Museo de Arte Moderno: Cartagena le ha dado la espalda al arte

05 de agosto de 2019 10:02 AM

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Toda ciudad que se ufane de su cultura debe tener un gran museo de arte. Cartagena lo tiene o, por lo menos, lo tuvo. Allá, en esa época en la que todavía el país era un mar de bombas, en que el miedo se encontraba en cada esquina, cuando una generación de jóvenes, todos cultos, bohemios y atrevidos le concedieron a la ciudad un espacio para la contemplación estética. Era una época distinta. Cartagena todavía engendraba a amantes de la alta cultura. Por sus calles no era extraño toparse con nóbeles, poetas malditos, pintores de cóndores, soñadores de Ritas. Eran tiempos de pena y de gloria, de una matriz creativa que dio a luz a figuras como Cecilia Porras, Alejandro Obregón o Enrique Grau. De esos años de esplendor ya no queda mucho. Tan solo el recuerdo y la plétora de cuadros, bocetos y esculturas que descansan en el Museo de Arte Moderno de Cartagena.

Se sienten
las vacas flacas

Los abanicos herrumbrosos no apaciguan el calor que azota en todo el recinto por las mañanas. El salitre también ha desgastado las instalaciones de luces, haciendo que tomen ese color cobrizo del óxido. Cuando llegan grupos grandes, se prenden los aires acondicionados, pero poco después se apagan. De lo contrario, las escandalosas facturas de luz del Centro Histórico consumirían por completo el presupuesto del museo. En el invierno, cuando las lluvias empantanan las aceras, el agua se mete en sus pisos, haciendo que los trabajadores corran para salvaguardar las obras. No hay dinero suficiente para mantener todo el edificio, ya hace mucho desde la última vez que se repararon los tejados y las paredes por completo. Tampoco hay personal suficiente para mantenerlo. El museo solo puede contratar cuatro empleados: una contadora, una secretaria, un recepcionista y un señor encargado del montaje. Para el resto de obligaciones, siempre hay que acudir a la ayuda de una mano dadivosa. Muchos de los cuadros que no están expuestos duermen en una bodega, sin las condiciones térmicas adecuadas para preservarlos y sin la tecnología necesaria para protegerlos. Tampoco hay dinero para restaurar las obras. Minuto a minuto el polvo, el calor y la humedad van degradando las piezas de la colección.

Todo este panorama muestra la decadencia en que ha caído Cartagena, una ciudad que se ufana de su cultura pero que no vela por protegerla. No ha habido un solo gobierno en la ciudad que haya establecido un presupuesto fijo para el Museo de Arte Moderno de Cartagena. Las ayudas siempre han llegado a medias o de forma esporádica. Todo el presupuesto que maneja la pinacoteca proviene del dinero que recoge de sus visitas y de las escasas colaboraciones que la directora del museo ha conseguido. A pesar de todo, cada vez son menos los cartageneros que visitan la colección. Si no fuera por los turistas, que solo abundan en temporadas altas, el museo no tendría presupuesto alguno. Parte de la culpa también la tienen los ciudadanos, quienes han descuidado sus centros artísticos y quienes han perpetuado un ciclo vicioso que combina indiferencia política y apatía, todo un fenómeno que está acabando poco a poco con uno de los encantos de esta ciudad: nuestra cultura.

Cual Sísifo de la artes

Yolanda Pupo de Mogollón carga con las obligaciones del museo. Su voz es suave pero firme y demuestra a plena luz su tenacidad. En sus ojos cristalinos titila la experiencia y la pasión que siente por su vocación. A sus 47 años como directora del Museo de Arte Moderno de Cartagena, la señora Pupo nunca ha recibido un solo sueldo. Ella no trabaja por dinero, solo por el amor al arte. Hace mucho que el maestro Grau le encomendó dirigir el museo, cuando era una muchachita tímida e inexperta. Ahora es una mujer que ha sabido sortear la desidia de una ciudadanía y de un gobierno indiferentes. Sin mucho dinero pero con una voluntad titánica, ella ha cuidado la herencia de los artistas de la colección, grandes maestros colombianos como Cecilia Porras, Alejandro Obregón o Eduardo Ramírez Villamizar. Su valentía la ha impulsado a tocar la puerta de 30 alcaldes, de empresarios, de ministros, de instituciones e incluso de amigos, todo con el fin de sostener este epicentro artístico. Muchos le han dado la espalda, pocos la han apoyado. Pese a todas las dificultades, ella se rehusa a dejar morir el museo. Gracias a su insistencia, ella ha conseguido colaboradores que se dieran cuenta del patrimonio que reside en esa colección. “He tenido últimamente un gran apoyo del Banco de República, con quienes me acerqué y con quienes recibí una respuesta afirmativa y una gran colaboración. Ellos arreglaron una sala que yo llamo la sala semilla, porque fue con la que se inició el museo”. También ha construido una relación con la organización Conservar, que le ayuda, sin ningún costo, para restaurar las obras de la colección, de tal modo que se pueda mitigar el impacto del tiempo sobre los cuadros. A pesar de todo, la señora Pupo no tiene las mismas fuerzas de antes. 47 años luchando por el arte de esta ciudad desgastan a cualquiera. Aun así, ella sigue enarbolando las banderas de esta causa. Aunque su salud le obstaculice muchas veces, ella seguirá combatiendo para que por fin el Museo de Arte Moderno de Cartagena sea la panacea cultural que esta ciudad necesita. Después de todo, ella es la última que queda de un grupo de cartageneros que creyeron en el sueño de Enrique Grau de regalarle a La Heroica un bastión para las artes. Ella ya ha hecho su labor, ha cumplido la promesa dada hace años al maestro. Ahora quedamos nosotros y nuestra ineludible obligación de devolverle al museo la gloria de antaño. Como dice la señora Pupo: “No quiero temer por el futuro del museo, porque sé que la gente joven no dejará que todo esto se acabe”.

Epílogo

Los portones abiertos permiten que la brisa se esconda en la antigua casona colonial. Las campanadas de San Pedro se escuchan a lo lejos, así como los distintos idiomas de los transeúntes y los alaridos de los vendedores de guarapo, de peto y de artesanías. El museo es un escape del sol de la mañana, un oasis en medio del bullicio del Centro Histórico. La belleza reposa en sus paredes, son obras de una colección de más de cuatrocientas piezas. No todas pueden ser expuestas, muchas de ellas están almacenadas en una bodega bajo el incesante abrazo de la humedad. De vez en cuando los funcionarios del museo rotan las exposiciones para permitir que las obras tomen una bocanada de aire. El clima tropical de Cartagena no es el idóneo para conservarlas. El Museo de Arte Moderno de Cartagena está catatónico y los ciudadanos no hacemos nada. Volteamos la mirada, nos hacemos los de oídos sordos, mientras tanto uno de los pulmones culturales de la ciudad sucumbe. Aun así, la señora Pupo seguirá reanimándolo.

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