Leonardo Federico Hoyos vive para la música

12 de enero de 2020 12:00 AM

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Leonardo Federico Hoyos dice que todos los caminos lo llevan a la música. Por el lado de su padre, está el mar y la música de su violín. Por el lado de su madre está la montaña y con ella la música de las alturas. Es el hijo de Rafael Hoyos Castillo, cartagenero, y María Eugenia Naranjo, quindiana. Los dos temperamentos abiertos. El mar y la montaña lo llevaron a recorrer el mundo, a sentir la presencia del violín paterno y la pasión musical mucho antes de aprender a caminar. El padre tenía un temperamento cartagenero, desenvuelto pero fuerte. Al evocarlo dice que eso le ha servido para tener ‘don de mando’.

Desde que era un niño, el violín de su padre cruzaba los amaneceres de su sueño. El papá estaba vinculado a la Sinfónica Nacional de Colombia y Filarmónica de Bogotá y era cercano al maestro Adolfo Mejía.

Él, Leonardo, nació en Manizales, pero su vínculo musical ha sido Bogotá, Cartagena, Alemania y el mundo. De siete hermanos, cinco son músicos profesionales. Todos empezaron con el violín de la mano del padre músico: Rafael, Laura, Ángel, Elvira y él. Su hermana es chelista.

Sus primeros maestros, además de su padre, fueron Ruth Lamprea y Mario Díaz cuando él tenía doce años y participaba en la Sinfónica Juvenil de Colombia, en donde sorprendió a sus profesores al interpretar como solista el Concierto en La menor de Antonio Vivaldi. De los catorce a los dieciséis, fue becario de la Orquesta Filarmónica de Bogotá con sus tutores: Grigor Kostov, Ludmila Salazar, Telésforo Rojas y José Arroyo. Estudió con los maestros Carlos Rocha y Krasimira Vasseva. A los diecisiete años se ganó una beca del Icetex de pregrado de estudios de violín y viajó a Moscú para estudiar en el Conservatorio Tchaikovski. Allí culminó estudios como violinista de música de cámara, violinista de orquesta sinfónica, pedagogo, con sus profesores Ludmila Slavianova y Maya Glezarova, en 1995. De Moscú se fue para Alemania y se especializó en el Conservatorio de Colonia y la Folkwang-Hochschule de Essen, con los profesores Peter Rosenberg y la solista georgiana Nana Jaschwilli, y en música de cámara tuvo de maestros a Andreas Reiner, Michael Roll y Vladimir Mendelsohn. En Alemania se hizo miembro de las orquestas Filarmónica Clásica de Bonn y Nueva Armonía de Colonia, con la que recorrió todos los rincones de Alemania, Francia y España, y gran parte de Australia. Integró la Filarmónica de Hagen y la Sinfónica de Wuppertal, y participó en dos álbumes con obras de Anton Rubinstein, uno de esos álbumes ganó el primer premio en 2004, el Echo-Preis. Su intensa y luminosa trayectoria le han permitido fundar y dirigir la agrupación Acordanza Streichensemble que deslumbró en el Festival Europeo de música de Cámara de Bamberg en 2006.

Estamos frente a él, por segunda vez.

En la mañana, lo vimos en un ensayo con la Orquesta de Cámara de Colombia, que él dirige, invitada al Cartagena Festival de Música. Fue él quien dirigió en 2017 la Orquesta Sinfónica de Cartagena. Es un hombre sencillo, cordial, cálido, uno de los violinistas y pedagogos más destacados de su generación en Colombia. Su recorrido es amplísimo, complejo y fecundo. Me dice: “Solo estoy en el aprendizaje. Aún no he mostrado mis composiciones. Toco el chelo, el violín, el piano, estudio la voz, pero en el arte de la música, hay una sola palabra que se me ocurre: perseverancia. Hay que buscar la excelencia. Hay que investigar muchísimo”.

