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La época en la que el Centro Histórico fue “hogar de pobres”

Pocos los conocen, pues la historia ha vanagloriado lo colonial sobre lo barrial. Este es el trasfondo real más allá de las etiquetas de invasiones de pescadores.

Abundan los barrios plásticos. Son vecindarios sin vecinos donde los lazos que conectan a la gente son las malas noticias impresas en facturas. La Radio Bemba ya no tiene emisoras ni audiencia frente a la omnipotencia de las redes sociales. Los apartamentos son tan minúsculos como ese constructo social en vía de extinción que aún brisa en ciertas calles de Getsemaní, Bruselas o Torices.

A eso los getsemanicenses lo llaman “Vida de barrio”, algo tan intangible como la energía que emana de una conversación entre un par de mecedoras o del son de un remolino de fichas de dominó; sin embargo, es tan importante para muchos nostálgicos pues antes era el motor para llamar a un lugar como barrio.

Ya lo definió Rubén Blades cuando cantó:

“Son páginas estas calles que se cogen con los años, escritas en un idioma que no entienden los extraños, nacimos de muchas madres pero aquí solo hay hermanos... en mi calle: la vida y la muerte bailan con la cerveza en la mano”. Más de un sociólogo habrá querido definir con ese lirismo lo que es un barrio, donde lo que une es la modesta fraternidad y saber qué le gusta comer al vecino, antes que los lujos y los privilegios impersonales de los estratos altos.

Hoy todos conocen el concepto “invasión”, relacionado con un asentamiento informal construido en una zona de alto riesgo, por lo que las familias que allí residen están expuestas a deslizamientos e inundaciones. Una “bomba de tiempo”, según el más reciente informe de Cartagena Cómo Vamos, pues hoy son 1.007 predios con viviendas irregulares que, sin ánimos de romantizar, es el refugio de muchos parias y sus retoños. Lea aquí: ¿Cartagena cada vez más pobre y desigual? Cartagena Cómo Vamos explica

Esto demuestra que Cartagena nunca ha logrado garantizar las condiciones mínimas de vida a la población y no ha podido planificar el crecimiento urbano al ritmo que necesita la dinámica poblacional, pues ya a finales del siglo XIX, los marginados de la Cartagena amurallada, que sigue siendo pomposa pero silenciosa y comercial, y las sombras de lo rural fundaron en la piel de la muralla, que hoy bordea la avenida Santander, los barrios: Pekín, Boquetillo y Pueblo Nuevo.

La época en la que el Centro Histórico fue “hogar de pobres”

“Los indeseables”

Ese adjetivo fue acuñado por el investigador Ubaldo Elles Quintana al relatar la construcción de estos caseríos que se basó en la madera, el cartón, la paja y los techos de teja, pues los bolsillos no eran holgados y no podían costear su vida en El Cabrero, Pie de la Popa o en Manga, destinos extramurales para hogares acomodados en esa época.

No obstante, alegría se vivía, sí, pues se ha documentado que hasta boxeo en cuadriláteros rústicos amenizó las noches allí vividas.

Eran desposeídos que no contaban con los recursos y vieron en estos territorios una bendición para protegerse del agua, del salitre y del sol”,

cuenta Elles.

Pero los boleros, el transitar a pie del trabajador raso y la pernicia esquinera de múltiples sonrisas, desde las fundaciones en 1885, provocó el repudio en el ‘Corralito de Piedra’, pues a la élite cartagenera no le parecía ningún chiste tener a unos “indeseables” con la muralla de por medio. Lea además: Juan Gutiérrez Magallanes, nostalgias de Chambacú

La época en la que el Centro Histórico fue “hogar de pobres”

“Representaban una ofensa, una afrenta a su condición social, al tener de vecinos a quienes llamaron de manera despectiva ‘la gentuza’ de pescadores, zapateros, lavanderas cocineras, empleadas domésticas, artesanos, vendedores callejeros, emboladores, carpinteros, albañiles y de otros oficios considerados de ‘gente pobre’”, expone el docente Elles.

