Facetas


La historia tras el cartagenero al que confunden con Papá Noel

Cada vez que el Mono Escobar sale a la calle, los niños de Cartagena creen que están ante el Papá Noel en persona.

GUSTAVO TATIS GUERRA

13 de diciembre de 2021 12:00 AM

No hay un día de su vida, especialmente en este diciembre, en el que la gente lo vea y no piense que está al frente a Papá Noel. Es que, sin proponérselo, Antonio “El Mono” Escobar Duque fue contratado hace años para encarnar al personaje para una publicidad y desde entonces algo de ese personaje ha quedado para siempre en sus ademanes, en su barba blanca y en sus ojos de niño enorme. Lea aquí: Papá Noel, Reyes Magos... ¿Qué hay detrás de los iconos y ritos navideños?

Fueron los niños quienes lo bautizaron Papá Noel al verlo cruzar las calles de Cartagena. Un día, un pequeño que iba con su madre estuvo a punto de ser atropellado por un carro que salió corriendo para salir al encuentro con el aparente Papá Noel. Y otro día fue le mismo Antonio “El Mono” Escobar el que estuvo a punto de morir en manos de los niños del barrio Ceballos, luego de llegar con un talego lleno de regalos. Los niños lo zarandearon por las barbas y se le avalanzaron en un saludo estrepitoso en que casi muere asfixiado.

A lo largo de su vida, se ha enfrentado a la perplejidad de parecerse a un personaje muerto en el siglo XIX, a un pintor de barbas de color rojizo y ojos escrutadores. Cuando llegó a Holanda alguien dijo: “Ahí viene Vincent Van Gogh. En ese tiempo era joven y delgado y tenía una barba amarilla que se volvía rojiza al atardecer; todos pensaban al verlo que era algún pariente del célebre pintor holandés.

Fue a él a quien se le ocurrió crear el Festival Internacional de Música del Caribe, en noches de bohemia junto a sus amigos Amaury Muñoz y Paco de Onís.

Los que lo conocen saben que es un ser capaz de las desmesuras verbales llenas de alto vuelo poético. Fue a él a quien se le ocurrió crear el Festival Internacional de Música del Caribe, en noches de bohemia junto a sus amigos Amaury Muñoz y Paco de Onís. Pero la aventura de la música le permitió convertir a Cartagena en destino de los artistas del mundo. La primera vez que se le ocurrió semejante idea corrió a contársela al pintor Alejandro Obregón, quien le regaló el afiche con el dibujo de un coquito a punto de estallar. Convenció a una línea aérea para traer a delegaciones musicales que venían de África, Barbados, Haití, Jamaica y Montserrat, y se le ocurrió además inventar el Primer Foro de la Cultura del Caribe en las viejas caballerizas donde el Marqués de Valdehoyos traficaba con esclavizados y con harina. Y a ese foro asistieron mitos viviente: Tite Curet, Cristóbal Díaz Ayala, Juan, Manuel y Delia Zapata Olivella, para citar algunos de ellos. Junto al foro se hizo la primera exposición de arte caribe en todos los pasillos de la enorme mansión donde aún deambula el fantasma de la marquesita. Para empezar la fiesta desmesurada de la música, llamó al maestro Francisco Zumaqué y junto al piano que estaba esperando el milagro, los dos empezaron a improvisar sonidos. El Mono Escobar deslizó sus dedos sobre el teclado tarareando algo que, según él, pudo ser el embrión de la célebre canción ‘Sí, sí, Colombia’, de Zumaqué, quien se sentó de inmediato al piano y en un arrebato creativo ‘parió’ las notas de ese clásico del Festival de la Música del Caribe que se convirtió en un himno en los estadios cada vez que juega Colombia.

El Mono Escobar tiene motivos para ser un hombre feliz. A Cartagena convocó a músicos que se convirtieron en leyendas. Por aquí estuvo Fernando Echavarría cuando nadie lo conocía, y vino a presentar en el Festival del Caribe la Familia André. Lo mismo ocurrió con el grupo Daiquirí de Venezuela, y con tantos grupos de América Latina y de Estados Unidos. Una de esas celebridades musicales que presentó fue al pianista cartagenero Joe Madrid, que Johnny Pacheco quiso nombrar director de la Fania, por ser uno de los mejores músicos de Colombia y del continente. Pero en Cartagena ha quedado en la penumbra, después de muerto. Lea aquí: Claves para hacer la novena navideña y evitar el contagio de COVID-19

El Mono Escobar le encuentra un apodo fabuloso a todo el mundo, en el picaresca Caribe donde todo el mundo se conoce por sus virtudes y defectos. Y él sublima las imperfecciones o ironiza sobre los esperpentos e incluso sobre los que se creen perfectos. Al señor que le vende los abanicos le dice Don Quijote de la iraca.

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Niño gigante con barbas

Es que el Mono Escobar es un niño enorme con barbas, y es por eso que los pequeños ven en él a un Papá Noel que transita por las calles sin talego de regalos pero con la cara sonreída de quien está a punto de abrir una sorpresa. Porque es un hombre lleno de sorpresas. Cuando se habla con él, lo que sorprende es que sea una mezcla barroca de desmesura caribe, derroche verbal e imaginación a flor de labios. Hasta hace poco se movilizaba en un carro excéntrico como él, de color rosado: le llamaba La Pantera Rosa. La sal de Cartagena lo fue desarmando en un taller, y ahora anda a pie por el Centro amurallado con un abanico de iraca con el que espanta el calor del mediodía. El Mono Escobar dice que no necesita disfrazarse de nada y menos de Papá Noel, pero cuando sale a la calle los niños se le quedan mirando y le dicen a la mamá: “¿Ese señor no es Papá Noel?”. Y él, sin oírlo, lo intuye. Sí. Es el mismo Papá Noel de carne y hueso, amante de la música, a quien le gusta conversar sobre lo divino y humano. Lea también: ‘Mamá, ¿dónde están los juguetes?’: la historia detrás de este villancico

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