Leonardo Federico Hoyos dice que todo su tiempo gira en torno a la música. Como pedagogo, director y músico. No descansa. Celebra el inmenso potencial musical de Cartagena. Destaca la labor de su amigo Germán Céspedes, director de la Orquesta Sinfónica de Bolívar, y exalta la creatividad del compositor cartagenero Francisco Lequerica, dentro del talento regional que es nacional.

Leonardo Federico ha desarrollado su carrera como violinista concertista y músico de cámara principalmente en Bogotá, Moscú, Essen. Ha sido miembro de las orquestas Klassische Philharmonie Bonn, Neue Philharmnie Köln, Wuppertal Sinfonie Orchester, Hagen Philharmonie Orchester, Sinfónica Nacional de Colombia y Filarmónica de Bogotá.

Desde marzo del año 2007 realiza una labor docente en Bogotá, primero en Universidad Corpas y Universidad Nacional, sus más jóvenes alumnos han sido galardonados con distinciones nacionales e internacionales. Desde agosto del año 2012 es docente de violín, entrenamiento orquestal y música de cámara en la Universidad central de Bogotá, donde a su vez cursa la Maestría en Interpretación Histórica bajo la tutoría en violín barroco del maestro Cosimo Stawiarski.

Es también catedrático de la Universidad de los Andes y desde septiembre pasado es el Director Artístico y Musical de la Orquesta Filarmónica Juvenil de Cámara de Bogotá. Ha trabajado junto a los maestros Leo Brouwer, Francisco Zumaqué, Jorge Pinzón, Moisés Beltrán, Erkki Sven Tuur, Dorothea Hoffmann, Mauricio Nasi, Jeff Manookian, Krzysztof Penderecki.

Las músicas de Colombia

“Me interesa conocer las músicas de Colombia y las del mundo, pero me atrae mucho estudiar la música indígena, en la que hemos incurrido en un olvido muy grande. Las músicas ancestrales me interesan. Creo que, si queremos que el país tenga una memoria y una imagen ante el mundo, tenemos que invertir en la tríada de la ciencia, las artes y el deporte. Eso hace nación. Porque ¿qué otra cosa podemos mostrarle al mundo? Acaba de morir por estos días el maestro Blas Emilio Atehortúa. Creo que su obra, como la del maestro Francisco Zumaqué, debería ser más conocida y reconocida. Ser músico es optar por el arte musical. Es ser un profesional de las músicas del mundo. Eso exige mucho. No es un adorno social. La música es un arte muy serio. Es una ciencia. Es un idioma. Es literatura. En el caso de Cartagena, Adolfo Mejía no solo es un nombre de un músico, es un símbolo, es un referente. Creo que ha habido entre nosotros un eurocentrismo exacerbado que no nos ha permitido valorarnos y comprendernos, lo que ha relegado músicas ancestrales. Por eso es tan importante el Cartagena Festival de Música, y la tarea que ha asumido el director artístico Antonio Miscenà, que ha incluido nuestra música en la agenda del festival, inicialmente con Músicas del Nuevo Mundo y este año Suena Suramérica, una propuesta formidable que integra conciertos, exposiciones, modos de producción musical, etc. El festival es, sin duda, una plataforma que dinamiza y refresca el panorama cultural del país. Al disolverse la Sinfónica Nacional de Colombia en el 2000, eso fue un trauma muy grande y al acabar con la antigua sinfónica se crearon presupuestos paupérrimos para la nueva. Creo que este año hay nuevas perspectivas con la Alcaldía de Bogotá y el Ministerio de Cultura. La música transforma vidas y aporta al tejido social de un país”.

Epílogo

Dice que su violinista favorito es Yehudi Menuhin, a quien su padre vio tocar en uno de los festivales de Pro Artes que organizaba Guillermo Espinosa en Cartagena. Confiesa que ha diseñado la Cátedra Cartagena de Música, para sembrar la semilla sonora por toda Colombia. El mar y la montaña lo llevan a recorrer las maravillas del mundo gracias a la música.

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