La gran misión de Sofía

26 de abril de 2020 07:00 AM

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Algún día seré misionera, soñaba Sofía Juan Rumié. Algún día, se repetía, sin saber que su misión acababa de comenzar.

Fue hace cuarenta años, cuando aquello de que el amor te cambia la vida dejó de ser una simple frase de cajón para Sofía: decidió casarse a escondidas con su novio de adolescencia y marcharse de Cartagena tres días después rumbo a Estados Unidos, sin ahorros, sin apoyo familiar y sin experiencia laboral, porque Sofía abandonó su carrera de Administración Turística justo en el último año. Ya en Nueva York el sueño americano seguía siendo sueño, aunque no lo pareciera tanto: “A duras penas daba para su subsistir”, me dice.

La misión, que tampoco tenía cara de misión, seguía marchando aunque Sofía estuviera la mayoría del tiempo en la casa cuidando a sus niños y no pudiera estudiar. Algún día seré misionera, se decía, mientras veía a sus hijos ya crecidos y volvía a cambiar en nombre del amor aunque ya no tuviera veinte, sino 51 años: se inscribió en la Facultad de Enfermería del Helen Fuld School of Nursing and Mercy College. “Y tengo una maestría como Nurse Practioner de College of Mount Saint Vincent, New York. Como Nurse Practicioner estoy en capacidad de valorar, diagnosticar y medicar a los pacientes en consulta externa y cuento con los certificados requeridos para laborar en el estado de Nueva York”, añade.

¿Que por qué escogió precisamente ser enfermera? “Soy una persona muy sensible y me gusta ayudar a los demás, así que vi en la enfermería una forma de tocar muchos corazones en momentos difíciles cuando las personas requieren mucho amor, consuelo y buen trato”. (Le puede interesar: New York está durmiendo, pero no quienes la habitan)

El recuerdo más antiguo de Sofía como enfermera es el de una mujer de cincuenta y tantos años, ella misma, trabajando en un asilo donde tenía que administrar medicamentos en un piso de más de cuarenta residentes y sanar las llagas posturales propias de la edad. “Fue un trabajo paciente y amoroso, y di lo mejor de mí a cada uno de ellos y conservo los mejores recuerdos de sus sonrisas de gratitud”.

Su recuerdo más cercano es algo más parecido a una pesadilla donde la gente muere sin poder despedirse. Es la realidad que ella misma vive desde hace un mes.

***

“Con la pandemia del COVID-19 cada día es una pesadilla -me dice Sofía-. Los pasillos del hospital simulan una película de terror. Hay pánico entre los colegas y el miedo es generalizado. No se estaba preparado y hay muchas falencias, empezando por los protocolos de atención y la dotación de seguridad para el cuerpo médico y de enfermeras que laboran. La capacitación ha sido sobre la marcha”.

Sí, Sofía habla del primer mundo, de un centro médico de la primera potencia del primer mundo: del Bronx Lebanon Hospital Center (Bronx Care Health System), de Nueva York, en el Bronx, uno de los sectores más populosos de la ciudad.

De su trabajo de hace un mes, cuando se despertaba a las siete de la mañana para llegar al hospital y atender máximo a seis pacientes con cáncer que ya sentía como parte de su familia, queda realmente poco. “Los pisos de oncología, así como otros pisos del hospital están destinados ahora para atender COVID-19. Muchos compañeros se han contagiado y a veces somos solo cuatro enfermeras en el turno, que podemos tener cada una entre 11 y 12 pacientes positivos con coronavirus.

“Se siente mucha frustración, desespero (...) Así se pasa el día, hasta llegar a la casa muertos de miedo y exhaustos. Lo que más me ha impactado de esta situación es ver cómo el COVID-19 nos arranca de las manos la vida de dos, tres o cuatro personas en un mismo día. A veces encontrar a las personas muertas y solas, porque los familiares no pueden estar allí. Muchas veces están confundidos y despiertan solos y entubados y se arrancan los tubos y tenemos que amarrarles las manos con medias para que no se extuben”.

Cada día es una jornada más compleja que la anterior: hay menos médicos y enfermeros sanos y llegan más y más casos. “En mi último turno esta semana, revivimos a un paciente en cuatro oportunidades. Hay gente fuerte que no se quiere ir, hay otros que al final se entregan. (...) Los hospitales tienen camiones refrigerados como morgues ante el número de fallecidos diariamente. Es muy frustrante ver que se van vidas de todas las edades”, recuerda. (Lea aquí: ¿Está Cartagena confinada de verdad por el coronavirus?)

Los días de Sofía, ahora más que nunca, están mediados por el amor a servir que tanto la ha cambiado y que ahora la estremece, aunque no tenga licencia ni siquiera para desconcentrarse... podría ser fatal.

“En esta emergencia hay que hacer de todo. Teniendo en cuenta que el riesgo de contagio es altísimo, hay que tener mucha concentración y no perder la calma. A cada paciente hay que calentarle las bandejas para la alimentación, tomarle el nivel de glucosa a los diabéticos, tomar muestras de laboratorio, dar las medicinas a sus horas, monitorear sus signos vitales. Hay que entubar a los que estén con signos vitales débiles y falta de oxigeno, pacientes que requieran reanimación y entonces viene lo que es más doloroso: casi siempre esos pacientes se van”.

Allí todo duele. La separación física de los pacientes y sus familiares. La angustia por tener noticias, que para colmo de males no suelen ser las mejores. No poder decir adiós. Todo duele.

¿Ha sentido miedo?

-Claro que siento miedo. Es natural. Tengo una familia, un esposo mayor de 70 años y yo misma soy una persona de alto riesgo. Me encomiendo a Dios todos los días y le doy gracias por permitirme ser su instrumento de sanación. (Le puede interesar: Médicos generales y coronavirus: un miedo latente)

Si usted cree que hay algo importante que se me pasó preguntar, por favor, dígamelo.

-Sueño con regresar a Cartagena para disfrutar a la orilla del mar mis últimos años. A mojarme los pies en la arena y a reencontrarme con esa ciudad que es tan cercana a mis afectos.

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