacerlo en el Parque del Centenario, pero no lo permitieron. Luego, se nos ocurrió pedir el permiso para aquí y aceptaron. El público pasa y nos felicita por haber recuperado este espacio, nos dice la gente que ha sido una gran propuesta, porque esto le ha dado otro ambiente a esta parte de la ciudad. Quisimos rescatar este callejón, en vista de que estaba bien abandonado y sucio. La gente está sorprendida de cómo cambió y los turistas se toman fotos”, añade.
“Ojalá estemos mucho tiempo aquí, porque no teníamos dónde exhibir nuestras artesanías, aunque aquí no estamos todos porque somos alrededor de 50. Además, te cuento que, si es necesario, nosotros estamos dispuestos a pagar a Espacio Público por utilizar este lugar, queremos que este se llame el Corredor Artesanal de Cartagena”.
Ahora, con los artesanos, el callejón vive una dinámica diferente a la de hace mes y medio, más llamativa, movida y positiva, contraria a la repulsión que podía llegar a causar atravesarlo de extremo a extremo. Ellos cambiaron el hedor por los colores. La repulsión por arte.


