Facetas


Historias de criaturas desmesuradas del Caribe colombiano

Cuando al leer las primeras novelas de ficción me dijeron que aquello era realismo mágico, supe que la vida competía con la más alta de las ficciones y la rebasaba con sorpresas.

GUSTAVO TATIS GUERRA

07 de agosto de 2022 12:00 AM

Era yo un niño cuando escuché la historia del hombre más viejo del mundo, el señor Javier Pereira, un indígena zenú nacido en Tuchín que vivió 168 años. Se alimentaba de bocachicos del río Sinú, bebía leche al pie de la vaca, bebía café, fumaba con la candela dentro de la boca, y murió plácidamente luego de regresar de su primer viaje en avión a EE. UU. Los huesos se le desmoronaron como fichas de dominó y murió con los ojos de un color ámbar de tanto ser negros y el cuero de lija mojada, como piel del acordeón. Fue enterrado en el cementerio de Montería. Lea aquí: Crónica del hombre más viejo del mundo

Santander Suárez, el periodista que descubrió al hombre más viejo del mundo, supo después que aquel hallazgo demencial competía con la más grande de las ficciones literarias, y se creyó autor y dueño de un personaje que aún respiraba y le picaba el ojo a las muchachas con la extraña lujuria de un gallo que había vivido más de tres vidas.

Hoy la historia de Javier Pereira ha sido olvidada de la memoria de los habitantes del Sinú y de sus mismos coterráneos, aún creen que es una de las desmesuras con las que los sinuanos sorprenden al amanecer a los viajeros que vienen del otro lado del mundo al corazón de la ciénaga, pero la desmesura de Javier Pereira es tan cierta como la historia mítica del El Boche que sobrevivió a los disparos y a los machetazos porque tenía niños en cruz dispersos en el mapa de su cuerpo.

... Y se creyó autor y dueño de un personaje que aún respiraba y le picaba el ojo a las muchachas con la extraña lujuria de un gallo que había vivido más de tres vidas.

Cuando al leer las primeras novelas de ficción me dijeron que aquello era realismo mágico, supe que la realidad competía con la más alta de las ficciones y rebasaba con sorpresas y maravillas inéditas esa precaria cotidianidad que, a falta de nombre, bautizamos realidad, a secas. Mamá me hablaba de una niña en Sincé que blasfemaba bajo los relámpagos y siempre decía: “Ojalá me trague la tierra”, y entonces un rayo abrió la tierra de su casa y la niña quedó atrapada para siempre en esa tierra, sin que pudieran sacarla, pese a la peregrinación de todo el pueblo y el clamor que gritaba Dios y ayuda, viendo aquella criatura que había quedado aprisionada en esa tierra dura y apocalíptica, y donde sus padres la vieron morir como una planta triste y cansada con los brazos raquíticos al cielo.

Cada vez que puedo regreso al sigiloso corazón del resguardo de la tribu sinuana a enterarme de qué ha pasado con el destino de todos nosotros.

Y descubro más señales apabullantes de la desmesura humana que sobrepasa los límites de la cordura. Hace poco regresé a Tuchín a entender con mayor precisión cómo se hacen los sombreros vueltiaos, esa biblia trenzada con que los zenúes guardan sus memorias presentes y ancestrales. Y me tropecé con un viejo artesano que en lo alto de la séptima cerveza me dijo que conocía la intimidad de la tribu y la intimidad de las innumerables mujeres sinuanas que habían entrado al misterioso bohío de palma amarga al que solo se entra agachado porque está a ras de tierra, y me confesó que enumera cada encuentro con sus mujeres incontables. Las paredes del bohío se quedaron pequeñas porque el número sobrepasó las setecientas mujeres. Y cuando me reveló el número le increpé que era un legítimo hablador de mierda y un patriarca perverso que devora hasta el ala de los ángeles. Pero el tipo me miró con sus pequeños y vivaces ojos de botones de color marrón y se le pararon los pelos de alambre, pelos de indígena, y me permitió entrar al bohío para comprobar con mis propios ojos el alfabeto lujurioso que había sido su vida en cerca de setenta años. Pensé luego que hay vidas desmesuradas, absurdas, en el límite de la locura, como quien colecciona yesqueras, pelos íntimos o toallas robadas de hotel de paso. Pero existen esas vidas, no es ficción. Como el que colecciona monedas de oro. La vida me ha llevado a conocer esas otras existencias desmesuradas, más allá de la cordura. El final de la historia fue sencillo. Solo nos sentamos a conversar a la luz de las cervezas y los vallenatos del atardecer sobre las vueltas que da el sombrero y sobre la singularidad de las mujeres sinuanas. En lo más profundo de la oscuridad de la mirada de aquel Florentino sinuano, adiviné la más intensa y devastadora soledad del patriarca fornicador, con casi mil mujeres tocadas, pero a la postre, en la más honda soledad del resguardo. Me acordé de una frase que alguien pronunció una noche en Cartagena: “Se ufana el tipo de tener tres o mil mujeres, pero es al revés, son tres o mil mujeres las que tienen a ese pobre tipo”.

Siendo casi un niño conocí al personaje que inspiró al Florentino de la novela. Y él mismo me invitó a su casa de campo muy cerca de Cartagena, en Santa Rosa, que se llamaba Trinidad. Conservo la foto de ese encuentro. Soy un muchachito flacuchento de abarcas tres puntadas y pantalones de tela cruda y ajustada, la vieja tela terlenka de comienzos de los años ochenta del siglo veinte. Y el señor que me está leyendo una novela inconclusa de amor es un encantador de serpientes, pésimo violinista de pocas canciones, homeópata, telegrafista de aldeas, y agiotista, que dentro de la casa tiene una cama dispuesta para sus amores efímeros de cazador insaciable. Él, como el indígena zenú, ha deseado enumerar los amores casuales y buscados en la errancia por el Caribe, pero la vida lo llevará a la certidumbre de que siempre la soledad lo embestirá por todos los costados y en el centro de su corazón. Y será su hijo quien escriba la novela de sus amores.

La desmesura ha sido una constante en esta aventura sin orillas impredecibles que ha sido llegar sin prisas a esta edad de nuestra vida. Me detengo en los quicios de las puertas a escuchar a la gente que parece contar historias simples y deslumbrantes, pero siempre tengo la convicción de que cada cual guarda una sorpresa o un secreto de oro por revelar. Me faltó conocer la historia de Manuel Tatis, mi abuelo paterno que murió el año en que yo nací, era tallador de santos, y fue celador de la casa de Rafael Núñez. Alguna vez, moviendo cajones, encontró unas cartas manuscritas de Núñez y se las entregó al padre Camilo S. Delgado. También quise saber más de aquella bisabuela materna que doblaba tabacos y tenía su propio ataúd en su sala. Y un poco más de Ricardo Ulises Guerra, el abuelo, que recorría la región de La Mojana y los Montes de María, comerciaba con panela de hoja y tabaco, había sido inspector de policía y tenía un sentido estricto y furioso de la honradez. La vida alcanza a veces para hacer una pequeña y vibrante crónica para despertar la memoria de la tribu. Le recomendamos leer también: De escritores a políticos: cuando la literatura cae en la trampa del poder

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