Pekín, Pueblo Nuevo y Boquetillo pervivieron hasta 1939, año de su desalojo, pegados a la muralla en el tramo comprendido entre el baluarte Santa Catalina (La Tenaza) y el baluarte de Santo Domingo, en lo que antes fueron las playas de Santo Domingo y Boquetillo.

La época en la que el Centro Histórico fue “hogar de pobres”

No eran invasiones

Alberto Lemaitre escribió lo siguiente:

“Los cartageneros que pescaban a lo largo de la muralla decidieron un mal día mudarse allí para estar más cerca del mar. (...) Eran unos sitios de mal aspecto habitados por el populacho que eran adefesios que empañaban al gran sector colonial”.

La época en la que el Centro Histórico fue “hogar de pobres”

Ese reojo elitista con el que se miró a las tres barriadas repercutió en el aura de invasión que aún se lee o escucha; sin embargo, como establecen las historiadoras Nellys Bohórquez y Carmen Hernández, los tres caseríos fueron planificados y levantados en predios que contaban con los permisos de la administración pública de Cartagena. “A través de pactos o permisos se estipuló una cuota módica para los habitantes en terrenos pertenecientes a la Nación. Por lo que llamarlos invasiones les resta su valor y el verdadero interés que merecen, pues contaban con pertenencia y legalidad”, establecen las académicas.

La época en la que el Centro Histórico fue “hogar de pobres”

Según Daniel Lemaitre, Pekín, que iba desde la puerta de Santo Domingo hasta la ‘Murallita del Diablo’, aludía a María de la Cruz de Ávila, apodada “la China”, una propietaria de varias chivas que levantó su casa en el terreno y luego vio cómo 84 viviendas se construyeron alrededor. Le puede interesar también el blog: Cuatro indeseables barrios de Cartagena

Por su parte, Pueblo Nuevo iba desde la muralla de Santo Domingo hasta el baluarte San Francisco Javier, e incluso llegó a las orillas de lo que hoy se conoce como Bocagrande. Llegó a tener hasta 75 viviendas de madera, concreto, y tejas. Boquetillo, por último, describen Bohórquez y Hernández, estaba conformado por edificaciones situadas desde la muralla de La Merced hasta la de Santa Catalina. Se conformó por setenta y una viviendas de madera y zinc, aproximadamente.

Canapote, a donde fueron a parar

En 1939, ante el peligro del mar de leva y luego de varios años de críticas a ciertas prácticas heredadas del campo como la quema de basuras o la cría de animales de corral, el alcalde Daniel Lemaitre Tono desalojó a los habitantes de los tres barrios en coordinación con la Sociedad de Mejoras Públicas de Cartagena.

La administración dispuso terrenos en el barrio Canapote para los desalojados; no obstante, esto no representó una tierra prometida, debido a que, según Ubaldo Elles, “estos predios estaban llenos de maleza, culebras y mosquitos, pues eran, en general, depositorios de aguas estancadas que vinieron a afectar gravemente la salud de ancianos y niños con menos defensas para enfrentarlos, y cayeron como víctimas del paludismo”.

“Cuando estábamos a la orilla del mar, nos sentíamos fuertes, pero al llegar a Canapote, lleno de charcas, la gente comenzó a morir”, narró una voz de la época, citada en la tesis de las dos historiadoras ya mencionadas.

83 años después, en Canapote siguen celebrando, al ritmo de la salsa, la fundación de su barrio por los exresidentes de los arrabales protagonistas de una “invisibilización y marginación”, según Bohórquez y Hernández; pues además de lo relevante que es la recuperación de un espacio que no era apto para construir, siempre hubo una campaña sistemática por pordebajear a unos “indeseables” que no merecieron más que pantanos.

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